La última noche de agosto CAPÍTULO 41
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CAPÍTULO 41

MIREIA EN LA CALA

Laura no fue sin policía. Tampoco bajó con una patrulla detrás como si la cala pudiera convertirse en un escenario controlado.

Vidal eligió el punto de equilibrio: ella y dos agentes esperarían en el sendero superior, fuera de la vista desde la pequeña explanada.

Daniel se quedó con la inspectora. Laura llevaba el teléfono abierto en el bolsillo y una instrucción sencilla: si Mireia pedía que se moviera hacia la zona de rocas, se acababa la conversación.

—Cinco minutos —dijo Vidal.

—Si en cinco minutos no ha hablado, no va a hablar.

—No. Si en cinco minutos usted empieza a creerse invulnerable, sube.

Laura casi sonrió.

Bajó sola.

El mar estaba más tranquilo que la última vez. La cala parecía demasiado pequeña para contener diecisiete años. Mireia esperaba junto a la caseta. No llevaba bolso. Tenía los brazos cruzados y los ojos hinchados.

—Has traído a la policía.

—Claro.

—Te dije que vinieras sola.

—Y yo ya he aprendido lo que pasa cuando hago caso a gente que lleva años mintiendo.

Mireia miró hacia el sendero.

—No voy a hacerte daño.

—No eres la única persona de la que me preocupo.

Durante unos segundos solo se oyó el agua.

—Fui yo —dijo Mireia.

Laura no preguntó qué.

—Las notas. Algunas fotos. La palabra en el cristal.

—¿También enviaste el sobre que recibió mi madre en marzo?

—Sí. No tuve valor para firmarlo. Quería que Elena hiciera algo con aquellas fotos que yo no me atrevía a hacer.

—¿Y el mensaje que recibí al salir del cementerio?

Mireia bajó la vista.

—También. Te seguí. Me avergüenza decirlo, pero sí.

—¿HERMANAS?

Mireia asintió.

—¿Y «VETE ANTES DE RECORDAR»?

—También.

La rabia llegó primero; debajo había una especie de cansancio que parecía más antiguo que ella.

—¿Querías que me fuera o que investigara?

—Las dos cosas.

—Eso no tiene sentido.

—Para una persona normal, no.

Mireia se secó la cara con el dorso de la mano.

—Después del funeral, Jordi me llamó. Sabía que Elena había guardado cosas. Quería que, si tú volvías a la casa, encontrara las cartas antes que tú. Entré una vez. Tenía una copia de una llave vieja. Vi las fotos, la caja, todo aquello, y me entró pánico.

—¿Robaste la fotografía de Clara?

—Sí.

—¿Y después empezaste a devolverme pruebas?

—No podía soportar que supieras. Tampoco podía soportar que no supieras. Cada vez que hacía una cosa, a las pocas horas quería deshacerla.

—La culpa no te convierte en dos personas.

—No. Solo te convierte en una persona capaz de hacer cosas contradictorias durante mucho tiempo.

Elena le vino a la cabeza.

En Àlex.

En ella misma empujando puertas que también temía abrir.

—¿De dónde sacaste las fotos de Àlex?

—De las copias de Marta.

—¿Fuiste tú quien entró en su despacho?

Mireia asintió.

—Elena me había contado que había dejado un juego con ella. Cuando murió, pensé que Jordi acabaría encontrándolo. Lo cogí antes. Luego mandé algunas fotos a tu casa.

—¿Por qué no entregarlas directamente a la policía?

—Porque entonces tenía que explicar cómo sabía todo lo demás.

—Y volvemos a ti.

Mireia bajó la cabeza.

—Sí.

Laura la dejó soportar el silencio.

—Cuéntame la noche del treinta y uno.

Mireia miró el agua.

—Clara dijo lo de Jordi delante de nosotros. Tú no la creíste. Discutisteis. La empujaste.

El recuerdo llegó como un golpe anticipado.

—Lo sé.

—Pero no cayó.

Laura levantó la cabeza.

—¿Qué?

—No cayó cuando la empujaste. Dio dos pasos atrás y Àlex la sujetó. Te insultó. Tú llorabas. Daniel intentó llevarte hacia arriba.

La memoria devolvió una camisa roja, la voz de Clara, sus propias manos.

—Después llegó mi padre.

—Sí. Clara lo había llamado. Le enseñó las cartas. Le exigió que dijera la verdad.

—¿La golpeó?

—Le dio una bofetada. Luego intentó quitarle los papeles. Ella tiró. Él la agarró del brazo. La roca estaba mojada. Clara resbaló.

Mireia señaló una zona del borde.

—Cayó ahí.

Las piernas amenazaron con dejar de sostenerla.

—Yo corrí hacia ella.

—Sí. Àlex intentó agarrarte. Te soltaste, resbalaste y te golpeaste la cabeza. Daniel bajó. Yo me quedé contigo unos segundos. Cuando miré otra vez, Jordi también estaba abajo.

—¿Viste lo que hizo?

Mireia tardó.

—Vi a Clara sacar una mano. Oí que llamaba a Jordi. «Papá». Él se agachó.

—¿Y?

—Yo subí a pedir ayuda. Cuando regresé, Jordi y Àlex ya la habían sacado del agua. Estaba junto a la barca.

A Laura le costó tomar aire.

—¿Viva?

—Jordi decía que no. Àlex no estaba seguro. Yo no supe distinguirlo. Tenía agua en la boca y no reaccionaba. Jordi me ordenó que ayudara.

—¿A qué?

Mireia bajó la mirada.

—A moverla hasta la barca.

—La foto.

Mireia asintió.

—La foto.

—¿Fuiste con ellos?

—No. Volví contigo antes de que llegara la ambulancia.

—Àlex dice que Jordi le pisó los dedos.

Mireia cerró los ojos.

—Eso no lo vi. Cuando bajé, Clara ya estaba fuera del agua.

Laura pensó en la frase de su padre: todos habían ayudado. Había una diferencia entre participar en una mentira y cometer el acto que obligaba a mentir.

—¿Mi madre llegó antes de que salieran con la barca?

—Llegó cuando tú estabas ya medio consciente. Jordi le dijo que Clara había muerto. No sé qué vio Elena después. Yo estaba contigo cuando llegó la ambulancia.

—¿Y tú mentiste a la policía?

—Sí.

—¿Por miedo a Jordi?

—Al principio. Después por miedo a mí misma.

Laura oyó un ruido en el sendero.

Mireia también.

—No he venido sola —dijo Laura.

—Ya lo sé.

Pero Mireia no miraba hacia arriba. Miraba detrás de Laura. Desde un acceso lateral entre los pinos apareció Jordi.