La última noche de agosto CAPÍTULO 50
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CAPÍTULO 50

LA DECLARACIÓN DE JORDI

Jordi habló al cuarto día. Su abogado estuvo presente. Laura no. La inspectora Vidal le explicó después únicamente lo que podía comunicarle sin comprometer diligencias.

—Admite la relación con Mercè y que Clara era su hija. Admite que estuvo en la cala. Admite el forcejeo y que Clara cayó.

—¿Y dice que la soltó?

—No.

—¿La barca?

—Dice que él y Àlex salieron a buscarla por mar.

Laura rió sin humor.

—A las dos de la mañana y sin llamar antes a emergencias.

—Dice que entró en pánico.

—Todos están enamorados de esa palabra.

Vidal asintió.

—Niega haber ocultado el cuerpo.

—Àlex lo ha contado.

—Sí.

—Mireia también.

—Sí.

—¿Entonces por qué importa lo que niegue?

Vidal bebió café.

—Porque la verdad judicial y la verdad personal no son exactamente el mismo animal. Una necesita pruebas que sobrevivan a preguntas muy concretas.

Laura se reclinó.

—¿Crees que saldrá libre?

—No voy a prometerte una condena. Sería irresponsable. Hay una investigación reabierta, varios testimonios, mensajes y material que debe analizarse. Eso es lo que puedo decir.

Laura pensó que hacía una semana habría odiado esa respuesta. Ahora la aceptó.

—Quiero verlo.

Vidal la miró.

—¿Para qué?

—No lo sé.

—Entonces espera hasta saberlo.

Laura hizo caso. Por primera vez en mucho tiempo no confundió hacer algo con avanzar. Esa tarde trabajó cuatro horas seguidas. Contestó correos. Corrigió un catálogo. Hizo una videollamada en la que nadie mencionó desaparecidas, padres, cintas ni calas. La normalidad resultó reparadora.

A las seis, Nora entró en el salón con la foto de Clara.

—Se ha caído.

El marco tenía una esquina rota. Laura lo arregló con cinta adhesiva.

—¿Se puede poner otro?

—Claro.

—Este es feo.

—Era de la casa.

—Eso no hace que deje de ser feo.

Laura rió.

Fueron juntas a comprar un marco sencillo de madera. Al regresar pasaron por Port Bo. El cielo estaba naranja. Nora quiso sentarse un momento en la arena. Laura la observó jugar. Detrás, bajó las arcadas, la gente cenaba. Las conversaciones se mezclaban con el sonido del mar.

Calella seguía siendo hermosa. No había quedado contaminada por lo que ocurrió. O quizá la belleza nunca había prometido seguridad. Ese pensamiento le pareció más adulto que culpar a un lugar.