CAPÍTULO 49
DANIEL NO RECUERDA TODO
Daniel tenía un secreto más. Laura lo descubrió porque él decidió contárselo. Dos días después de la detención de Jordi, caminaron hasta Llafranc. El otoño empezaba a notarse por las tardes. Menos gente, sombras más largas, terrazas recogidas antes.
—Hay algo que no te he dicho —dijo Daniel.
Laura se detuvo.
—No puedes empezar frases así conmigo.
—Lo sé.
—¿Es grave?
—No sé.
—Peor.
Daniel apoyó los brazos en la barandilla.
—La noche de Clara yo también perdí recuerdos.
Laura lo miró.
—¿Por alcohol?
—Por un golpe. Cuando bajé por las rocas me caí. No perdí el conocimiento, pero me abrí la pierna y me golpeé la cara. Los días siguientes tenía fragmentos.
—Nunca lo dijiste.
—Porque recordaba más que tú y todos me trataron como si mi versión fuera completa. Con el tiempo empecé a rellenar huecos con lo que me contaban.
Laura comprendió hacia dónde iba.
—No estás seguro de haber oído a Clara.
—Sí. Eso sí. Pero durante años estuve seguro de que Jordi estaba arriba cuando yo subía. Ahora, con tus recuerdos y Mireia, creo que esa parte la construí después.
Laura miró el mar.
—Entonces me has contado cosas como recuerdos que quizá no lo eran.
—Sí.
—¿Por qué me lo dices ahora?
—Porque no quiero hacerte lo mismo que hicieron ellos. No quiero convertir mi versión en verdad solo porque me conviene.
Laura sintió una irritación breve y después algo parecido a respeto.
—¿Hay algo más que pueda estar mal?
—Fechas pequeñas. Frases. Quién estaba a cada lado. No el núcleo.
—¿Y nosotros?
Daniel sonrió.
—Eso lo recuerdo bastante bien.
—Conveniente.
—Mucho.
Siguieron caminando.
—¿Sabes qué es lo peor? —dijo Laura—. Que llevo días queriendo recuperar recuerdos como si fueran archivos intactos. Y no existen así.
—No.
—Mi padre usó eso contra mí.
—Sí.
—Y ahora tengo miedo de usarlo yo contra él.
Daniel se detuvo.
—No estás acusando a Jordi solo porque recuerdes. Hay fotos, mensajes, Mireia, Àlex, la cinta, tu madre. Tu recuerdo es una pieza, no todo el puzle.
Laura lo miró.
—Nora diría que los puzles son suyos.
—Nora diría que no sabemos hacerlos.
—También.
Llegaron a un punto desde el que se veía la costa curva y la luz sobre las fachadas. Daniel metió las manos en los bolsillos.
—El veintitrés de agosto de 2009 estuvimos aquí cerca.
—Las sandalias horribles.
—Exacto.
Bajó la vista hacia sus zapatillas.
—Esta vez he venido preparada.
—Has madurado.
—Muchísimo.
Se besaron.
Sin recuerdos.
Sin fotografías.
Sin necesidad de saber si el primer beso había sido mejor.