La última noche de agosto CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

LA SEGUNDA CÁMARA

La fotografía no era digital. Vidal pidió que la examinara fotografía forense antes de sacar conclusiones. La llamada llegó a media mañana.

Laura contempló la fotografía dentro de la funda transparente.

—Entonces no sirve.

—No he dicho eso. He dicho que una fotografía no se vuelve verdad solo porque nos convenga. Primero hay que saber de dónde sale.

Era una imagen nocturna y torcida. El flash había quemado una parte de la roca y dejado el resto casi negro. Al fondo se distinguía la pequeña construcción de pescadores de la Cala de la Figuera. A la izquierda, recortado contra el mar, aparecía Jordi. No de frente.

De perfil.

Pero era él. Laura reconocía la camisa clara que llevaba en varias fotografías de aquel verano y, más que la ropa, reconocía su postura: la cabeza ligeramente adelantada cuando discutía, una mano abierta y la otra cerrada alrededor de algo. Frente a él estaba Clara.

El rostro de la chica apenas se veía. Sí se veía su brazo extendido. Y entre los dedos de Jordi, un papel rasgado.

—Las cartas —dijo Laura.

—Probablemente —respondió Vidal—. No voy a escribir «las cartas» hasta que podamos demostrarlo.

Daniel, sentado junto a Laura, señaló el borde derecho.

—Hay otra persona.

Una silueta cortada por el encuadre. Un hombro. Parte de una camiseta oscura.

Vidal asintió.

—Y algo más.

Sacó una segunda copia ampliada. En el metal abollado de la puerta de la caseta había un reflejo pequeño y deformado. Un joven sostenía una cámara compacta delante de la cara.

Àlex.

Laura tardó unos segundos en entenderlo.

—La fotografía la hizo él.

—Parece que sí. O, al menos, esa cámara estaba en sus manos en ese momento.

—¿Qué cámara?

—No lo sabemos todavía.

Laura recordó las imágenes del grupo de 2009. Àlex aparecía a menudo con una compacta gris. Fotos mal encuadradas. Flash demasiado fuerte. Cientos de imágenes de vasos, pies, playas y gente riéndose sin mirar al objetivo.

—Una Olympus —dijo Daniel—. Gris. La llevaba siempre.

Laura lo miró.

—¿Te acuerdas de la marca?

—Me acuerdo de que se quejaba de la batería. Y de que tenía una Olympus porque decía que era mejor que la mía.

Vidal tomó nota.

—Esa cámara no figura entre los efectos recogidos en 2009.

—¿Y la de Clara?

—Es otra. La tarjeta que encontraste en la casa pertenece a la cámara de Clara, según la nota de Elena. No mezclemos las dos cosas.

Laura agradeció la precisión. Durante días todo había parecido pertenecer a una única caja cerrada. Ahora entendía que había dos cámaras, dos posibles miradas sobre aquella noche y, quizá, dos personas que habían decidido conservar cosas distintas.

—¿De dónde salió esta copia?

—Del sobre que alguien dejó en tu buzón. Sin huellas útiles. Sin matasellos. Papel fotográfico reciente.

—Alguien tiene acceso a las fotos de Àlex.

—O tuvo acceso alguna vez.

—Mireia.

—Puede ser. También Àlex. También otra persona. No voy a darte un culpable para que puedas dormir mejor.

Laura casi sonrió.

—No estoy durmiendo mejor de ninguna manera.

Vidal guardó las copias.

—Hemos ampliado la solicitud de registro. También estamos pidiendo información sobre dispositivos antiguos, copias de seguridad y ordenadores que Àlex pudiera conservar. Y necesito que no vuelvas a citarte con él por tu cuenta.

—No pensaba hacerlo.

Vidal la miró con una paciencia seca.

—Eso no es lo mismo que prometerlo.

Laura no respondió. Cuando salieron, Daniel caminó con ella hasta el coche.

—¿En qué piensas?

—En que mi madre guardó la tarjeta de Clara durante diecisiete años.

—Sí.

—Y alguien ha guardado las fotos de Àlex durante casi el mismo tiempo.

Daniel apoyó los brazos en el techo del coche.

—No necesariamente la misma persona.

—No.

Laura miró otra vez la funda transparente que Vidal ya se llevaba. Jordi frente a Clara. Un papel roto entre ambos. Àlex reflejado con la cámara. Durante diecisiete años, aquella noche había sobrevivido en fragmentos: una cinta, una tarjeta, un mensaje, una fotografía. La gente había mentido.

Los objetos, al menos, solo podían ser malinterpretados.