La última noche de agosto CAPÍTULO 52
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CAPÍTULO 52

LA CASA NO SE VENDE

Marta llegó con tres tasaciones y una carpeta de posibles compradores. Laura las dejó sobre la mesa sin abrir.

—No voy a vender.

Marta sonrió.

—Tu madre estaría contenta.

Laura negó.

—No quiero decidir pensando en lo que haría mi madre.

Marta asintió.

—Mejor.

La casa necesitaba arreglos. Humedades. Instalación eléctrica en algunas zonas. Ventanas. La caldera, finalmente, estaba para cambiar. Laura hizo una lista. Por primera vez, las listas de aquella casa contenían cosas normales.

Daniel revisó con ella presupuestos y le dijo, tres veces, que no contratara a la primera empresa que apareciera. Laura eligió la segunda solo para molestarlo.

Nora empezó el colegio en Barcelona y pasaba parte de la semana con Sergio. La organización era imperfecta, pero funcionaba. Laura alternaba días entre Barcelona y Calella mientras decidía qué hacer a largo plazo. No se mudó con Daniel. No prometieron nada enorme.

Se veían.

Cenaban.

A veces él dormía en la casa. A veces no. La relación de 2009 no regresó porque no podía regresar. En su lugar apareció otra. Una tarde de octubre, Laura encontró a Daniel reparando el pestillo del cobertizo.

—No te he pedido que hagas eso.

—Lo sé.

—¿Entonces?

—Me molesta que cierre mal.

—Eso es una enfermedad.

—Profesional.

Laura se apoyó en la puerta.

—Si algún día escribiera todo esto, tendría que ponerle un título.

Daniel dejó el destornillador.

—No me digas que «Doce días».

—Era bueno.

—Era horrible.

—«La última noche de agosto».

Daniel la miró.

—Ese no está mal.

—Gracias por tu entusiasmo.

—Le falta algo.

—¿Qué?

—Que no fue la última noche.

Laura entendió.

Para Clara sí. Para todos los demás, aquella noche había durado diecisiete años.

—Precisamente —dijo.

Daniel sonrió.

Desde el jardín, Nora gritó que había encontrado otra lagartija.

Laura salió.

La casa ya no olía a cerrado. Todavía olía un poco a lavanda en el armario de Elena. Decidió no quitarlo.