La última noche de agosto CAPÍTULO 53
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CAPÍTULO 53

EL MAR NO DEVUELVE TODO

Esta vez no había voluntarios recorriendo playas ni carteles pegados en comercios.

Un equipo especializado trabajó con las coordenadas que Àlex había dado, datos antiguos de corrientes y una certeza modesta: después de diecisiete años, encontrar restos era posible, no probable. Laura no fue en las embarcaciones.

Miró desde tierra una mañana y después decidió que no necesitaba hacerlo. El cuarto día llamó la inspectora Vidal.

—Han terminado la primera fase.

Laura estaba preparando la cena con Nora.

—¿Han encontrado algo?

—No relacionado con Clara.

La respuesta dolió menos de lo esperado.

—Vale.

Vidal pareció sorprendida por su calma.

—Puede haber más actuaciones si aparecen datos nuevos.

—Lo sé.

—¿Estás bien?

Laura miró a Nora, que intentaba cortar una zanahoria con un cuchillo sin filo y una concentración heroica.

—Sí.

Cuando colgó, Nora preguntó:

—¿No han encontrado a tía Clara?

Laura dejó el teléfono.

—No.

—¿Entonces sigue perdida?

La pregunta era difícil. Laura se sentó junto a ella.

—Sabemos lo que le pasó. Pero no sabemos dónde está ahora.

Nora miró la zanahoria.

—Eso es estar un poco perdida.

—Sí. Un poco.

—¿El mar se queda las cosas?

Laura pensó.

—A veces.

—Pues es egoísta.

Laura sonrió.

—A veces también devuelve cosas.

—Conchas.

—Conchas, maderas, botellas.

—Piedras no. Las piedras ya son suyas.

Laura la abrazó. Aquella noche salió a la terraza. Daniel estaba sentado con dos vasos de agua. Laura se sentó a su lado.

—No la han encontrado.

—Lo siento.

—Yo también. Pero creo que estaba esperando que encontrarla arreglara algo. Y no sé qué habría arreglado.

—Una tumba.

—Sí.

Daniel no dijo nada más. Laura miró la franja oscura de Mediterráneo. Durante años, el mar había cargado con la culpa en la versión oficial. Clara cayó. El mar se la llevó. Una tragedia sin responsable. Ahora Laura entendía que el mar no había tomado ninguna decisión.

Las decisiones las habían tomado personas. Eso resultaba más terrible. Y, de una forma extraña, más soportable. Porque a las personas se las podía nombrar.