CAPÍTULO 22
LA NOCHE DE LAS HABANERAS
La tercera cinta permaneció en el estudio de Girona. Sin ella, Laura buscó memoria en otros sitios.
Una tarde bajó con Nora y Daniel hasta Port Bo. No había ninguna cantada de habaneras multitudinaria ni escenario. Solo una guitarra en una terraza y un hombre mayor tarareando mientras recogía mesas. La melodía bastó. Laura se detuvo.
—Clara cantaba fatal —dijo.
Daniel sonrió.
—Eso sí lo recuerdas.
—Inventaba letras.
—Cuando no sabía una palabra, ponía otra que rimara.
Laura vio un fragmento. Clara sentada en la arena, piernas cruzadas, cantando demasiado alto. Àlex golpeando una caja de madera como si fuera un cajón. Mireia riéndose. Daniel mirando a Laura.
—¿Fue antes del treinta y uno?
—El veintinueve.
Laura cerró los ojos. Clara terminaba una canción y se dejaba caer hacia atrás.
—Cuando sea vieja voy a vivir aquí —decía.
Àlex se reía.
—Con treinta ya serás vieja.
Clara le tiraba arena. Laura recordó su propia voz.
—Tú no llegas a treinta si sigues diciendo tonterías.
El recuerdo se rompió con una crueldad involuntaria. Clara no había llegado. Nora tiraba piedras pequeñas cerca del agua. Laura caminó hasta ella.
—No las tires donde haya gente.
—No hay nadie.
—Entonces bien.
Daniel se quedó unos pasos atrás. Laura agradeció que supiera cuando no acercarse. Se sentaron en la arena.
—¿Por qué estás triste otra vez? —preguntó Nora.
—Porque me he acordado de Clara.
—¿Era graciosa?
La canción inventada volvió a su cabeza.
—Mucho.
—Entonces puedes estar triste y reírte.
—Parece que sí.
Nora cogió una piedra y la puso en la mano de Laura.
—Esta no la tires.
Era blanca, lisa, sin forma especial.
—¿Por qué?
—Porque te la regalo.
Laura la guardó en el bolsillo. Más tarde, cuando subieron hacia la casa, Daniel se acercó.
—¿Qué has recordado?
—El veintinueve. Clara dijo que cuando fuera vieja viviría aquí.
Daniel bajó la mirada.
—Sí.
—¿Tú también lo recordabas?
—Sí.
Laura sintió una punzada de rabia injusta.
—Podrías haberme contado todo esto.
—Podría haberte contado mi versión. No habría sido lo mismo.
Entendió la diferencia.
Tenía razón.
Recordar el sonido de la voz de Clara no era recibir una descripción. Era recuperar un pedazo de persona. Aquella noche dejó la piedra blanca junto a la fotografía. No como altar. Como prueba de un día normal.