La última noche de agosto CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

EL ALMACÉN

No entraron.

Carme insistió.

—Si queréis que esto sirva para algo, no vamos a cometer un allanamiento mientras intentamos demostrar otro delito.

La puerta metálica ocupaba ahora toda su atención.

—¿Y si la barca está dentro?

—Entonces conseguiremos que la busquen con autorización.

—¿Cuánto tardará?

—No soy jueza.

La espera se convirtió en una tortura. Carme envió el material a un antiguo compañero y, menos de una hora después, Laura recibió una llamada de un número de Girona.

—Soy la inspectora Núria Vidal, de la unidad de investigación —dijo una voz serena—. Carme Borrell me ha pasado una copia del audio y de la tarjeta. Necesito que mañana venga a declarar y que, si aparece algo nuevo, me llame a mí antes de tocarlo o moverlo.

La frase tuvo un efecto extraño: por primera vez, aquello dejaba de depender de una exagente, de recuerdos privados y de personas que llevaban diecisiete años administrando silencios. Laura regresó a Calella. Daniel fue a Girona por trabajo. Nora seguía con Sergio hasta el día siguiente.

Por primera vez en días, Laura estuvo sola de verdad.

Intentó trabajar.

No pudo.

A las seis, llamaron a la puerta.

Mireia.

Laura dudó antes de abrir.

—He oído que has hablado con Carme —dijo Mireia.

—Las noticias vuelan.

—Àlex me ha llamado.

Laura la dejó entrar.

—¿Qué quería?

—Saber qué te había contado.

—¿Y qué le has dicho?

—Nada.

Laura la miró.

—¿Por qué debería creerte?

Mireia se sentó en el salón. Parecía diez años mayor que la última vez.

—Porque estoy cansada.

—Yo llevo una semana cansada. No impresiona.

—Llevo diecisiete años despertándome algunas noches oyendo a Clara gritar.

Laura guardó silencio. Mireia sacó algo del bolso. Una pulsera azul y blanca. La pareja de la que Laura había encontrado en la caja.

—Las hicimos nosotras —dijo Mireia—. Tú y Clara. Una para cada una.

Laura la tomó. Un recuerdo suave. Hilo tensado entre dedos. Clara riendo porque había hecho un nudo imposible.

—¿Por qué la tienes tú?

—Clara me la dio el treinta y uno. Dijo que se la devolviera cuando todo se arreglara.

—¿Por qué no se la diste a la policía?

Mireia empezó a llorar.

—Porque fui una cobarde.

Laura dejó la pulsera.

—Necesito algo más que eso.

—Lo sé.

Mireia sacó un móvil viejo, de botones, envuelto en una bolsa.

—Este era de Àlex.

Laura frunció el ceño.

—¿Qué haces con esto?

—En 2010 salimos unos meses. Fue una estupidez. Un día cambió de teléfono y dejó este en mi casa. Nunca volvió a pedirlo.

—¿Tiene algo?

—Mensajes.

—¿De 2009?

Mireia asintió.

—No los leí hasta mucho después.

El teléfono no encendía. Mireia había copiado los mensajes a fotografías años atrás. Abrió una carpeta en su smartphone. Un SMS de Jordi a Àlex, fechado el 1 de septiembre de 2009 a las 02:14.

«No hables de la barca. Di que volviste andando conmigo.»

Se le cerró el pecho.

Otro, 02:19.

«La chica no vio nada. Daniel está borracho. Mantente en la versión.»

Mireia deslizó.

Un mensaje de Àlex a Jordi:

«¿Y si la encuentran?»

Respuesta:

«No la encontrarán.»

Laura miró a Mireia.

—¿Por qué has esperado hasta ahora?

—Porque cuando los encontré, cinco años después, ya tenía miedo de lo que significaban. Pensé en llevarlos. Luego pensé que me preguntarían por qué había mentido. Pensé en mis padres. En mi trabajo. En todo.

—¿Y en Clara?

Mireia cerró los ojos.

—Todos los días.

Laura no la perdonó. Pero por primera vez la entendió. Llamó a la inspectora Vidal. Mientras hablaba, alguien golpeó la puerta del jardín. Las dos se giraron.

Otro golpe.

Laura encendió la luz exterior. No había nadie. En el cristal de la puerta, escrito desde fuera con algo oscuro, había una palabra.

HERMANAS.