La última noche de agosto CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

La policía se llevó el móvil viejo de Àlex a la mañana siguiente. También fotografió la palabra del cristal y tomó muestras que probablemente no llevarían a ninguna parte. Laura ya había aprendido que la realidad policial estaba hecha de muchos «probablemente».

La inspectora Vidal, en cambio, parecía satisfecha.

—Los mensajes son lo mejor que tenemos —dijo Vidal.

—¿Mejor que el vídeo?

—El vídeo sitúa a Jordi. Los mensajes hablan de una barca y de mantener una versión. Juntos cuentan más.

—¿Van a registrar el almacén?

—Han pedido autorización.

Laura odiaba esperar. Por la tarde, el técnico de sonido envió un segundo archivo recuperado de la tercera cinta. Esta vez duró cuatro minutos. Laura decidió escucharlo sola. Se sentó en su dormitorio, cerró la puerta y se puso auriculares. Primero, Clara y Mireia.

Luego pasos.

Una puerta.

La voz joven de Laura:

—¿Qué hacéis?

Clara:

—Tengo que contarte algo.

Laura:

—Ahora no.

Clara:

—Ahora sí.

Daniel al fondo, bromeando con Àlex. Música. Clara bajó la voz.

—Jordi es mi padre.

Silencio.

Laura se oyó reír. No una risa feliz. Una risa defensiva.

—Estás fatal.

—He encontrado cartas.

—Para.

—Lau, somos hermanas.

La grabación se distorsionó. Laura adulta notó que le caían lágrimas sin haber empezado a llorar. Su voz joven:

—No metas a mi padre en tus dramas.

Clara:

—No es un drama. Pregúntaselo.

Laura:

—Vete a la mierda.

Daniel:

—Eh. Basta.

Clara:

—Tú cállate. Tú tampoco sabes nada.

Daniel:

—Entonces explícalo sin gritar.

Clara:

—Lo voy a llamar.

Mireia:

—No hagas eso.

Clara:

—Lo voy a llamar y va a venir y va a decirlo delante de Laura.

Un golpe.

Alguien cogió el aparato. La grabación cambió. Se oyeron pasos, risas nerviosas, música lejana. Después, la voz de Àlex:

—Esto va a acabar fatal.

La frase quedó sola durante varios segundos. El archivo saltaba. Siguiente fragmento: viento. Habían llevado la grabadora o la cinta a la cala. Laura oyó su propia respiración agitada.

Clara:

—Dile que es verdad.

Jordi:

—No sabes de qué estás hablando.

Clara:

—Tengo tus cartas.

Jordi:

—Dámela.

Clara:

—No.

Laura:

—Papá, ¿qué está diciendo?

Silencio.

Jordi:

—Tu madre cometió errores.

Clara gritó:

—¡No hables de mi madre como si estuviera loca!

Un sonido de forcejeo.

Daniel:

—Jordi, déjala.

La cinta se deformó en un rugido de estática. Y entonces Laura oyó una frase que hizo que se quitara los auriculares. No sabía quién la había dicho.

«No fue Laura.»

Volvió atrás.

Subió el volumen.

«No fue Laura.»

Era Mireia.

Después un golpe brutal y la grabación terminaba. Laura salió de la habitación con el teléfono en la mano. Daniel estaba abajo.

—La cinta llegó hasta la cala.

Él levantó la vista.

—¿Qué se oye?

Laura le dio el móvil.

Daniel escuchó.

Cuando terminó, se quedó sentado sin hablar.

—Mireia dice «no fue Laura».

—Sí.

—Eso significa que ya había pasado algo.

—Sí.

Laura miró hacia el jardín.

—Quiero recordar el resto.

Daniel se levantó.

—No tienes que obligarte.

—No voy a obligarme. Voy a dejar de huir.

Aquella noche, antes de dormir, Laura puso la pulsera azul y blanca en su muñeca. El nudo se cerró con dificultad. A las tres y diecisiete se despertó gritando. Recordaba la mano de su padre agarrando el brazo de Clara.