CAPÍTULO 25
Clara también.
En la primera fotografía estaban sentadas sobre una toalla, comiendo sandía. En la segunda construían una montaña de arena. En la tercera aparecían Elena y Mercè detrás, jóvenes, mirándolas. Jordi no aparecía. Hasta la página siguiente.
Una foto tomada desde lejos lo mostraba agachado junto a Clara, atándole un zapato. El gesto era paternal sin poder demostrar nada. Laura pasó otra página.
Jordi sostenía a las dos niñas, una en cada brazo, mientras Elena hacía la foto. En el reverso alguien había escrito:
«Las dos fieras con Jordi.»
Laura se sentó en el suelo. No era una prueba nueva. Las cartas ya habían dicho la verdad. Pero ver a su padre con ambas hijas en brazos hizo que la mentira adquiriera cuerpo.
Daniel entró.
—¿Qué has encontrado?
Laura le enseñó la foto.
—Él sabía. Las miraba a las dos y sabía.
Daniel se sentó a su lado.
—Sí.
—Mi madre también.
—Sí.
—Y Mercè.
—Sí.
Laura cerró el álbum.
—Todos los adultos de esa foto sabían quién era Clara menos Clara y yo.
Daniel no intentó defenderlos. Encontraron más fotos. Cumpleaños compartidos. Una excursión. Dos veranos seguidos. Luego, de repente, nada hasta que Laura y Clara volvían a aparecer juntas a los catorce.
—¿Por qué dejaron de vernos? —preguntó Laura.
En una carpeta de recibos encontró la respuesta parcial. Una carta de Jordi a Elena, sin sobre.
«No quiero que vuelvas a llevar a Laura con Mercè. Las niñas ya preguntan demasiado.»
El asco llegó de golpe.
—Las separó.
—Lo intentó —dijo Daniel.
—Y luego nos hicimos amigas otra vez sin saberlo.
Había algo casi insolente en eso. Como si la verdad hubiera encontrado su propio camino a pesar de ellos. Laura sonrió por primera vez al mirar una foto de Clara.
—Le salió mal.
Daniel la miró.
—¿A Jordi?
—Sí. Quiso que no fuéramos hermanas y acabamos eligiéndonos como amigas.
Aquella idea no reparaba nada. Pero le devolvía a Clara una pequeña victoria.