La última noche de agosto CAPÍTULO 51
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CAPÍTULO 51

MIREIA

Mireia pidió verla una semana después. Laura estuvo a punto de negarse. Aceptó por Clara. Se encontraron en un banco cerca de Sant Roc. A media mañana había poca gente. Mireia llevaba la pulsera azul y blanca en una bolsa transparente.

—Es tuya —dijo.

—Me dijiste que Clara te la dio.

—La otra era la tuya. Esta es la suya.

Laura la miró.

—¿Cómo lo sabes?

—Tú hiciste un nudo doble en una punta porque se te deshizo. Clara se rió de ti durante una semana.

Laura examinó el hilo. El nudo estaba allí. Un recuerdo pequeño, casi alegre, apareció. Clara tirando de la pulsera.

«No sabes ni hacer un nudo.»

Laura sonrió antes de poder evitarlo. Mireia empezó a llorar.

—Lo siento.

—No sé qué hacer con eso.

—No tienes que hacer nada.

—Me mentiste cuando llegué.

—Sí.

—Entraste en mi casa.

—Sí.

—Me asustaste.

—Sí.

—Ayudaste a mover a Clara.

Mireia bajó la cabeza.

—Sí.

La rabia volvió. También vio a una chica de dieciocho años dentro de la mujer sentada frente a ella. No era inocente. Tampoco era Jordi.

—¿Por qué volviste a ayudarlo ahora?

—Porque me llamó después del funeral y dijo que tu madre había dejado cosas. Que si salían, Àlex nos culparía. Que yo iría a la cárcel. Volví a tener dieciocho años en cinco minutos.

—¿Y después?

—Encontré las fotos de Marta. Vi la de Jordi con Clara. Entendí que durante años me había contado a mí misma una versión más suave. Quise que tú la vieras. Te mandé una. Luego me aterré y te dije que pararas. Luego otra. Era como… empujarte y agarrarte a la vez.

Laura pensó en la cala. La expresión le resultó insoportable. Mireia también se dio cuenta.

—Perdón.

—No uses esa palabra.

—Vale.

Se quedaron mirando el mar.

—¿Clara sufrió? —preguntó Laura.

Mireia cerró los ojos.

—Tuvo miedo. Pero también estuvo furiosa. Hasta el último momento. No se dejó convertir en alguien pequeño delante de Jordi.

Entendió que aquello importaba.

—Gracias.

Fue la única cosa que pudo darle. Mireia le entregó la pulsera. Laura la guardó. No se abrazaron al despedirse. Algunas historias no necesitaban reconciliación para terminar con un poco de verdad.