CAPÍTULO 37
MARTA
Marta Soler tenía cincuenta y ocho años y una amistad con Elena que Laura nunca había conocido.
No era familia ni había una relación sentimental oculta que Laura pudiera convertir en una explicación sencilla.
Eran amigas. De esas amistades adultas capaces de durar años sin ocupar un solo hueco en los álbumes familiares.
Se encontraron en un pequeño despacho de Palafrugell, encima de una gestoría.
Marta puso dos cafés sobre la mesa y una memoria USB en medio.
—En marzo, Elena vino con un sobre que había recibido sin remitente —dijo—. Dentro había seis fotografías impresas y una memoria muy vieja con archivos. Algunas imágenes estaban dañadas. Me pidió ayuda para copiarlo todo y hacer dos juegos.
—¿Sabía quién lo había enviado?
—Sospechaba de Mireia. Nunca estuvo segura.
—¿Por qué Mireia?
—Porque una semana antes la había llamado. Hablaron de Clara. Después Mireia negó saber nada de fotos.
Laura recordó la pulsera, el móvil de Àlex, las contradicciones.
—¿Y la cámara original?
—Nunca la tuvimos. Elena decía que Àlex llevaba una cámara aquella noche, pero que había desaparecido.
La distinción encajaba por fin. La tarjeta de Clara había permanecido en la casa. Las fotos de Àlex habían sobrevivido en copias. Dos cámaras. Dos cadenas de memoria. Ninguna perfecta.
—¿Qué pasó con la carpeta que le robaron?
—Contenía uno de los juegos impresos. Quien entró sabía qué buscaba. La cerradura no estaba forzada. Esa oficina la utiliza más gente y no puedo demostrar quién fue.
—¿Tiene llave Mireia?
—No.
—¿Àlex?
—Tampoco que yo sepa.
Marta conectó la memoria USB al portátil. Aparecieron seis archivos. La foto que Laura ya conocía: Jordi y Clara discutiendo. Otra, tomada unos segundos antes, mostraba a Àlex y Daniel al fondo. Otra estaba casi completamente negra.
En la cuarta, Jordi acababa de llegar. Miraba directamente hacia quien sostenía la cámara. No parecía sorprendido.
Parecía furioso.
La quinta mostraba a Clara con un puñado de papeles en la mano. La sexta era una mancha de roca, agua y luz.
—¿Eso es todo?
—Es todo lo que Elena me dio.
—¿Y la carta?
Marta abrió un cajón y sacó un sobre. En el frontal, con la letra de su madre:
«Para Laura. Solo cuando haya preguntado por la cala.»
Laura no lo abrió todavía.
—¿Por qué mi madre confiaba en usted?
Marta se quedó mirando el café.
—Porque en los últimos dos años de su vida empezó a tener miedo de morirse dejando la historia tal como estaba.
Nos conocimos en rehabilitación. Yo estaba recuperándome de una operación y ella iba por el tratamiento.
Al principio hablábamos de cosas normales.
Luego un día me contó que tenía una hija que había perdido parte de un verano.
—¿Le contó lo de Clara?
—Poco a poco.
—¿Le contó que era mi hermana?
Marta levantó los ojos.
—Sí.
Laura notó la punzada. Una desconocida había sabido algo que ella ignoraba.
—¿Y qué más sabía?
—Que Elena no había visto caer a Clara. Llegó después de tu golpe. Vio a Jordi y a Àlex cerca de la barca. Jordi le dijo que Clara había muerto y que tú la habías empujado. Elena creyó que, si decía lo que había visto, podía destruirte a ti también.
—Así que calló.
—Sí.
—Y luego empezó a sospechar.
—Mucho después. Cuando Daniel insistió en que Clara seguía viva después de la caída. Cuando vio que las versiones de Jordi y Àlex no encajaban. Cuando recibió esas fotos.
Dejó los ojos sobre el sobre.
—Demasiado tarde.
—Sí.
Marta no intentó salvar a Elena. Laura se lo agradeció. Abrió la carta. La primera línea decía:
«Lau: si estás leyendo esto, ya has llegado más lejos de lo que yo fui capaz.»
Laura tragó saliva y continuó.
«No sé exactamente cómo murió Clara. Esa es la verdad más vergonzosa: callé sin saber.
Vi lo suficiente para sospechar y elegí la versión que me permitía seguir respirando.
Tu padre me dijo que Clara había muerto por una pelea entre vosotras y que, si la policía seguía tirando del hilo, tú acabarías acusada de algo que ni siquiera recordabas. »
Laura dejó la carta un instante. Marta permaneció en silencio. Laura volvió al papel.
«Te protegí de una posibilidad y, al hacerlo, ayudé a protegerlo a él de la verdad. No sé si alguna vez podrás separar esas dos cosas. Yo no pude.»
Más abajo:
«Conservé la casa porque Jordi quería venderla inmediatamente.
Conservé las cartas porque me pidió que las quemara.
Conservé la tarjeta de Clara porque no pude abrirla y no quise destruir algo que quizá hablaba por ella.
Cuando aparecieron las fotos de Àlex, hice copias.
Ya no confiaba en nadie, tampoco en mí misma. »
La última página era más breve.
«Clara era hija de Jordi. Yo lo sabía desde 1994. Mercè me lo contó después de prometerme que nunca se lo diría a nadie. Tu padre juró que no volvería a verla. Yo elegí creerlo porque era más fácil que romper nuestra familia. Ese fue mi primer silencio. Los demás crecieron encima.»
Laura tuvo que parar. Marta empujó hacia ella un vaso de agua.
—Hay una última frase.
Laura la leyó.
«No era tu sangre la que tenía que proteger. Eran las dos.»
Laura dobló la carta con cuidado. Por primera vez desde que regresó a Calella, no sintió que su madre le hablara desde la muerte. Sintió algo más difícil. Que Elena había dejado de justificar su silencio justo cuando ya no podía repararlo.