La última noche de carnaval CAPÍTULO DOS BUENOS AIRES
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CAPÍTULO DOS BUENOS AIRES

Ayer llovió en Buenos Aires. La mezcla del olor a pasto, calles y personas me lo recordaba.

Se suponía que el tiempo lo curaba todo, pero el malestar en el estómago que sentía desde que le había dado a «comprar» en internet a ese pasaje de Buquebus a Montevideo parecía decir todo lo contrario. Diez años y yo lo padecía todo como una enfermedad autoinmune desde el primer día.

Era la primera vez que compraba un pasaje por mi cuenta, porque a los doce años fue mi padre el encargado de hacerlo, cuando decidieron que lo mejor para mí era crecer en un ambiente estable y lo que me quedaba de familia en Uruguay no podía dármelo.

Recuerdo haber tenido miedo, porque no solo eran las seis horas de colectivo de Melo a Montevideo, la capital, sino dos horas y pico más desde ahí hasta Colonia, de donde salía el buque a Buenos Aires.

Eso parecía mantenerse, también.

—Aún estoy a tiempo de acompañarte, Chiara —insistió la voz de mi tía, aunque ya me lo había repetido varias veces, su voz no sonaba cansada—. Que nunca se llenan los Núñez para allá…

—Tía —susurré, negando con la cabeza, acomodándome la mochila al hombro—. Aunque consiguieras asiento en el colectivo para allá, después necesitás pasaje para el barco y avisar en el laburo… —suspiré—. No te preocupes. Voy y vuelvo, son un par de días.

Ella formó una pequeña sonrisa triste, porque a estas alturas podía ver a través de mis mentiras y seguramente era el único familiar que me quedaba que conseguía hacerlo.

Teníamos los mismos ojos tristes, los que también tenía mi mamá, su hermana; ojos verdes tristes, caídos, perdidos.

El mismo pelo oscuro y fino, rostro delicado y nariz respingada.

A veces sentía que solo ella podía entenderme, al también haber perdido a su hermana, teniendo que verse al espejo todos los días y encontrar rasgos que compartía con alguien que ya no podía verse más.

Al crecer, siempre nos habían dicho a mi hermana y a mí que nos parecíamos a ellas. Capaz, ahora, un poco más de lo esperado. Dudo que ese mal augurio hubiera sido una premonición.

— Bondi .

—¿Eh? —pregunté, distraída, porque me había puesto a mirar las terminales, por si ya habían empezado a abordar al barco en el que iría. Estaban a punto.

—En Uruguay «colectivo» se dice «bondi», creo —aclaró mi tía, como si nada. Alcé las cejas—. Para que no desentones te digo, nena, no me mires así.

No podrían importarme menos las diferencias lingüísticas de la tierra que me vio nacer en competencia con la que me había visto crecer, pero también sabía que ese comentario era su forma de decirme que todo iba a salir bien. No necesitaba más.

—Gracias, tía —dije, al fin, dando el brazo a torcer. De refilón vi como las pantallas de la terminal cambiaban, avisando de una vez que era hora de irme. Antes de darle tiempo a reaccionar, la rodeé con mis brazos con rapidez, soltando el asa de la valija en el proceso—. Te aviso cuando llegue.

Ella se tensó, notándose descolocada; era entendible, ninguna de las dos éramos especialmente cariñosas, a pesar de la cantidad de tiempo que pasábamos juntas, al vivir bajo el mismo techo.

Ella estaba a un año de jubilarse de un trabajo administrativo, mientras que yo trabajaba en casa, por lo que era casi imposible deshacerse de mí.

A pesar de todo, a sus cincuenta años había tenido que hacerse cargo de una preadolescente con un trauma del tamaño de un caballo y nunca se había quejado, al menos no conmigo.

—En cada parada, no solo cuando llegues a Colonia —me pidió, por lo bajo, como si no pudiera mostrar en alto su preocupación—. ¿Hablaste con tu padre?

Tragué saliva y negué con la cabeza; no creía que necesitara más información.

Ella suspiró, guardándose sus comentarios, como si eso pudiera lograr cambiar la percepción ya de por sí distorsionada de mi papá. Siempre lo había hecho, protegiéndolo, incluso cuando era más evidente que lo resentía.

Según tenía entendido, mi madre había dejado Argentina en su adultez temprana, después de haber conocido a mi padre en un bar de Buenos Aires cuando él estaba de viaje con su familia.

Se habían enamorado más allá de la localización geográfica, al punto que ella había estado dispuesta a dejar su país por él.

Y algo la había enamorado de Melo al llegar.

O capaz había sido mi padre nada más; pero había sido lo suficiente para nunca dejarlo.

Mi tía Ana nunca se lo había perdonado.

