CAPÍTULO 14
ÀLEX Àlex Rovira había aprendido a envejecer bien.
La reconoció antes de que Laura pronunciara su nombre. La sonrisa desapareció.
Después regresó.
—Laura.
La abrazó.
Ella no tuvo tiempo de decidir si quería.
—Joder. Cuánto tiempo.
—Diecisiete años.
—No hace falta decirlo así.
Àlex miró a Daniel, que estaba unos pasos detrás. Su expresión cambió otra vez.
—Y tú también.
—Hola, Àlex.
No se abrazaron. Laura lo notó.
—¿Tienes cinco minutos? —preguntó.
—Para ti, claro.
Entraron en una cafetería. Àlex pidió agua con gas. Laura no pidió nada.
—Me han dicho que has vuelto a la casa —dijo él.
—¿Quién?
—Esto es Palafrugell, Laura. No necesitas un servicio secreto.
—Mi padre también lo supo muy rápido.
Àlex se encogió de hombros.
—Jordi conoce a media comarca.
—¿Sigues hablando con él?
La pregunta lo sorprendió.
—Alguna vez. Negocios. Nada importante.
Daniel intervino.
—¿Qué negocios?
Àlex lo miró.
—¿Has venido de guardaespaldas?
—He venido a tomar café.
—No has pedido nada.
—Aún.
Laura cortó la tensión.
—He encontrado cosas de 2009.
Àlex dejó la botella sobre la mesa.
—¿Qué cosas?
Dónde. Qué cosas. Siempre el inventario antes que la sorpresa.
—Fotos. Cintas.
—¿Y?
—Una foto de Clara.
Àlex se frotó el labio inferior.
—Hace mucho de eso.
—Para ella no.
La frase le hizo daño. Laura lo vio.
—No hace falta que me ataques —dijo Àlex.
—No te estoy atacando.
—Parece que sí.
—¿Estuviste en la cala la noche que desapareció?
Àlex miró a Daniel.
—Ya hablamos de esto mil veces.
—Yo no.
—Tú no podías.
—Ahora puedo.
Àlex se inclinó hacia delante.
—Fuimos hacia Sant Roc. Bebimos. Clara estaba rara. Discutió con todo el mundo. En algún momento se fue. Tú te caíste. Daniel empezó a buscarla como un loco. Mireia lloraba. Yo fui a pedir ayuda.
—¿A quién?
—A tu padre.
Un golpe de adrenalina le aceleró el pulso.
—¿Dónde estaba?
—En la casa.
—¿Seguro?
—Sí.
—Mi padre dice que vosotros regresasteis y entonces le contasteis que Clara no estaba.
Àlex se quedó inmóvil. Daniel no dijo nada.
Laura continuó.
—Tú acabas de decir que fuiste a pedirle ayuda.
—Es lo mismo.
—No. Una versión dice que todos volvisteis. La otra que tú fuiste a buscarlo.
Àlex bebió agua.
—Después de diecisiete años no esperes que recuerde el orden exacto.
—Carme Borrell sí lo recuerda.
Por primera vez, Àlex palideció.
—¿Has hablado con Carme?
—Sí.
—Esa mujer siempre quiso encontrar un culpable porque no soportaba que no hubiera caso.
—Había una chica desaparecida.
—Y la buscamos todos.
Laura sacó del bolso una copia de la foto de grupo.
—¿Quién hizo esta foto?
Àlex la miró.
—No sé.
—Mireia está en ella. Daniel está. Tú. Clara. Yo. Alguien tuvo que hacerla.
Àlex frunció el ceño.
—Tu madre, supongo.
Daniel negó lentamente.
—Elena no estaba aquella tarde.
Àlex lo miró.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Porque fui a recoger a Laura a la casa.
Àlex dejó de tocar la botella. Una pequeña escena de diecisiete años antes parecía desarrollarse entre los dos sin Laura.
—La hizo Jordi —dijo Daniel.
Laura sintió frío. Àlex se levantó.
—Tengo una reunión.
—¿La hizo mi padre?
—No me acuerdo.
—Àlex.
Él se ajustó la americana.
—Laura, si necesitas ayuda con la casa, dímelo. De hecho, si estás pensando vender, tengo un cliente que pagaría muy bien por esa zona.
Laura lo miró.
—Mi padre me dijo exactamente lo mismo.
Àlex sonrió.
—Porque es una buena idea.
—No voy a vender.
La sonrisa se mantuvo, pero los ojos no.
—Entonces cambia la cerradura.
Laura se quedó quieta.
—¿Por qué dices eso?
Àlex tomó el teléfono.
—Porque esas casas viejas son fáciles de abrir.
Salió sin despedirse. Daniel miró a Laura.
—No le has contado que alguien entró.
—No.
—Yo tampoco.
A través del cristal vieron a Àlex detenerse en la acera y llamar a alguien. Laura no podía oír las palabras. No hacía falta. La primera fue clara al leerle los labios.
Jordi.