CAPÍTULO 24
JORDI Jordi llegó a las diez de la mañana en un coche de alquiler negro. Laura lo vio desde la ventana del salón.
A sus sesenta y cuatro años seguía siendo un hombre que entraba en los sitios como si le pertenecieran. Alto, pelo gris cuidado, camisa blanca sin corbata. Llevaba gafas de sol y una bolsa de una pastelería. Nora corrió hacia la puerta.
—¡Abuelo!
Laura llegó antes.
—Espera.
Abrió.
Jordi sonrió a Nora.
—He traído cruasanes.
—Mamá dice que los buenos son los que tienen mucha mantequilla.
—Tu madre ha aprendido algo en la vida.
Jordi besó a su nieta y después miró a Laura.
—Hola.
—Hola.
No se abrazaron.
Laura había decidido que no hablaría delante de Nora.
Desayunaron. Jordi contó una historia sobre un aeropuerto.
Nora le enseñó su habitación. Durante cuarenta minutos representaron una familia normal con tanta eficacia que Laura empezó a comprender cómo se puede vivir diecisiete años dentro de una mentira.
A las once, Daniel recogió a Nora con la excusa de llevarla a ver unas barcas. Jordi los vio desde la ventana.
—No me gusta que este hombre esté cerca de ella.
Laura cerró la puerta.
—No tienes voto.
—Soy su abuelo.
—Y yo soy su madre.
Jordi se giró.
—¿Qué quieres saber?
Laura colocó sobre la mesa copias de las cartas. Por primera vez desde que había llegado, su padre perdió el control de la expresión.
No mucho.
Suficiente.
—¿Dónde estaban?
—En la casa.
Jordi hojeó una.
—Tu madre no tenía derecho a guardarlas.
—¿Clara era hija tuya?
Jordi dejó el papel.
—Es complicado.
—No. Es biológicamente bastante sencillo.
—Nunca hubo una prueba.
—¿Tú creías que lo era?
Jordi miró hacia el jardín.
—Sí.
La palabra fue pequeña. Laura había imaginado negaciones, excusas, incluso un grito. La admisión directa la desarmó.
—Entonces Clara era mi hermana.
—Probablemente.
—No vuelvas a decir probablemente.
Jordi la miró.
—Sí. Clara era tu hermana.
Le ardieron los ojos.
—Y me dejasteis vivir sin saberlo.
—Éramos jóvenes.
—Teníamos diecisiete años cuando desapareció.
—Y mira lo que pasó cuando lo supo ella.
Laura se quedó inmóvil.
—¿Qué quieres decir?
Jordi se dio cuenta de su error.
—Quiero decir que Mercè debió contárselo antes, de otra manera. Clara lo encontró de golpe. Estaba alterada.
—Tengo una grabación.
Jordi no se movió.
—¿De qué?
—De Clara. Dice que sabe que eres su padre y que tú sabes que tiene las cartas.
—Eso no prueba nada sobre su desaparición.
—También tengo un vídeo tuyo en la cala.
El rostro de Jordi se vació. Laura sintió miedo por primera vez desde que había entrado. No miedo al padre que conocía. Miedo a un hombre que acababa de quedarse sin una versión preparada.
—Dijiste que no estuviste allí.
Jordi se sentó.
—Fui.
—¿Cuándo pensabas contarme esa parte?
—Cuando dejaras de tratar cada omisión como un crimen.
Laura soltó una risa incrédula.
—Una chica desapareció.
—Clara cayó al mar.
La frase fue tan directa que el suelo pareció hundirse bajo sus pies.
—¿La viste caer?
Jordi miró sus manos.
—Sí.
—¿Cómo?
—Discutíais. Tú la empujaste.
Laura se quedó sin aire. Mireia había dicho que el empujón no la hizo caer.
—Mientes.
—Ojalá.
—Mireia estaba allí.
—Mireia era una niña aterrada.
—Yo también.
Jordi levantó la vista.
—Tú no recuerdas nada.
La crueldad no estaba en las palabras. Estaba en que eran ciertas.
—¿Cayó cuando la empujé?
Jordi tardó.
—Perdió el equilibrio. Tú fuiste detrás. Te golpeaste. Daniel bajó al agua. Fue un caos.
—Daniel dice que Clara seguía viva.
—Daniel había bebido.
—¿Tú también?
—No.
—¿Àlex?
Jordi se puso rígido.
—Àlex intentó ayudar.
—Volvió mojado.
—Todos nos mojamos.
—¿Por qué tardasteis horas en llamar a emergencias?
Jordi se levantó.
—No fueron horas.
—Carme Borrell dice que sí.
Ahora sí hubo miedo en sus ojos. Laura lo vio.
—¿Qué hicisteis tú y Àlex mientras Mireia subía conmigo?
—Buscar a Clara.
—¿Dónde?
—En la costa.
—¿En una barca?
Jordi no respondió. El silencio la atravesó.
—¿Usasteis una barca?
—No.
Demasiado tarde.
—Vete.
—Laura, escúchame. Tu madre y yo intentamos protegerte porque eras responsable en parte de lo que pasó.
Ella lo miró.
—¿Me estás diciendo que maté a Clara?
Jordi dio un paso hacia ella.
—Te estoy diciendo que hay verdades que no arreglan nada cuando salen a la luz.
—Vete de mi casa.
—Esta casa es la razón por la que tu madre nunca pudo cerrar aquello.
—Vete.
Jordi cogió las gafas de la mesa. Antes de salir, se detuvo.
—Daniel no es quien crees.
Laura rió sin humor.
—Ni tú.
Cerró la puerta tras él. Solo entonces vio que la mano le temblaba. En la mesa, entre las cartas, faltaba una.