Eso seguía molestándola cuando mi madre había muerto al darme a luz a mí, por tener un embarazo complicado y encontrarse poco personal capacitado en el campo para ayudarla en un momento crucial del parto.

No creía que nunca hubiera llegado a perdonarse, entonces capaz cuidarme era lo más cerca que podía llegar a eso, ahora que mi madre estaba muerta.

Era lo único que podía hacer, para tener parte de ella cerca, otra vez, en casa.

Y más allá de su condición de extranjero y de que le hubiera robado a su única hermana, mi tía no soportaba la clase económica de la familia de mi padre.

Estaban muy por encima del promedio, al ser uno de los mayores productores ovinos de la región y por eso él parecía tener una tendencia a solucionar todo con plata.

O al menos eso la había escuchado contarle por teléfono a alguna de sus amigas, cuando le pedían explicación de por qué había decidido quedarse conmigo: «ese tipo nunca le va a dar el amor que necesita ahora, solo le va a llenar la boca de billetes y hacerla callar».

Y capaz tenía razón, dado el panorama actual en el que llevaba una década sin tener una conversación real con él. Cuando era menor de edad le mandaba plata a mi tía, pero de eso hacían cuatro años, y desde entonces no había gran comunicación entre él y nosotras. Y capaz estaba mejor así.

—Si algo llega a pasar…

—No va a pasar nada, tía —Fui rápida para desestimar sus preocupaciones, girando la cabeza para asegurarme que todavía había fila para irme—. Posta. Va a estar todo bien.

—Te estoy hablando en serio, Chiara. El libro ese despertó una curiosidad que no había antes por… por lo que pasó. Estuve leyendo en internet las críticas y hay mucha opinión al respecto…

Jamás se escaparía de mi boca hablarle de la copia que estaba en mi valija.

—No me importa ese libro de mierda y a vos tampoco debería.

—Nunca encontraron al hermano, y…

—¿Te pensás que no lo sé? —pregunté, con brusquedad. Al notar el sobresalto en su cara, me encogí sobre mí misma—. Perdón, no merecés que te hable así. Estoy un poco alterada, por favor no me insistas con eso.

Ella hizo una mueca de pena, esas que tan acostumbrada estaba a ver antes.

—No sé qué haría si algo te pasa, Chiara —susurró, cerrando los ojos momentáneamente.

Un anuncio por los altavoces de la terminal pareció hacerla reaccionar lo suficiente como para suspirar y alejarse unos pasos de mí, con planeada lentitud, mirándome como si fuera la última vez que lo pudiera hacer—. Cuidate, por favor.

Hice un esfuerzo sobrehumano para elevar las comisuras de mi boca con una sonrisa.

—Te lo prometo.

Fue lo último que salió de mi boca, como forma de despedida, antes de darme media vuelta para ir hacia la terminal que me indicaba una de las pantallas. Y no me giré a verla en ningún momento, incluso cuando me indicaron hacia dónde dirigirme y perderme de su vista definitivamente.

Algo me decía que, si lo hacía, si me doblegaba ante esa necesidad, nunca iba a irme de Buenos Aires. Y, entonces, jamás resolvería lo que me esperaba en mi país (si es que todavía podía llamarlo así, al llevar una década sin pisarlo).

Pasé por migraciones en piloto automático, reaccionando lo suficiente como para darle mi información a las diferentes personas que la pedían para dejarme subir al barco, pero no mucho más.

No hice fila para entrar, sino que esperé hasta el último momento, casi como si estuviera esperando que el buque se hundiese cuando pusiera un pie arriba.

No pasó.

Di el brazo a torcer para pagar por Wi-Fi —así podía trabajar durante el viaje con la laptop que llevaba en la mochila—, y me entretuve con eso, deteniéndome solo cuando llegamos al puerto y fue necesario bajarme, volver a hacer el proceso de migraciones, y seguir las indicaciones para subirme al colectivo que me dejaría en capital.

Y seguí trabajando, porque era el único atisbo de normalidad que me quedaba.

Mi trabajo consistía en programar páginas web para una empresa basada en Estados Unidos, optimizando el rendimiento o integrando bases de datos, lo cual implicaba rapidez y eficiencia por encima de todo.

Era un laburo solitario y tranquilo, algo que podía hacer desde el lugar del mundo en el que me encontrara, que solía ser la comodidad de mi casa, encerrada en mis pensamientos. Pero me resultaba fácil, incluso ahora.

Había arreglado unos días libres por toda esta cuestión del viaje, segundos antes de haberle enviado confirmación al cementerio del día que iría a firmar por el cuerpo de mi hermana, pero sabía que en el fondo ellos esperaban que diera una mano si era necesario.

No me importaba, porque conseguía centrarme en algo que no fuera la pestaña abierta que tenía con la información sobre «reducción» de cuerpos.

