La última noche de agosto CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

LA TARJETA

La tarjeta era una SD de dos gigas. En el papel de Elena había una aclaración que Laura no había reparado en leer: «De la cámara de Clara». Daniel tenía un lector en casa. Laura no quiso esperar.

Fueron a una tienda de informática de Palafrugell mientras Nora comía un helado y hacía preguntas sobre por qué los ordenadores necesitaban tarjetas si no jugaban a nada. El adaptador costó nueve euros. Laura habría pagado novecientos. En casa, insertó la tarjeta en el portátil.

El sistema tardó unos segundos. Apareció una carpeta.

DCIM.

Dentro, ciento ochenta y tres archivos. Las primeras fotos eran de julio de 2009. Calella. Clara. Mireia. Àlex. Laura. Su madre. Comidas. Playas. Una visita a Cap Roig. Un gato naranja dormido sobre el capó de un coche.

Laura avanzó.

Agosto.

Su cara empezó a cambiar en las fotos.

No físicamente.

Daniel apareció.

Primero lejos, sentado con Àlex en una terraza. Después en la playa. Luego junto a Laura, ambos riendo, la cabeza de ella apoyada en su hombro. Nora se asomó.

—Es el señor Daniel.

Laura cerró parcialmente la pantalla.

—Sí.

—Estabas muy joven.

—Gracias.

—Él también.

Daniel, desde la cocina, dijo:

—Gracias a ti también.

Laura continuó.

Fotos del 27. Del 28. Del 29. El 30 había pocas. El 31, doce. La primera era la fotografía de grupo que Laura había encontrado impresa.

Archivo: IMG_0831_1842.

Hora 18:42.

La siguiente mostraba a Clara sola, seria, sentada en la terraza.

18:47.

Luego una fotografía movida de Àlex.

19:03.

Una de Laura y Daniel besándose.

19:11.

Laura detuvo el cursor. No era un beso casual. Daniel tenía una mano en su cara. Ella lo sujetaba de la camiseta. El recuerdo seguía sin llegar. Pero la tristeza sí. Pasó a la siguiente. Un coche aparcado frente a la casa. Un Volvo oscuro.

Laura conocía ese coche. Su padre había tenido uno. La hora: 20:16. Daniel se acercó.

—Ese es Jordi.

—Dijo que estaba en la casa aquel fin de semana. Esto no prueba nada.

La siguiente fotografía era del cielo. La siguiente, una mesa con vasos. La siguiente, Clara de espaldas entrando en el pasillo. Después había un salto.

22:38.

Una imagen casi negra. Rocas. Un destello de flash sobre vegetación baja. Se le heló la espalda.

—La cala —dijo Daniel.

—¿Estás seguro?

—Sí.

Siguiente.

22:39.

Una figura borrosa al fondo.

Siguiente.

22:39.

Dos figuras.

Laura amplió.

Una parecía Clara. La otra era un hombre mayor. No se veía la cara. Llevaba una camisa clara.

Siguiente.

El archivo estaba corrupto.

Siguiente.

Negro.

Siguiente.

23:07.

Una imagen inclinada del suelo. Una zapatilla. Una mancha oscura. Laura se llevó los dedos a la sien.

Dolor fantasma.

—Para —dijo Daniel.

—No.

—Laura.

—No.

El último archivo no era una fotografía.

Vídeo.

Duración: 00:17.

Laura y Daniel se miraron. Ella pulsó reproducir. La imagen mostraba oscuridad y una línea de roca iluminada de forma errática. Se oían voces, viento y mar.

Clara:

—…decírselo.

Una voz masculina:

—Baja la voz.

Clara:

—No me vuelvas a decir lo que tengo que hacer.

La cámara giró. Durante menos de un segundo apareció un perfil.

Jordi.

Laura pulsó pausa. La imagen quedó congelada. Su padre, diecisiete años más joven, mirando hacia alguien fuera de cuadro. Nora dijo desde detrás:

—Ese es el abuelo.

Laura cerró el portátil.

Demasiado tarde.

Nora la miró.

—¿Por qué está ahí?

Laura no supo responder.

Daniel sí.

—Porque a veces los adultos también olvidan contar cosas.

Nora pensó.

—Pues eso está mal.

Laura miró la pantalla cerrada.

—Sí —dijo—. Está muy mal.