La última noche de agosto CAPÍTULO 36
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CAPÍTULO 36

ELENA Laura pasó el resto del día enfadada con su madre. El enfado era más fácil que echarla de menos.

Abrió armarios, cajones y cajas con una brusquedad que no habría admitido si Elena siguiera viva. Buscaba una explicación y encontraba ropa doblada, recibos, una crema de manos casi vacía, dos gafas de lectura y pequeñas pruebas de una vida que había continuado mientras guardaba un secreto enorme.

En el fondo del escritorio apareció un cuaderno de tapas verdes. No era un diario. Elena nunca había tenido paciencia para escribir uno.

Eran notas.

Fechas. Nombres. Preguntas.

«¿Por qué Jordi insiste en vender la casa?» «Àlex cambió versión dos veces.» «Daniel oyó a Clara después de la caída.» «Mireia no me mira a los ojos.»

Laura pasó las páginas. La letra se volvía menos firme en las últimas. Una entrada de marzo de 2026:

«Han aparecido copias de fotos de aquella noche. No sé quién las envía. Jordi sale en ellas. Àlex tenía una cámara. Conservar.»

Debajo:

«Jordi dice que queme las cartas. No lo haré.»

Otra:

«He encontrado la tarjeta de la cámara de Clara. No puedo abrirla. Dani sabrá qué hacer si Laura vuelve.»

Laura cerró los ojos.

Dani.

El diminutivo la irritó de una forma absurda. Su madre había mantenido con Daniel una relación mínima pero real mientras a ella le aseguraba que aquel verano estaba enterrado.

Siguió leyendo.

«Le dije a Jordi que destruí las copias. Me creyó o fingió creerme.»

Y, unas líneas más abajo:

«No tengo el original de la cámara de Àlex. Solo copias que alguien me hizo llegar. Si vuelven a desaparecer, Marta conserva otro juego.»

Laura se quedó inmóvil.

Marta.

La mujer de la inmobiliaria. La misma que había abierto la casa antes de su llegada. Buscó su número y llamó.

—¿Marta Soler?

—Sí.

—Soy Laura Serra. La hija de Elena.

Al otro lado hubo un silencio demasiado largo para una simple relación profesional.

—Laura —dijo finalmente—. Sí. Sé quién eres.

—Mi madre escribió su nombre en un cuaderno.

Otro silencio.

—¿Qué has encontrado?

—Eso depende de lo que usted haya guardado.

Marta respiró.

—Tu madre me hizo prometer que no te llamaría.

—Mi madre ha muerto.

La frase salió más dura de lo que Laura pretendía.

—Lo sé. Estuve en el funeral.

Laura intentó recordar rostros. Gente abrazándola. Condolencias. Vasos de agua. No pudo situarla.

—¿Tiene fotografías de 2009?

—Tenía copias.

—¿Tenía?

—Una carpeta desapareció de mi despacho dos días después del funeral.

Laura sintió frío.

—¿Entraron a robar?

—No faltó dinero. No faltó ningún ordenador. Solo esa carpeta.

—¿Y no llamó a la policía?

—Elena me había dicho que, si ocurría algo, primero debía llamarte a ti. No lo hice. Me pareció una locura arrastrarte a todo esto cuando acababas de enterrarla.

—Todo el mundo decidió por mí.

Marta no se defendió.

—Sí.

La sinceridad desarmó parte de la furia.

—¿Queda algo?

—Guardé una copia digital en otro sitio. Y una carta de Elena para ti.

Laura se sentó despacio.

—¿Otra carta?

—No quiso dejarla en la casa.

—¿Por qué?

—Porque creía que Jordi podía registrar la casa cuando ella muriera.

Laura miró las notas abiertas sobre la mesa. Su madre había vivido los últimos meses distribuyendo pruebas como quien teme un incendio.

—¿Cuándo puedo verla?

Marta no dudó.

—Ahora.