CAPÍTULO 23
RECUPERAR UNA VOZ
La cinta no se podía reproducir. Eso dijo el técnico después de mirarla durante menos de un minuto.
—Se puede intentar recuperar, pero meterla en un radiocasete ahora sería cargársela.
Laura había encontrado un pequeño estudio de sonido en Girona que digitalizaba grabaciones antiguas.
Daniel los llevó a primera hora del lunes.
Nora estaba en el colegio improvisado de esos días: una actividad de mañana en Palafrugell y una carpeta de deberes que su tutora de Barcelona enviaba por correo.
—¿Cuánto tardarás? —preguntó Laura.
El técnico miró la cinta, luego a ella.
—No te prometo nada. La carcasa está deformada. La cinta parece haber estado húmeda y haberse secado después. Si el soporte magnético se ha desprendido, no hay milagro.
—No necesito un milagro. Necesito dieciocho minutos.
Daniel la miró.
—No sabes cuánto dura.
—Entonces necesito lo que haya.
Dejaron la cinta. En el coche de vuelta, Laura recibió un mensaje de su padre.
«Tenemos que hablar. Voy mañana.»
No preguntaba si podía.
—Viene Jordi —dijo.
Daniel apretó el volante.
—No lo recibas sola.
—No pensaba hacerlo.
—Puedo estar.
—Eso convertiría la conversación en una pelea antes de empezar.
—Puede que ya sea una pelea.
Fuera de la ventanilla pasaban campos, rotondas y un cielo limpio.
—Quiero oírlo mentir sin que tenga a quien culpar delante.
Daniel no insistió. A media tarde, Laura recibió otro mensaje. Esta vez de Àlex.
«Me he enterado de que alguien entró en la casa. Si necesitas que te busque una alarma, conozco gente.»
Laura se lo enseñó a Daniel.
—No le contaste lo de la entrada —dijo él.
—No.
—La policía pudo hablar con alguien.
—O mi padre.
—O quien entró.
Laura escribió: «Gracias. Ya está resuelto.» Àlex respondió con un pulgar arriba.
Nada amenazante.
Eso era casi peor. Por la noche, después de acostar a Nora, Laura sacó las cartas de la caja metálica y las ordenó por fecha.
Mercè y Jordi habían mantenido una relación intermitente desde 1988 hasta al menos 1993. Algunas cartas eran apasionadas. Otras hostiles. Había una en la que Mercè exigía dinero para Clara y otra donde Jordi prometía «ocuparse» sin reconocer legalmente nada. Elena conocía la relación.
Una carta suya a Mercè, fechada en 1994, era corta.
«No voy a pedirte que desaparezcas. No eres tú quien me debe nada. Pero no permitas que Jordi convierta a las niñas en parte de esto.»
Las niñas.
Laura y Clara. Su madre había sabido desde que eran pequeñas que compartían padre. Y, aun así, las había dejado hacerse amigas. O quizá por eso.
Laura intentó recordar a Mercè. Una mujer de voz ronca. Perfume de limón. Un cigarrillo entre los dedos. Había muerto en 2018, según encontró en internet, de una enfermedad breve. Nunca había hablado públicamente de la desaparición de su hija después de los primeros años.
En una noticia de 2009, Mercè aparecía junto a Jordi durante una búsqueda. Laura amplió la foto. Su madre estaba unos metros detrás. Tres adultos unidos por una verdad que la prensa no conocía. El teléfono vibró a las once y cuarenta. El técnico de sonido.
«He podido sacar algo. No está limpio. Te envío un fragmento porque creo que querrás oírlo cuanto antes.»
Laura se puso auriculares. Daniel, que estaba sentado al otro lado de la mesa revisando unos planos, la miró.
—¿Qué pasa?
Laura pulsó el archivo.
Ruido.
Un siseo irregular. La voz de Clara apareció como si hablara desde debajo del agua.
«…si pasa algo esta noche… Daniel no… no tiene nada que ver.»
Estática.
«Las cartas son de mi madre. Jordi sabe que las tengo.»
Un golpe.
Una voz al fondo.
Más ruido.
Clara, más cerca:
«Laura tiene derecho a saber que somos hermanas.»
Laura se quitó un auricular. Daniel estaba pálido.
—Sigue —dijo.
Laura continuó.
La grabación saltó.
«…si me pasa algo, no digáis que me fui. Yo no me voy.»
Después silencio.
Laura cerró los ojos. La frase de la fotografía. No era una ocurrencia aislada. Clara la había repetido. Porque ya tenía miedo. El archivo terminaba con tres segundos casi ininteligibles. Laura aumentó el volumen. Una voz masculina.
Lejana.
Pero esta vez sí la reconoció. Su padre decía:
—Clara, dame esas cartas.