CAPÍTULO 42
EL PADRE DE LAS DOS
Jordi llevaba las manos vacías. Eso no tranquilizó a Laura.
—¿Cómo sabías que estábamos aquí?
Él miró a Mireia.
—Porque ella me llamó.
Mireia negó con la cabeza.
—No hoy.
—No hacía falta que fuera hoy. Llevas semanas llamándome cada vez que te entra miedo.
Laura metió la mano en el bolsillo y pulsó dos veces el botón lateral del teléfono, la señal que Vidal había pedido. Jordi lo vio.
—¿También estás grabando?
—No importa.
—Importará cuando todo lo que digas termine en un juzgado.
Incluso allí, incluso con el mar detrás y las versiones deshaciéndose, seguía hablando como si pudiera administrar la realidad. Laura dio un paso hacia él.
—Clara no cayó cuando yo la empujé.
Jordi no respondió.
—Mireia lo ha dicho. Àlex también. Tú llegaste después.
—Estabais borrachos.
—Yo había bebido. No estaba borracha.
—No recuerdas la mitad de esa noche.
—Cada vez recuerdo más.
Jordi miró hacia el sendero.
—Tu madre sabía lo peligroso que era obligarte a recordar.
—Mi madre estaba equivocada.
—Tu madre te protegió.
—Mi madre me escondió dentro de una mentira.
La mandíbula de Jordi se tensó.
—No sabes lo que era aquello. Una hija en el hospital. Una chica desaparecida. La policía buscando culpables. Daniel diciendo que había oído una voz desde el agua. Àlex histérico. Mireia cambiando de versión. Si yo no hubiera puesto orden, os habríais destruido unos a otros.
Laura sintió algo parecido a claridad.
—Eso es lo que te has contado diecisiete años.
—Es lo que ocurrió.
—No. Lo que ocurrió es que Clara era tu hija y querías que siguiera siendo un secreto.
Jordi palideció apenas.
—Mercè y yo cometimos un error.
—Clara no era un error.
—No he dicho eso.
—Lo has dicho cada año que fingiste que no era tuya.
Mireia estaba llorando en silencio. Jordi la señaló.
—Ella ayudó. Àlex ayudó. Elena calló. Daniel se fue. No conviertas esto en un cuento con un solo monstruo porque te resulte más fácil.
Distinguió la parte verdadera escondida dentro de la manipulación.
—No. Hubo muchos cobardes. Pero solo uno estaba con Clara cuando podía salir del agua.
Jordi se quedó inmóvil.
—Fue un accidente.
Laura notó cómo cambiaba el aire entre ellos.
—¿Qué parte?
Él no contestó.
—¿La caída?
Silencio.
—La caída fue un accidente —repitió Laura—. La agarraste. Ella resbaló.
—No quería que cayera.
Era la primera admisión. Mireia se tapó la boca.
—¿Y después? —preguntó Laura.
Jordi cerró los ojos un instante.
—Después todo ocurrió muy deprisa.
—Eso no es una respuesta.
—Estabas herida. Daniel gritaba. Clara estaba abajo. Yo intenté llegar.
—La agarraste.
—Sí.
—Podías sacarla.
—No lo sabes.
—Àlex lo vio.
Jordi miró a Mireia como si buscara todavía un aliado disponible. No lo encontró.
—Clara me estaba acusando de haberla atacado —dijo—. Decía que lo contaría todo. Que destruiría a Elena, a ti, a todo el mundo.
—Y entonces decidiste que era mejor que no saliera.
—No decidí nada.
—Le quitaste la mano.
—No sabes lo que hice.
Laura oyó voces arriba. Vidal y los agentes empezaban a bajar. Jordi también las oyó. La expresión de su padre cambió. No fue furia.
Fue cálculo.
Miró la salida lateral. Mireia se interpuso.
—Apártate —dijo Jordi.
—No.
—Mireia.
—No.
Jordi la empujó. No con violencia suficiente para tirarla. Solo con esa mezcla de impaciencia y derecho que Laura conocía desde niña. Y el gesto abrió el recuerdo. No como una película. Como varias piezas que de pronto encajaron alrededor de una sensación antigua. Clara delante de Jordi.
—Dilo.
—No aquí.
—Dilo.
Jordi mirando a Laura.
—Soy su padre.
Clara llorando y riendo a la vez.
—¿Ves? —le decía a Laura—. ¿Ves que no estaba loca?
Laura sin poder hablar. Las cartas entre las manos de Clara y Jordi. El papel rompiéndose.
Una bofetada.
El brazo de Clara atrapado en la mano de su padre. La roca mojada.
El resbalón.
Clara cayendo.
Laura corriendo.
Una mano intentando retenerla. El golpe junto a la sien. Después, el mundo inclinado. Desde el suelo, Laura veía el borde como si estuviera muy lejos.
Daniel bajaba.
Jordi bajaba detrás. Clara aparecía entre espuma y roca. Una mano levantada.
—Papá.
Jordi se agachaba y la cogía. Durante un instante la sostenía. Eso era lo insoportable del recuerdo: durante un instante la había sostenido. Clara consiguió agarrarse con la otra mano al borde de piedra. Jordi miró hacia arriba.
A Àlex.
A Laura.
A la vida que podía perder si aquella chica salía del agua y hablaba. Luego apartó una mano. Clara volvió a agarrarse. Y Jordi le pisó los dedos. Laura gritó en el presente. El recuerdo se deshizo, pero ya había dejado su forma.
Daniel apareció primero desde el sendero, seguido por Vidal y dos agentes. Jordi no huyó. Quizá entendió que ya no existía una versión suficientemente grande para esconderlo. Laura lo miró.
—Lo recuerdo.
Su padre cerró los ojos. Y por primera vez en diecisiete años no intentó corregirla.