CAPÍTULO 39
SANGRE
La sangre podía no significar nada después de diecisiete años. Eso dijo la inspectora Vidal. Podía ser de Clara. De Daniel. De Àlex. De Jordi mismo. La camisa ya no existía, que supieran. Pero la carta de Elena sí existía. Y los mensajes. Y la barca.
Y el audio. Y las fotografías. La suma empezaba a tener forma. Jordi seguía sin responder llamadas. La policía había localizado un apartamento que utilizaba en Perpignan, pero no estaba allí. Sus tarjetas no registraban movimientos desde hacía dos días. Laura intentó no pensar en él.
Era imposible.
Nora volvió a casa esa tarde. Laura decidió no enviarla otra vez con Sergio salvo que hubiera una razón concreta. No quería que su hija sintiera que la casa era un sitio del que siempre la expulsaban cuando los adultos tenían miedo.
Instalaron alarma. Sensores. Una cámara en la entrada. Daniel dormía en la habitación de invitados. La primera noche, Laura se despertó a las dos y fue a la cocina por agua. Lo encontró sentado en la oscuridad.
—¿No duermes?
—No mucho.
Laura se sentó frente a él.
—¿Qué recuerdas de después de la cala?
Daniel se frotó la cara.
—Luces. Tu madre. Una ambulancia. Tu padre diciéndome que me apartara. Yo preguntando por Clara.
—¿Viste sangre en él?
—Todo el mundo tenía sangre. Yo me había cortado la pierna. Tú tenías la cabeza abierta.
—Mi madre dice que no era mía.
—Elena pudo equivocarse.
Laura asintió.
—Quiero que pueda haberse equivocado.
Daniel la miró.
—Lo sé.
—Es extraño. Quiero saber la verdad y, cada vez que aparece una parte, deseo que sea mentira.
—Eso no es extraño.
Laura jugó con el vaso.
—¿Me odiabas por olvidarte?
Daniel tardó.
—Al principio.
—Gracias por no adornarlo.
—Tenía veinte. Pensé que era imposible olvidar a una persona de esa manera. Creí que tu madre mentía. Luego te vi en el hospital y entendí que no estabas fingiendo.
—¿Y después?
—Odié a tu familia un tiempo. A tu padre mucho. A tu madre menos. A ti no.
Laura lo miró.
—¿Por qué?
Daniel sonrió apenas.
—Porque ya era bastante humillante estar enamorado de una persona que no sabía quién eras. Odiarla habría sido demasiado trabajo.
Laura rió por lo bajo. El silencio cambió. No había urgencia. No había pista. Laura apoyó la mano sobre la mesa. Daniel la cubrió con la suya. Esta vez el gesto no pertenecía a 2009. Laura lo supo. Se inclinó y lo besó.
Más despacio que en la cala. Sin memoria prestada. Cuando se separaron, Daniel apoyó la frente contra la suya.
—¿Esta vez era yo?
Laura sonrió.
—Creo que sí.
Un pitido agudo rompió el momento.
La alarma.
Los dos se levantaron. La pantalla indicaba movimiento en el jardín. Daniel miró la cámara. Una figura encapuchada cruzaba junto a la verja. Laura llamó a la policía. La figura se detuvo frente a la cámara. Levantó la cara. No era Jordi.
Era Àlex.
Miró directamente al objetivo y dijo algo que el micrófono apenas captó. Laura subió el volumen.
—No es él —dijo Àlex—. Es ella.