CAPÍTULO UNO LA VERDAD NO, NO HACE RUIDO
Los libros «de bolsillo» eran la mentira marketinera más grande del mundo (considerándose como chiquitos y manejables), especialmente cuando uno se te caía en el pecho, en el exacto lugar donde tenías una herida de bala. Ese dolor no podía considerarse como algo «chico».
Ese libro no entraba en ningún bolsillo, era un ladrillo, como uno de los que usaron para cubrir la pared que sostenía la pobre estantería que lo tenía y tan floja se veía.
Es que, coherentemente, si algo entraba en un bolsillo no podía ser grande ni pesado, porque no entraría ni en los de los hombres, que siempre estuvieron hechos para guardar hasta las escrituras de sus casas, mientras que las mujeres no solían tener ni la posibilidad de poseerlas en primer lugar.
Pero el dolor que se extendió por mi pecho cuando a la empleada de la librería se le resbaló de las manos el supuesto libro « de bolsillo » que trataba de bajarme de una repisa demasiado alta para mí (y para ella, que estaba parada en un banquito), me dejó sin respiración por un segundo.
Capaz estaba exagerando, porque esto acababa de pasarme y la cicatriz de bala que tenía debajo de la clavícula izquierda llevaba diez años cicatrizada, pero en ese momento me estaba costando no recordar una al sentir la otra.
Y medio que prefería el dolor del tiro, que había sido menos patético de ver.
—¡Ay, perdón! —chilló la chica, todavía desde el banquito. Se sacó el pelo de la cara, como si su torpeza fuera culpa de los mechones que le caían sobre los ojos, y no que estaba subida en una superficie inestable—. ¿Estás bien?
Asentí con la cabeza y sin palabras, cerrando los ojos de forma momentánea para que no se diera cuenta de cómo se me llenaron de lágrimas, por el impacto en ese lugar todavía sensible, porque prefería arrancarme un brazo antes de ponerme a dar explicaciones, aunque dudaba que ella siquiera me las pidiera.
Simplemente debía estar pensando que era una debilucha. Y capaz también tenía razón en eso.
—Gracias —alcancé a decir, instantes después, todavía abrazando el libro hacia mi pecho como una tabla de salvación en un naufragio.
Volví a verla y noté que todavía se veía preocupada y un poco avergonzada, capaz porque parecíamos tener alrededor de la misma edad y siempre era un poco más patético mandarse alguna cagada frente a alguien de la misma generación—.
No pasa nada, posta. Es el libro que quería, aparte.
La chica se bajó del banquito y se fue detrás de la caja de la librería, estirando su mano para agarrar el libro que yo estaba pasándole, por fin dejándolo ir de mi cuerpo.
Sin embargo, el dolor persistió.
—No sé por qué nos mandaron a ponerlos ahí en exhibición…
—se justificó, mientras pasaba el código de barras para procesarlo—.
Es la primera vez que se me cae uno, pero no sos la primera que me lo pide en la semana.
Se está vendiendo una banda, medio de la nada…
, ¿Marcos Arias? —Escuchar su nombre me heló la sangre por un momento.
Jamás me iba a acostumbrar a oírlo en voz alta—.
¿El autor es conocido? ¿O este es un seudónimo de otro popular… ?
Para alguien que trabajaba en una librería esperaría un poco más de conocimiento de sus productos, pero ante su genuina curiosidad no pude hacer más que encogerme de hombros, mostrando mi más absoluta ignorancia al tema.
—Ni idea, me gustó la tapa —mentí, señalándola.
Aunque, no era una completa mentira, la portada de La verdad no, no hace ruido era llamativa, con una careta de carnaval rota cubriendo la portada, con el título en grande y el del autor chiquito abajo.
Era siniestra y oscura, manteniendo la esencia de la versión regular del libro (y eso lo sabía con seguridad).
—Está buena —coincidió la chica, haciendo una mueca. Me dijo el precio (que, si se suponía que las versiones de bolsillo eran más económicas, esta apenas lo era) y yo estiré la tarjeta para apoyarla en el pos—. ¡El autor es uruguayo! Qué viaje, eh, no parece.
Apreté los dientes y volví a encogerme de hombros, creyendo, equívocamente, que si no participaba en la conversación capaz terminaría más rápido.
