La última noche de agosto CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

LAS CARTAS

—He encontrado un tesoro.

Laura levantó la cabeza.

—¿Dónde estabas?

—En el armario de la abuela.

—Te he dicho que no saques cosas sin preguntar.

—No la he sacado. Estaba dentro de otra caja.

Laura miró el objeto. Era una caja de caudales portátil, gris, con una cerradura diminuta. En una esquina había una pegatina vieja.

27.

Laura cerró el portátil.

—Nora, ven.

—¿Hay dinero?

—No lo sé.

—Sí hay, ¿me puedo comprar un caballo?

—Sí cabe un caballo dentro, sí.

La envió a jugar al jardín y llamó a Daniel. Después se detuvo. No necesitaba llamarlo para abrir una caja en su propia casa. Sacó la llave y la introdujo.

Giró.

El mecanismo cedió con un clic pequeño. Dentro había un paquete de cartas atado con una cinta, una fotografía de su madre joven y una mujer que Laura reconoció como Mercè Mas, y un sobre cerrado con la palabra «Laura». No era la letra de Elena.

Era de Clara. Laura se sentó. No abrió ese sobre primero.

Cogió las cartas antiguas. La primera estaba fechada en 1988, mucho antes de que ella naciera.

Mercè escribía a Jordi. Laura leyó deprisa.

Una relación. Encuentros. Promesas. Despedidas.

Nada extraordinario hasta una carta de febrero de 1992.

«No puedes seguir diciendo que no sabes si es tuya. Las fechas son las que son, Jordi.»

Laura dejó el papel. Sintió que el salón se inclinaba. Buscó la siguiente.

«Clara nacerá en mayo.»

Laura hizo el cálculo aunque no necesitaba hacerlo. Clara había nacido en 1992. Igual que ella. Dos meses antes. La siguiente carta estaba escrita por Jordi. Laura reconoció la letra.

No puedo aparecer ahora y destruir dos familias. Elena está embarazada. Dices que quieres lo mejor para la niña. Lo mejor no siempre es decir toda la verdad. Laura se levantó tan deprisa que la silla cayó. Desde el jardín Nora gritó:

—¿Mamá?

—Estoy bien.

No lo estaba. Fue al fregadero y bebió agua directamente del vaso sin notar el sabor.

Clara.

Su padre.

Media hermana.

La palabra era demasiado grande para entrar en su cabeza. Volvió a la caja. El sobre con su nombre seguía cerrado.

Lo abrió.

Dentro había una sola hoja doblada dos veces.

«Lau: No sé cómo decirte esto sin que suene a una broma de mierda, así que no voy a intentar que suene bien.

He encontrado cartas de mi madre y de Jordi.

Creo que es mi padre. Tu padre. Se que vas a pensar que estoy loca.

Yo también lo pensé. Pero hay fechas, sitios, cosas que mi madre me había contado a medias.

Quiero que el me lo diga mirándome a la cara.

No quiero perderte por esto. Si resulta ser verdad, supongo que ya hemos perdido demasiados años sin saber que éramos hermanas. C.»

Laura no oyó entrar a Daniel. Solo supo que estaba allí cuando su voz dijo su nombre desde la puerta.

—Laura.

Ella levantó la hoja.

—Clara era mi hermana.

Daniel cerró los ojos.

—Dios.

—¿Lo sabías?

—No.

Laura le arrojó una de las cartas. Daniel la leyó.

—Tu madre sabía esto.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

Laura encontró una carta de Elena en el fondo de la caja. No estaba dirigida a ella.

«Mercè: lo sé. Lo he sabido siempre.»

Algo dentro de ella se rompió con una limpieza sorprendente.

No gritó.

No lloró.

Se sentó en el suelo. Daniel se agachó frente a ella sin tocarla.

—¿Quieres que llame a Sergio?

Laura negó.

—Quiero que mi madre esté viva cinco minutos.

Daniel bajó la mirada.

—Solo cinco.

Desde el jardín, Nora empezó a cantar una canción inventada. Laura pensó que Clara había tenido diecisiete años para llamarla hermana y nunca pudo hacerlo. Luego vio algo más dentro de la caja. Una tarjeta de memoria antigua, envuelta en papel. En el papel, Elena había escrito:

«No conseguí abrirla.»