La última noche de agosto CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

EL COCHE

El coche de Daniel no arrancó. Giró la llave dos veces. El motor intentó responder y murió.

—Batería —dijo Laura.

Daniel no parecía convencido. Abrió el capó. Laura esperó junto a la puerta.

—¿Qué?

Daniel señaló un cable.

—Esto no se ha soltado solo.

Laura sintió un escalofrío. Un conector de la batería estaba aflojado casi por completo.

—¿Es peligroso?

—Sobre todo molesto. Pero si alguien quería que no nos fuéramos rápido, funciona.

Daniel lo ajustó con una herramienta del maletero. El coche arrancó. No hablaron hasta llegar a la carretera principal.

—Àlex —dijo Laura.

—Puede.

—Mi padre.

—También.

—¿Quién más sabe de la cala?

—Medio pueblo sabe que existe. Muy poca gente sabe lo que significa para nosotros.

Mireia le vino a la cabeza. No quería concederle ni eso. Fueron directamente a casa de Carme. La exagente escuchó sin interrumpir. Cuando Laura terminó, Carme pidió ver la tarjeta de memoria y oír el audio recuperado.

—Esto cambia cosas —dijo.

—¿Lo suficiente?

—Lo suficiente para dejar de jugar a detectives. Voy a llamar a la unidad que lleva desapariciones y a entregarles una copia. A partir de ahí, yo vuelvo a ser lo que soy: una jubilada con demasiada memoria. No significa que mañana vayan a detener a nadie.

—Y han pasado diecisiete años —dijo Laura.

—No hace que una muerte así deje de importar jurídicamente —respondió Carme—. Pero una cosa es que podamos investigar y otra que podamos demostrar qué ocurrió. No confundas una puerta abierta con una condena.

—Mi padre mintió sobre estar allí.

—Eso es importante.

—Intentó hacerme creer que yo tiré a Clara.

—Eso es moralmente repugnante. Jurídicamente tendremos que ver.

La impaciencia empezó a ganarle terreno. Carme la notó.

—Los recuerdos no son pruebas perfectas, Laura. Ni los tuyos ni los de nadie. Lo que necesitamos es algo que sitúe acciones, no solo personas.

—La tercera cinta.

—Sí podemos recuperar más.

Daniel se inclinó.

—Àlex volvió mojado y estuvo con Jordi durante el tiempo que falta.

Carme lo miró.

—Eso ya lo dijiste en 2009.

—Y nadie hizo nada.

—Se hizo. Se buscó una embarcación. Se revisaron amarres. No apareció nada concluyente.

La llave 27 y la caja volvieron a su memoria.

—¿Mi madre podía haber sabido algo más?

Carme apoyó los codos en la mesa.

—Tu madre cambió su versión una vez.

Todo su cuerpo se tensó.

—¿Sobre qué?

—Al principio dijo que llegó a la casa cerca de medianoche. Después dijo que había llegado antes de las once.

—¿Por qué?

—Dijo que estaba confundida.

—¿La creíste?

Carme suspiró.

—Elena era una mujer que acababa de encontrar a su hija herida y a la hija de una amiga desaparecida. Le concedimos margen.

—¿Y mi padre?

—Jordi controlaba muy bien las conversaciones. Respondía lo justo. Era amable. Colaborador. Ese tipo de persona suele parecer más fiable de lo que es.

Recordó los cruasanes.

—¿Había una barca?

Carme se quedó inmóvil.

—Tu padre tenía acceso a una pequeña embarcación de un amigo. Se comprobó. El amigo dijo que no la había usado esa noche.

—¿Quién era el amigo?

Carme cerró la libreta.

—El padre de Àlex.

Laura y Daniel se miraron.

—¿Dónde está ahora? —preguntó Laura.

—Murió hace seis años.

—¿Y la barca?

—No tengo ni idea.

Carme se levantó.

—Pero sé quién puede tenerla.

Carme buscó en una vieja libreta y les dio una dirección.

—No entréis —advirtió—. Mirar una fachada desde la calle no invalida una prueba. Forzar una puerta, sí.

Veinte minutos después, Laura y Daniel estaban frente a un almacén cerca de Palafrugell. En la puerta, un rótulo de ROVIRA SERVEIS IMMOBILIARIS. Àlex había heredado algo más que el negocio de su padre.