—Ah, mirá, qué raro —respondí, esperando que la maquinita confirmara mi pago.
—Sí, sí, pero parece que vive en España…
, y lo hizo ahí, creo que está ambientado allá también, es reraro sí…
, que un uruguayo no escriba como uruguayo…
, ¿no es antinatural o algo…? —Se detuvo sola, pensativa.
Yo me mordí el interior de los cachetes, casi haciéndome sangre—.
¡Ah, pará! Creo que ya sé quién es, es el de la noticia de…
—Ajá —murmuré, rehusándome a hacer contacto visual. Por fin, la máquina escupió mi ticket y ella cortó lo necesario para quedárselo de su lado—. ¿Ya está?
La chica, que todavía tenía la vista clavada en la página de autor del libro, apenas atinó a reaccionar y ponerlo en una bolsa para mí.
—Sí, sí, disculpá —dijo—. Está todo pronto. Que tengas un buen día.
Sostuve la cinta de la bolsa de papel entre mis dedos, casi esperando que el tacto me quemara la piel (aunque nunca lo había hecho en el pasado), y conseguí formar una leve sonrisa antes de murmurar un «gracias, igual para vos», y decidí hacer las paces con el hecho de que ella pensaba que mi antipatía final se debía a un efecto retardado al haberme dejado caer un libro encima y nada más.
Era imposible creer otra cosa, mucho menos la verdad.
Pero, a pesar de mi mejor juicio, no pude evitar detenerme frente a las Galerías Pacífico, en plena Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina, y sacar el libro de su humilde bolsita para abrirlo.
Me recibió la misma foto de autor que encontraba en la versión regular del libro, con la misma biografía que la empleada acaba de leer, lo cual no debía sorprenderme.
Pero lo hacía.
Una parte de mí esperaba el día en el que al pasar de página, hacia la dedicatoria, y encontrarme algo diferente.
Capaz por el tema de las múltiples ediciones que tuvieron que hacer en un tiempo reducido —mandándolas directamente desde la editorial madre en Barcelona, España—, o solo porque seguía desconfiando de lo que mis ojos leían y creía que mis copias en casa eran una confusión gigante del universo y todo lo puro.
Pero, Dios, qué hijo de puta, todo seguía ahí.
Para Kiki, mi mejor amiga,
a pesar de todos y todo, en esta vida y en las demás,
te busco donde sea que estés.
Consideré la posibilidad de dejar el libro en el suelo lentamente, como si se tratara de una bomba, y alejarme de él lo más rápido posible.
Pero no lo hice, porque si hubiera sido tan fácil no existirían otras copias de este libro de mierda esperándome en mi cuarto, escondidas en los lugares más recónditos, tanto que en cierto punto me olvidaba que las había comprado en primer lugar.
Como un borracho sin memoria, ahogándose en alcohol.
O al menos eso me gustaba creer.
Volví a meter el libro en su bolsa y caminé hacia mi parada del subte porque, a pesar de que me había tomado mi hora de almuerzo del trabajo para salir a buscar por Buenos Aires una copia de la nueva edición del libro (y recién había tenido éxito), eso no significaba que todo lo demás hubiera dejado de existir y las responsabilidades no me respiraran en la nuca.
El calor de la ciudad era insano en verano, pero al menos era lo suficientemente molesto para mantenerme concentrada en lo incómoda que estaba y en cómo se me pegaba el asiento al culo como para pensar en algo más.
Capaz por eso no corría una gota de aire, a propósito, para que la gente se enojara por eso y no se preocupara en sus otros problemas.
Brillante.
No fue hasta que estaba metiendo la llave en la cerradura del departamento en el que vivía con mi tía que mi teléfono empezó a sonar, haciéndome pensar en otra cosa que en la gota de sudor caliente que me bajaba por la espalda.
Me llamó la atención el número desconocido, pero el prefijo extranjero fue lo que logró dejarme quieta como si me hubieran clavado los pies al suelo: +598.
—¿Estás tratando de poner otra llave en la puerta de nuevo, Chiara? —escuché a mi tía Ana gritarme del otro lado de la madera que nos separaba.
Ni siquiera era capaz de replicarle que eso solo me había pasado una vez, cuando tenía trece años, y era porque en el campo no estaba acostumbrada a cerrar con llave una casa, pero supongo que la factura del cerrajero cuando tuvo que cambiarla todavía seguía en su memoria.
