CAPÍTULO 35
ÀLEX HABLA
La fotografía cambió el ritmo de la investigación.
A la mañana siguiente, Àlex llamó a Laura.
—Necesito verte.
—Habla con Vidal.
—No puedo decirle ciertas cosas por teléfono.
—Entonces ve a comisaría.
Silencio.
—Si voy allí con todo esto, se acabó mi vida.
Laura apretó el móvil.
—La de Clara se acabó hace diecisiete años.
Àlex colgó.
Dos minutos después llegó un mensaje con una dirección: un aparcamiento público en las afueras de Palafrugell, a las cuatro. Laura llamó a Vidal. La inspectora tardó menos de treinta segundos en decir que no iría sola.
—Y no voy a convertirte en un señuelo —añadió—. Si él quiere hablar, hablaremos. Tú decides si quieres estar presente, pero yo decido las condiciones.
Àlex llegó doce minutos tarde. Laura estaba sentada en un banco junto a la entrada del aparcamiento. Vidal y otro agente permanecían a pocos metros, visibles. No había trampas ni coches escondidos. Àlex los vio y estuvo a punto de marcharse.
—Te dije que necesitaba hablar contigo.
—Y yo te dije que hablaras con la policía.
—No sabes lo que haces.
—Llevo varios días descubriendo que nadie me deja saber lo que hago.
Àlex miró a Vidal.
—¿Estoy detenido?
—No —respondió ella—. Puede marcharse. También puede quedarse y pedir un abogado antes de decir nada que pueda perjudicarle.
La palabra abogado produjo el efecto contrario al que Laura esperaba. Àlex se dejó caer en el banco.
—Joder.
Vidal no dijo nada.
—La cámara era mía —admitió él finalmente.
Laura sintió que Daniel, que había esperado dentro de su coche, dejaba de moverse al otro lado del cristal.
—¿Dónde está? —preguntó Vidal.
—No lo sé.
—Piénselo bien.
—No lo sé. Desapareció esa noche.
—¿Y las fotografías?
Àlex se pasó las manos por la cara.
—Yo hacía copias en el ordenador de mis padres. Automáticas. Cada vez que conectaba la cámara. Ni siquiera sabía qué había guardado hasta meses después.
—¿Meses?
—No quise mirar. Luego un día miré.
Laura imaginó a Àlex con dieciocho años, sentado frente a una pantalla, haciendo doble clic en una carpeta que podía destruirle la vida.
—¿Qué viste?
—Más de lo que conté.
—Eso ya lo sabemos —dijo Vidal.
Àlex clavó la vista en el suelo.
—Vi llegar a Jordi. Vi a Clara enfrentarse a él. Hice fotos al principio porque era un imbécil. Pensaba que al día siguiente nos reiríamos de la discusión. Luego dejó de tener gracia.
—¿Qué pasó después de la caída? —preguntó Laura.
Àlex levantó la cabeza.
—No quiero hacerlo aquí.
—Clara tampoco quería morir allí.
Vidal levantó una mano.
—Laura.
No era un reproche. Era un límite. Àlex respiró varias veces.
—Daniel bajó primero. Tú estabas en el suelo. Mireia gritaba. Yo no sabía a quién ayudar. Jordi bajó detrás de Daniel.
—Daniel dice que Clara estaba viva.
—Sí.
La palabra cayó sin protección.
—¿La viste? —preguntó Laura.
Àlex asintió.
—La vi agarrada abajo. No sé si a un escalón de piedra o a una parte de la vieja escalera. Había agua por todas partes. Daniel intentaba llegar. Jordi le gritó que volviera contigo, que estabas sangrando. Daniel subió unos metros. Jordi se quedó con Clara.
—¿Y entonces?
Àlex cerró los ojos.
—Entonces vi a Jordi agacharse. Ella levantó una mano. Él la agarró.
Laura dejó de sentir el aparcamiento, los coches, el sol.
—¿La sacó?
Àlex abrió los ojos.
—No.
—¿Se le escapó?
El silencio respondió antes que él. Vidal habló despacio.
—Necesito que sea preciso. No que complete lo que cree que queremos oír.
Àlex tragó saliva.
—La sostuvo. Un segundo, quizá dos. Clara llegó a agarrarse al borde con la otra mano. Jordi miró hacia arriba. Me vio.
—¿Y?
—Le apartó la mano.
Laura oyó su propia respiración.
—¿Cómo?
Àlex se inclinó hacia delante, como si el cuerpo intentara hacerse más pequeño.
—Con el pie. Le pisó los dedos.
Nadie habló.
—¿Estás seguro? —preguntó Vidal.
—Sí.
—¿Por qué no lo dijo en 2009?
Àlex soltó una risa breve y rota.
—Porque tenía dieciocho años y acababa de ver a un hombre hacer eso.
Porque después me explicó exactamente cómo podía convertirnos a todos en culpables.
Porque Laura había empujado a Clara antes.
Porque Daniel había discutido con ella. Porque yo tenía la cámara.
Porque la barca era de mi familia. Porque tuve miedo.
Laura lo miró.
—Eso explica por qué callaste aquella noche.
Àlex asintió.
—No explica los diecisiete años.
Él bajó la cabeza.
—No.
Vidal llamó a un abogado de guardia después de que Àlex aceptara continuar formalmente. Antes de apartarse, Laura hizo una última pregunta.
—¿Qué ocurrió con Clara después?
Àlex palideció.
—Eso es lo que todavía no te he contado.