La última noche de agosto CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

NO FUE DANIEL

Laura envió una copia de toda la tarjeta a tres sitios distintos. A una memoria USB. A una carpeta cifrada en la nube. A Sergio. No le explicó el contenido. Solo le dijo que no borrara el enlace.

—Ahora sí me estás preocupando —respondió él.

—Lo sé.

—¿Nora está bien?

—Perfectamente.

—¿Y tú?

En el fotograma congelado, su padre seguía inmóvil en la cala.

—Todavía no lo sé.

Aquella tarde dejó a Nora con Daniel durante veinte minutos mientras iba a la farmacia. Se dio cuenta de lo que había hecho cuando estaba a mitad de camino. Dos días antes le había dicho que no se acercara a su hija.

Ahora Nora le estaba explicando cómo funcionaban los dragones imaginarios de un dibujo. Laura se detuvo en la acera.

No volvió.

En la farmacia compró paracetamol y, al salir, se encontró a Mireia. Mireia llevaba una bolsa de pan y se quedó pálida al verla.

—Tenemos que hablar —dijo Laura.

—Estoy trabajando.

—Son las seis y media.

—Tengo cosas.

Laura sacó el teléfono y le enseñó el fotograma. Mireia dejó de respirar.

—¿De dónde has sacado eso?

—De una tarjeta que mi madre guardó durante diecisiete años.

Mireia miró alrededor.

—No aquí.

Caminaron hasta una calle lateral.

—Dijiste que no recordabas haber visto a mi padre en la cala.

Mireia se abrazó a sí misma.

—No quería entrar otra vez en esto.

—Yo tampoco. Pero resulta que nunca salí.

Mireia cerró los ojos.

—Sí. Estaba allí.

Laura notó que la respuesta, por esperada que fuera, le golpeaba.

—¿Qué pasó?

—No lo vi todo.

—Dime lo que viste.

—Clara estaba enfadada. Había bebido un poco, todos habíamos bebido, pero estaba bien. Quería que Jordi admitiera algo. Tú llorabas. Daniel intentaba que os fuerais.

—¿Àlex?

—Conmigo.

—¿Mi padre llegó después?

Mireia asintió.

—Clara lo había llamado desde la casa. No lo sabíamos.

—¿Qué le dijo?

—Que tenía cartas. Que sabía la verdad.

Se le cerró la garganta.

—¿Oíste que era su padre?

—Sí.

—¿Y yo?

—Tú también.

—¿Cómo reaccioné?

Mireia apartó la mirada.

—Mal.

—Define mal.

—Le dijiste que estaba mintiendo. Que quería hacer daño a tu madre. Que siempre necesitaba que todo girara a su alrededor.

Laura recibió cada frase como una bofetada.

—¿Le hice algo?

Mireia no respondió.

—Mireia.

—La empujaste.

El mundo pareció vaciarse de sonido.

—¿Qué?

—No fue… no fue como piensas. La apartaste. Estabais discutiendo. Ella volvió hacia ti. Daniel se puso en medio.

—¿Cayó?

Mireia se llevó una mano a la boca.

—No entonces.

Laura tuvo que apoyarse en la pared.

—¿Cuándo cayó?

—No lo vi.

—Mientes.

—Me fui unos metros con Àlex porque él quería volver a la casa. Oímos gritos. Cuando regresamos, tú estabas en el suelo y Daniel bajaba por las rocas.

—¿Y mi padre?

—Estaba allí.

—¿Y Clara?

Mireia empezó a llorar.

—No la vi.

Laura notó que algo dentro de su cabeza buscaba una imagen.

Piedras húmedas.

Una luz sobre el agua.

Frío.

—¿Por qué mentiste a la policía?

Mireia se limpió la cara.

—Porque Jordi nos dijo que si contábamos que habíais estado bebiendo en una cala de noche, que tú habías empujado a Clara y que Daniel había discutido con ella, os destrozarían. A ti, a Daniel, a todos. Dijo que él se encargaría. Yo tenía dieciocho años. Estaba aterrada.

—¿Y Àlex?

Mireia bajó la voz.

—Àlex se quedó con Jordi cuando yo subí contigo.

Laura la miró.

—¿Cuánto tiempo?

—No lo sé. Mucho.

—¿Volvió mojado?

Mireia cerró los ojos. Aquello fue respuesta suficiente. Laura recordó la segunda cinta.

—Hay una grabación del treinta y uno.

Mireia palideció.

—¿Qué dice?

—Clara dice que va a contarme algo. Y hay una voz de hombre.

Mireia negó.

—Eso no es lo importante.

—¿Qué es lo importante?

Mireia la miró con miedo auténtico.

—Antes de bajar a la cala, Clara grabó otra cosa.

—¿Qué?

—Estábamos en tu habitación. Ella hablaba como si estuviera dejando un testamento. Se rió de eso. Yo le dije que parara.

—¿Qué dijo?

Mireia tragó saliva.

—Dijo: «Si esta noche pasa algo, no fue Daniel».

Laura se quedó inmóvil.

—¿Por qué diría eso?

—Porque ya sabía de quién tenía miedo.