La última noche de agosto CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

EL CANADELL

Laura no quiso volver a la casa hasta que cambiaron las cerraduras. El cerrajero llegó a primera hora de la tarde. Daniel permaneció fuera mientras trabajaba, como si hubiera entendido que su presencia dentro empezaba a ocupar demasiado espacio.

Cuando terminó, Laura le dio una copia de la llave nueva. Se arrepintió inmediatamente. Daniel la sostuvo sin guardarla.

—¿Estás segura?

—No.

—Buen comienzo.

—Es por si pasa algo.

—Vale.

La guardó.

Nora volvía con ella aquella noche. Laura quería que, cuando llegara, la casa pareciera otra vez una casa y no un escenario policial. Abrió ventanas. Lavó sábanas. Tiró comida caducada de armarios. Daniel se ofreció a revisar una persiana que no cerraba.

Durante dos horas no hablaron de Clara. Fue extraño lo fácil que resultó. A las cinco bajaron andando hasta El Canadell para comprar algo de merienda. Había familias, parejas mayores y algunos bañistas empeñados en prolongar el verano. La arena gruesa crujía bajo las zapatillas.

Laura miró los porches del paseo.

—Recuerdo estar aquí con Clara.

Daniel no dijo nada.

—No una escena concreta. Como… una sensación de haber estado muchas veces.

—Estuviste muchas veces.

—¿Tú también?

—Esos doce días, sí.

Laura se sentó en un banco.

—Cuéntame uno.

—¿Un qué?

—Un día. Normal. Sin Clara desapareciendo. Sin mi padre. Sin cartas.

Daniel se sentó a su lado. Miró el mar.

—El veintitrés de agosto.

—Lo tienes fechado.

—Te he dicho que contaba cosas.

Laura esperó.

—Fuimos andando a Llafranc por el camino de ronda. Tú llevabas unas sandalias horribles y a mitad de camino tenías los pies destrozados. Te dije que volviéramos y te negaste porque querías subir hasta Sant Sebastià.

—Eso no suena a mí.

—Tenías diecisiete.

—Sigue.

—Llegamos arriba. Estabas enfadada conmigo porque me había reído de tus sandalias. Dijiste que la vista era «obscenamente bonita».

Laura sonrió.

—Eso sí suena a mí.

—Comimos un bocadillo que habías aplastado en la mochila. Luego bajamos. En Llafranc te quitaste las sandalias y caminaste descalza hasta Calella.

—¿Y?

Daniel la miró.

—Y nada. Ese es el día.

Laura esperó un giro que no llegó.

—¿No pasó nada importante?

—Nos besamos mucho.

Ella apartó la vista.

—Ah.

—Pediste un día normal.

—Lo era para ti, entonces.

Daniel se rió. La comodidad le pareció peligrosa. El silencio entre ellos dejó de exigir explicaciones durante unos segundos.

—¿Por qué no te casaste? —preguntó ella.

Daniel arqueó una ceja.

—Esto ha escalado rápido.

—No te estoy proponiendo nada.

—Menos mal.

—He visto tu casa. No hay fotos de pareja.

—Hubo parejas. Una duró seis años. Otra dos. Ninguna terminó en boda.

—¿Por mí?

Daniel negó.

—No te concedas tanto poder.

Laura rió.

—Gracias.

—Tú fuiste una historia sin final. Eso es distinto. Durante un tiempo pensé mucho en ti. Luego menos. Luego había años enteros en los que no pensaba. Hasta que tu madre escribió.

La sinceridad la alivió. No quería ser el amor imposible que había arruinado diecisiete años de vida a un hombre. Eso habría sido romántico de una forma que también daba miedo.

—¿Y cuándo recibiste la carta?

—Volví a pensar en todo.

Laura miró sus manos.

—Yo no tuve esa opción.

Daniel asintió.

—Lo sé.

Una niña corrió por el paseo con un helado. Alguien llamó desde una terraza. El mar estaba tan tranquilo que parecía incapaz de haber hecho desaparecer a nadie. Laura dejó la vista en la línea de costa.

—¿Dónde está la cala?

Daniel se tensó.

—Laura.

—Quiero verla.

—No hoy.

—No decidas por mí.

—No estoy decidiendo. Te estoy diciendo que Nora vuelve en dos horas y que la primera vez que vayas allí debería ser porque tú quieres ir, no porque llevamos diez minutos hablando del pasado.

Laura iba a discutir.

No pudo.

Tenía razón.

Se levantaron.

Al pasar bajo uno de los porches, Laura se detuvo. En la pared había un pequeño desconchón de pintura azul. Algo en su memoria encajó. Clara, diecisiete años, apoyada exactamente allí. No llevaba el vestido amarillo de la foto que Laura recordaba. Llevaba una camiseta blanca.

Estaba llorando.

—No se lo digas todavía —decía Clara.

—¿Qué cosa?

La Laura del recuerdo estaba irritada.

—Lo de tu padre.

La imagen desapareció. Laura dio un paso atrás. Daniel la sujetó por el codo.

—¿Qué has visto?

Ella lo miró.

—Clara sabía algo de mi padre.

Daniel soltó lentamente su brazo.

—Sí.

—Tú lo sabías.

—Sabía que estaba relacionado con él. No sabía qué.

Laura pensó en Mireia, en la cinta, en Jordi queriendo vender la casa. Y en una pregunta que nadie le había hecho.

—¿Dónde estaba la madre de Clara aquella noche?

Daniel la miró sorprendido.

—En Barcelona, creo.

—¿Cómo se llamaba?

—Mercè.

El nombre le produjo a Laura otro pequeño tirón en la memoria.

Mercè.

Una mujer morena fumando en una terraza. Su padre alejándose cuando ella aparecía. Un sabor metálico le llenó la boca.

—Conocía mucho a mi padre.

Daniel no respondió. Laura ya no lo necesitaba.