CAPÍTULO 19
VEINTITRÉS DE AGOSTO
No dolor.
Calor.
Sol en los hombros. Una sandalia rozando una ampolla. Daniel joven riéndose.
—Te dije que esas sandalias eran una mierda.
—Como vuelvas a decirlo te tiro por el acantilado.
—Romántica.
Laura de diecisiete años se sentaba en una piedra y se quitaba el calzado.
—No puedo andar más.
—Hace diez minutos dijiste que llegarías hasta Francia.
—He revisado mis objetivos.
Daniel le daba una botella de agua.
Laura bebía.
Después el recuerdo cambiaba de lugar. Una vista enorme del Mediterráneo desde arriba. Viento. Un bocadillo envuelto en papel de aluminio. Daniel acostado con la cabeza sobre la mochila.
—¿Qué harás cuando acabe el verano? —preguntaba Laura.
—Volver a Girona.
—Respuesta aburrida.
—¿Tú?
—Barcelona. Universidad. Ser adulta de golpe, supongo.
—No funciona así.
—Tú tienes veinte. Eres prácticamente anciano.
—Gracias.
Laura se reía. Luego una frase que no esperaba.
—No quiero que esto sea solo verano.
Daniel dejaba de sonreír.
—Yo tampoco.
El recuerdo terminó. Laura regresó a la cocina con las manos sobre el teclado. Daniel estaba en el jardín con Nora.
Lo llamó.
Cuando entró, Laura le enseñó la fotografía de los pies.
—He recordado.
Daniel se quedó quieto.
—¿Qué?
—Sant Sebastià. El bocadillo. Mis sandalias.
Él sonrió.
—Eran horribles.
Laura empezó a llorar y reír a la vez.
—Te odio.
Daniel no se acercó hasta que ella extendió la mano. Entonces la abrazó.
—¿Qué más? —preguntó.
—Dije que no quería que fueras solo verano.
Daniel dejó de respirar un instante.
—Sí.
—¿Y tú dijiste que tampoco?
—Sí.
Laura cerró los ojos.
—Eso explica la foto.
—Una parte.
—¿Qué parte falta?
Daniel se apartó lo justo para mirarla.
—Que aquella tarde te pedí que vinieras a Girona el fin de semana siguiente.
Laura sonrió.
—¿Iba a ir?
—Dijiste que sí.
La respuesta le dolió de una forma inesperada. Un futuro pequeño que nunca ocurrió. No una vida entera. No matrimonio, hijos, promesas. Solo un fin de semana en Girona que había desaparecido junto con Clara. Laura comprendió que el duelo también podía ser por cosas diminutas.
—¿Sabes qué es raro? —dijo—. Recordarlo no hace que vuelva a tener diecisiete.
—Menos mal.
—¿Por qué?
—Eras agotadora.
Laura le dio un golpe en el brazo. Desde el jardín Nora gritó:
—¡No os peguéis!
Los dos rieron.