La última noche de agosto CAPÍTULO 26
46%

CAPÍTULO 26

LA CARTA QUE FALTABA

Laura corrió hasta la calle. El coche de Jordi ya doblaba la esquina.

Lo llamó.

No contestó.

Revisó las cartas tres veces. Faltaba una escrita por Mercè en agosto de 2009. No era la más reveladora. Laura la había leído la noche anterior: Mercè pedía a Jordi que hablara con Clara antes de que «se enterara por otro». Mencionaba que su hija sospechaba algo.

¿Por qué robar esa y no las que reconocían directamente la paternidad? Porque quizá contenía algo que Laura no había entendido. Buscó las fotografías que había hecho con el móvil al ordenar el paquete. Había fotografiado cada carta. Abrió la imagen. La leyó despacio.

«No puedes seguir evitándola. Clara ya ha preguntado por la casa y por las vacaciones de cuando eran pequeñas. Sabe que Elena y yo nos conocíamos antes de lo que le contamos. Si te pregunta por el verano del 96, no vuelvas a mentirle.»

Verano del 96. Laura tenía cuatro años. Clara también. No recordaba nada. Llamó a Mireia.

—¿Te suena el verano del 96?

—Teníamos cuatro años, Laura.

—¿Clara hablaba de eso en 2009?

—No conmigo.

Daniel llegó con Nora poco después. Laura le contó la conversación con Jordi.

—Dice que yo empujé a Clara y que por eso cayó.

Daniel se quedó quieto.

—No.

—Tú no viste el instante.

—Vi la discusión. La empujaste una vez. Clara dio dos pasos atrás y volvió hacia ti. Eso fue antes de que llegara Jordi.

—¿Estás seguro?

—Sí.

—Diecisiete años.

—Hay cosas que se desgastan. Esa no.

Laura se sentó.

—¿Y si estás equivocado?

Daniel se agachó frente a ella.

—Entonces estamos equivocados los dos. Porque Mireia te ha dicho lo mismo.

—Mireia mintió a la policía.

—Por miedo.

—Tú también me ocultaste la llave.

Daniel se incorporó.

—No conviertas todas las mentiras en iguales.

La frase la enfureció porque tenía razón.

—¿Qué carta falta? —preguntó.

Laura se la enseñó en el teléfono.

Daniel leyó.

—¿Qué pasó en el 96?

—No lo sé.

Nora entró en el salón con una bolsa de conchas.

—Daniel dice que no puedo quedármelas todas porque algunas tienen bichos.

—Daniel tiene razón.

—Eso decís los adultos cuando os hace gracia molestar.

Laura sonrió a pesar de todo. Nora vació las conchas sobre una bandeja. Una era larga, rota, con una línea violeta.

—Esta parece una oreja —dijo.

Laura la cogió. Un recuerdo llegó sin aviso. Dos niñas de cuatro años sentadas en la arena. Una mujer morena fumando. Elena extendiendo crema solar sobre la espalda de Laura.

Clara diciendo:

—Mi papá también se llama Jordi.

Laura se llevó la mano a la boca. La imagen duró un segundo.

—¿Mamá?

—Estoy bien.

No lo estaba. Fue al jardín. Daniel la siguió.

—He recordado a Clara de pequeña.

—Eso es bueno.

—dijo que su padre también se llamaba Jordi.

Daniel frunció el ceño.

—¿Sabía quién era?

—No lo sé. Quizá Mercè le dijo que tenía un padre llamado Jordi sin decir cuál.

Se quedó observando las buganvillas.

—Mi madre y Mercè nos juntaban cuando éramos niñas.

—Por eso la carta habla del 96.

—Mi padre no quería que Clara conectara los puntos.

El teléfono de Laura sonó.

Número oculto.

Contestó.

Nadie habló.

—¿Hola?

Respiración.

Después una voz distorsionada, probablemente por una aplicación.

—La próxima vez no faltará una carta.

Laura se quedó helada.

—¿Quién eres?

—Vende la casa.

La llamada terminó. Daniel había visto su cara.

—¿Qué ha dicho?

Laura guardó el teléfono.

—Que la próxima vez faltará algo más.