CAPÍTULO 27
LA CALA DE LA FIGUERA
Laura fue a la cala al día siguiente. Nora estaba con Sergio, que había venido a buscarla después de la llamada anónima sin aceptar discusión. Esta vez Laura tampoco discutió. Daniel condujo hasta un punto donde dejaron el coche. Luego caminaron.
El sendero se separaba del tramo más transitado del camino de ronda y descendía entre pinos y matorral.
La Cala de la Figuera no aparecía en los folletos turísticos.
El nombre, explicó Daniel, era local y no siempre se usaba.
Era una hendidura estrecha en la costa, con rocas en lugar de arena y restos de una antigua escalera de pescadores.
Laura sintió el primer golpe de reconocimiento antes de verla. Un pino torcido. Una piedra blanca. El olor de las algas secas.
—He estado aquí —dijo.
Daniel no respondió.
Bajaron despacio.
El mar estaba tranquilo, pero el agua golpeaba las rocas con un sonido hueco. Laura se detuvo a mitad. Piedras húmedas bajo los pies. Una luz moviéndose sobre el agua.
Frío.
La memoria no llegaba como una película. Llegaba como cristales rotos.
Clara gritando.
«¡No soy yo la que ha mentido!»
Laura adolescente:
«¡Deja a mi padre fuera de esto!»
El destello desapareció.
—Respira —dijo Daniel.
—Estoy respirando.
—No mucho.
Laura se obligó a llenar los pulmones.
Llegaron abajo.
Daniel señaló una repisa de roca a pocos metros del agua.
—Te encontré ahí.
Laura la miró.
—¿Sangrando?
—Sí.
—¿Y Clara?
Daniel señaló el agua, hacia la derecha.
—La oí desde allí.
Había una vieja pieza metálica incrustada en la roca, resto de una escalera o amarre. Laura se acercó.
—¿Podía agarrarse?
—Eso creo.
—Entonces, ¿por qué desapareció en los minutos que tardaste en subir?
Daniel no respondió. Laura recorrió la cala con la vista. Había una salida lateral hacia una plataforma más alta. Desde allí se podía acceder a una pequeña zona donde una embarcación ligera podría acercarse con mar calmado.
—Àlex volvió mojado —dijo.
—Sí.
—Y mi padre llamó horas después.
—Sí.
—Si Clara se hubiera ahogado sin más, habrían pedido ayuda inmediatamente.
Daniel cerró los ojos.
—Eso pensé durante diecisiete años.
Laura caminó hasta la repisa. El miedo a no ver el fondo seguía ahí. El agua se oscurecía a pocos metros. Un recuerdo explotó. Clara estaba frente a ella.
—Somos hermanas, Lau.
—Cállate.
—Pregúntaselo.
—¡Cállate!
Laura la empujaba con ambas manos.
Clara retrocedía.
Un paso.
Dos.
Pero no caía.
Se estabilizaba.
Daniel se interponía.
—¡Basta las dos!
Después faros entre los árboles.
Jordi bajando.
La memoria se cortó. Laura abrió los ojos. Estaba de rodillas. Daniel la sujetaba por los hombros.
—¿Qué has visto?
—No la tiré.
—Te lo dije.
—No la tiré.
Laura empezó a llorar. No de alivio.
De rabia.
Su padre había entrado en su casa, se había sentado frente a ella y había intentado colocarle una muerte encima. Daniel la abrazó. Laura no se apartó. Durante unos segundos apoyó la frente contra su pecho. Olía a jabón y sal. Algo dentro de ella reconoció también eso.
Cuando levantó la cara estaban demasiado cerca. Daniel no se movió.
Laura tampoco.
El beso fue breve. No romántico de la forma en que había imaginado que sería recuperar un beso perdido. Fue torpe, triste y lleno de una historia que solo uno de los dos recordaba. Laura se apartó primero.
—No sé si te he besado a ti o a alguien de hace diecisiete años.
Daniel asintió.
—Yo tampoco.
Eso le gustó más que cualquier respuesta bonita. Subieron en silencio. Casi al llegar al sendero, Daniel se detuvo. En la tierra, junto a un pino, había una colilla reciente. Ninguno de los dos fumaba.
Al lado, parcialmente marcada en el polvo, se veía la huella de un zapato. Alguien había estado observándolos desde arriba.