Contra mis mejores instintos, contesté el teléfono.
—¿Hola?
Tenía el corazón en la garganta, tanto que temía que pudiera oírse del otro lado de la línea.
— ¡Buenas tardes! ¿Hablo con Chiara Kaczka?
La respuesta real era «depende».
—¿Quién habla? —pregunté, con dureza, capaz algo desmedida para el tono cordial que escuchaba en respuesta.
—Le llamo de parte del Cementerio Central de Melo, para informarle que el cuerpo de Eva Kaczka se encuentra disponible para el proceso de reducción, ya que están por cumplirse los diez años de su permanencia —explicó la voz masculina del otro lado, con una paciencia increíble —. ¿Es usted Chiara Kaczka?
Se me secó la garganta, tanto que ya no habría forma de que se me escapara el corazón, porque me lo había tragado de golpe.
La cicatriz del pecho me empezó a picar, de forma instantánea.
Cerré los ojos y me concentré en el olor del edificio que conocía como la palma de mi mano: humedad, madera y comida china, porque nuestros vecinos la consumían mucho más que un argentino promedio.
Estaba en casa. No estaba en Melo.
—¿Quién le dio este número?
—Jorge Kaczka, dijo que era su hija, nosotros…
Solté el aire en un suspiro entrecortado, apoyando la frente en la puerta.
No podía mentir, no si mi padre me había involucrado directamente.
—Soy yo, sí —afirmé, a mí pesar—. Chiara Kaczka —pronuncié, con cierta inseguridad interna al oír mi propio nombre por mi voz, en alto, aunque fuese el viejo, el que llevábamos años escondiendo entre papeles para desvanecer en el aire—. ¿Qué tengo que hacer?
—Lo primero que hay que hacer es coordinar el traslado, nosotros tenemos uno para ofrecerle y organizarlo. Después, debemos confirmar una fecha y hora para la ceremonia de reducción, ¿tiene alguna preferencia?
Por un momento guardé silencio, porque dudaba estar escuchando español, me sentía tan confundida como si me estuviese hablando en chino, como el olor a comida que subía.
—No sé, yo… —Me alejé el celular de la cara un momento, tratando de centrarme—.
La puta madre. —No planeaba que se me escuchara, pero escuché como el hombre del otro lado de la línea se aclaraba la garganta—.
No sé, perdón, ¿te puedo dar mis datos y me envías la información?
Te juro que te respondo hoy mismo, solo necesito pensarlo un minuto.
—No se preocupe, estaremos aquí para ayudarla en lo que necesite en este momento tan difícil —aseguró él, una de las mentiras blancas a las que debía estar tan acostumbrado, dado su trabajo.
Odiaba eso. Para mí sí tenían que significar algo esas palabras, no estaban vacías, no como todo lo demás.
No respondí, entonces él prosiguió—: Tengo papel y lápiz a mano, cuando diga.
Le di mis datos tras suspirar, luchando porque la voz no me sonara temblorosa.
—¿Mi padre…, mi padre dijo que yo me encargaría de todo esto? —asumí, ante el silencio en el que seguramente él estaba agregando mi información a una base de datos de una ciudad a la que llevaba sin pisar tantos años como los que el cuerpo había estado ahí.
—Sí, exactamente. ¿Le parece bien?
Me tragué la decepción, porque nadie me había mandado sentirla.
—Está bien, sí —mentí, como era de costumbre. La cabeza me iba a mil, tratando de anclarse a una sola pregunta para poder verbalizarla—. Esto tiene que hacerse presencial, ¿verdad? ¿Cara a cara?
—Sí, necesitamos su firma y…
—Bueno —acepté, de mala gana—. Les escribo en unos minutos. Gracias.
Y, sin pensarlo más, corté la llamada.
Diez años, casi no lo podía creer.
Diez años sin Eva todavía se sentían como el primer día.
Cuando caí en la cuenta de lo que debía hacer ni siquiera podía disimular el poema que debía ser mi cara cuando mi tía finalmente abrió la puerta, cansada de esperar respuesta sobre el tema de la llave, y me encontró paralizada en el lugar.
—Mija, ¿y esa cara? ¿Qué pasó?
Torcí el gesto, preparándome para decir las palabras que siempre temí:
—Tengo que volver a Melo.