Consiste en reducir los restos (sacarlos de la unidad de enterramiento y del féretro que los contiene) para hacer espacio y que se puedan realizar futuros enterramientos en la misma.

Los restos se depositan en la misma sepultura, bien en bolsa o en un féretro de restos, de tamaño más reducido al habitual.

Nunca había asociado a mi hermana con la palabra «restos» y ahora tenía que firmar que estaba de acuerdo con convertirla en algo más pequeño de lo que era, algo que podía colocarse en una bolsa .

El calor abrasante de febrero en el Río de la Plata hacía que se me pegara el pelo al cuello por la transpiración, y el detalle de que fuera verano y la terminal de Tres Cruces en Montevideo estuviera llena de personas sonrientes a punto de embarcarse en las vacaciones que tanto habían esperado no estaban ayudando para mi humor.

Me sentía incómoda e inquieta, con la necesidad de salir corriendo lejos más presente que cualquier cosa.

Debía importarle muy poco a mi padre como para obligarme a hacer todo esto, cuando él vivía en el mismo lugar donde se encontraba el cementerio y podía llegar en su camioneta sin problemas. O debía importarle muy poco Eva. No sabía qué me enojaba más.

Había un shopping en la terminal, así que entré para sobrevivir con el aire acondicionado y comprar algo para almorzar, ya que había cambiado plata antes de dejar Argentina y así poder manejarme con algo, pero al intentarlo me llevé la sorpresa de que también había una librería ahí, y La verdad no, no hace ruido cubría casi toda la vitrina, tanto como éxito nacional e internacional.

Y una foto de Marcos Arias cubría una parte de ella, porque haría una firma de ejemplares en los próximos meses.

Y podría jurar que se me erizó la piel al observarlo, al menos por un instante, en el que me permití mirarlo.

Y nunca me lo permitía.

Principalmente porque me daban ganas de romperle la nariz de un golpe, y estaba muy lejos, a un continente de distancia, como para hacerlo. Y él no sabía mi nuevo nombre como para contactarme y yo jamás lo contactaría.

Suspiré, habiéndoseme quitado el hambre, y me senté en una de las filas de sillas de plástico de colores ancladas al suelo, con pantallas en frente, para esperar pacientemente a que fuera hora de que mi interminable viaje a Cerro Largo empezara, rodeada de personas con el mate y el termo debajo del brazo.

Empezaba la parte más larga del recorrido y, a la vez, la más difícil.

Dejé de trabajar a medida que se acercaba la hora, el sudor pasaba a ser frío.

Me llevé la mano a la cicatriz que tenía en el pecho y cerré los ojos.

Si hacía silencio podía ignorar los sonidos de mi alrededor, podía encerrarme en los olores, en los recuerdos que nunca accedía, podía tratar de recordar lo que nunca conseguía: visualizar la máscara que usaba quién había matado a mi hermana.

Era de fondo blanca con brillos, con un patrón intrincado e irregular en dorado bordeando los ojos, con una boca roja; cubría casi todo el rostro y tenía plumas rojas que tapaban el pelo del que la usaba. Mi hermana la había pintado a mano.

Recordaba poco. Sabía que estaba con una amiga del colegio, pero que había estado buscando a Eva, que quería ver el desfile de carnaval con ella a mi lado, como todos los años, que necesitaba compartir esa celebración a su lado.

Me habían dicho que la habían visto irse con su novio y no me había parecido mala idea seguir las indicaciones dadas para encontrarla.

Y lo había hecho, pisando un charco de su propia sangre, con una ráfaga perdiéndose en el aire, demasiado rápida para mis ojos de doce años al enfocar.

El olor metálico, como el hierro, se me había metido en la nariz por meses.

Recuerdo haber gritado por ella, tan alto y tan fuerte que la garganta me había dolido por semanas, pero instantes más tarde mi espanto había sido reemplazado por el dolor intenso y persistente de un balazo en el pecho.

El cirujano que me había operado había dicho que había sobrevivido de milagro, que había sido un regalo de Dios y que debía estar agradecida.

Pero yo solo pensaba en lo fácil que habría sido todo si lo último que veía en mi vida era el cuerpo de Eva y nada más, antes de padecer todo lo que desencadenó.

Su novio la había matado. Yo sabía que ella había pintado la máscara esa para él. Y había huido. Jamás había sido encontrado. Y yo me había mudado lejos y mi familia se había roto para siempre.

Y el hijo de puta de Marcos Arias, mi mejor amigo y quien conocía cada detalle de mi persona, insistía en defenderlo en ese momento, ahora en su libro, y en todos los demás, al compartir su apellido, al gritar que su hermano no sería capaz, a pesar de que todas las pruebas indicaban lo contrario.

Y yo no iba a permitírselo nunca más.

Iba a conseguir que Eva descansara en paz, de una vez por todas.