La última noche de agosto CAPÍTULO 44
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CAPÍTULO 44

DESPUÉS DEL RECUERDO

Jordi fue detenido aquella tarde mientras se practicaban nuevas diligencias. La palabra «detenido» le pareció a Laura demasiado limpia para lo que acababa de ocurrir. Dos agentes le pidieron que se girara. Uno le sujetó las muñecas. Jordi miró a su hija una sola vez. No pidió perdón.

Tampoco volvió a decir que la había protegido. Mireia fue trasladada para declarar, sin esposas y en otro vehículo. Vidal se acercó a Laura antes de marcharse.

—Lo que ha recordado es importante —dijo—, pero necesito que mantengamos una diferencia clara entre memoria y prueba. Mañana volveremos a tomarle declaración con calma.

Laura miró el agua.

—¿Cree que puedo haberlo inventado?

—Creo que la memoria humana no es una cámara. Y creo que tenemos que contrastarla con Àlex, Mireia, los mensajes, las fotos y todo lo demás. Eso no invalida lo que recuerda. Lo coloca donde debe estar.

Laura asintió.

Era una respuesta menos tranquilizadora que una certeza absoluta. También era más honesta.

Carme esperaba unos metros más arriba. La exagente no había intervenido en la operación; Vidal le había pedido expresamente que se mantuviera fuera. Cuando Laura llegó a su altura, Carme le ofreció una botella de agua.

—¿Estás segura de la escena? —preguntó.

—Estoy segura de la estructura. No de cada palabra.

Carme asintió.

—Bien.

—¿Bien?

—Es mejor eso que una memoria milagrosamente perfecta después de diecisiete años.

Daniel estaba sentado en una roca junto al sendero. Laura pensó en su padre sosteniendo la mano de Clara.

El recuerdo había vuelto completo en su centro y roto en los bordes. No recordaba cómo habían salido de la casa, qué música sonaba, quién llevaba la grabadora. No recordaba la ambulancia llegando. No sabía qué frases exactas había dicho Clara antes de caer.

Y comprendió algo que la tranquilizó de una forma extraña.

No necesitaba recordarlo todo. La verdad no exigía una película perfecta.

Exigía que las piezas independientes coincidieran lo suficiente para dejar de llamarlas casualidad.

Subieron cuando empezaba a oscurecer. En el coche, Laura llamó a Sergio.

—Han detenido a mi padre.

Hubo un silencio.

—Voy.

—No hace falta.

—No te he preguntado.

Laura cerró los ojos.

—Vale.

—¿Nora?

—Que se quede contigo esta noche.

—Claro.

Sergio no preguntó por qué habían detenido a Jordi. Eso vendría después. En casa, Laura se duchó durante mucho tiempo. El agua caliente no se llevó la sensación de sal en la piel. Cuando bajó, Daniel había preparado sopa de sobre y tostadas.

—Gastronomía catalana de alto nivel —dijo.

Laura se sentó. Comieron en silencio.

—He recordado que Clara te llamó —dijo ella.

Daniel levantó la vista.

—En el agua.

—Sí.

—Yo también la oí.

—Mi padre dijo que estabas borracho y que podías haber imaginado la voz.

Daniel sonrió sin alegría.

—Durante algunos años me pregunté si tenía razón.

—No.

—Ahora lo sé.

Después de cenar, Laura sacó la fotografía del 31 de agosto. Los cinco jóvenes en la terraza. La dejó sobre la mesa.

—Antes miraba esto y pensaba que faltaba una persona en mi memoria.

Daniel se sentó a su lado.

—¿Y ahora?

Laura tocó la cara de Clara.

—Ahora pienso que faltaba una hermana.

Daniel no intentó consolarla. A veces acompañar a alguien consistía precisamente en no apresurarse a tapar el dolor.