CAPÍTULO 12
CARME BORRELL
La segunda visita de la policía fue menos paciente. No porque no creyeran a Laura, sino porque seguía sin haber una puerta forzada, una ventana rota o una huella útil. El agente fotografió el papel con la amenaza y anotó la desaparición de la fotografía.
—¿Quién sabía que estaba aquí? —preguntó.
Laura miró a Daniel.
—Varias personas.
Dio los nombres: Mireia, su padre, la inmobiliaria, Sergio. Dudó antes de mencionar a Àlex.
—Todavía no he hablado con él.
—¿Pero sabe que ha vuelto?
—No lo sé.
Daniel intervino.
—En un pueblo esto no tarda mucho en saberse.
El agente asintió.
—Cambie la cerradura hoy. Y si puede dormir en otro sitio, mejor.
Laura iba a protestar. Daniel se adelantó.
—Lo hará.
Ella lo miró.
—No hables por mí.
El agente disimuló una sonrisa. Cuando se marcharon, Laura llamó a Sergio para decirle que Nora se quedaría una noche más con él. No tuvo que explicarle demasiado.
—Bien —dijo Sergio—. Y tú también te vas de esa casa.
—Voy a un hotel.
—¿De verdad?
Laura miró a Daniel.
—Sí.
No fue a un hotel. Fue a casa de Daniel en Llafranc.
La decisión le pareció mala durante todo el trayecto y peor cuando entró.
El piso estaba sobre una calle tranquila, sin vistas espectaculares ni muebles elegidos para impresionar.
Libros de arquitectura, una bicicleta apoyada en una pared, una cafetera demasiado cara y fotografías en blanco y negro del litoral.
—Habitación de invitados —dijo Daniel—. Tiene pestillo.
—Muy tranquilizador.
—Era la intención.
Laura dejó el bolso. En una estantería vio una fotografía enmarcada de un grupo de jóvenes. No eran ellos. Sintió alivio y se avergonzó de sentirlo.
A la mañana siguiente fueron a la antigua estación de autobuses de Palafrugell.
Las consignas ya no existían. Un empleado de mantenimiento, después de escuchar la historia de la etiqueta, les explicó que muchos años atrás había un módulo de taquillas que se retiró durante una reforma.
Parte del material se trasladó a un almacén municipal.
—¿Y las cosas que quedaban dentro?
El hombre se encogió de hombros.
—Hace demasiados años.
La llave parecía un callejón sin salida. Daniel propuso otra cosa.
—Quiero presentarte a alguien.
Carme Borrell vivía en una casa a las afueras de Palafrugell. Tenía sesenta y seis años, el pelo completamente blanco y una forma de mirar que hizo que Laura entendiera su profesión antes de que Daniel la explicara.
—Mossos —dijo Carme—. Treinta y siete años. Los últimos doce en investigación. Ya no tengo placa, así que ahora puedo decir que algunos de mis antiguos compañeros eran idiotas sin que me abran un expediente.
Les sirvió café en una terraza pequeña.
—Yo estuve en el caso de Clara Mas.
Laura dejó la taza.
—¿Me interrogó?
—Lo intentamos. No estabas en condiciones.
—¿Creían que Daniel había hecho algo?
Carme miró a Daniel.
—Creímos muchas cosas durante las primeras cuarenta y ocho horas. Es nuestro trabajo.
—¿Y después?
—Después dejamos de creer algunas.
Laura sacó una copia de la fotografía de grupo. Había impreso varias esa mañana. Carme la observó.
—La recuerdo.
—¿La tenían?
—Una parecida. Esta exactamente, no.
—¿Quién se la dio?
—Tu madre nos dio muchas fotos.
Laura pensó en Elena seleccionando qué entregar y qué guardar.
—¿Qué no encajaba en el caso?
Carme se reclinó.
—Han pasado diecisiete años. No puedo darte detalles de un expediente al que ya no tengo acceso como si siguiera trabajando.
—Pero recuerda cosas.
—Claro.
—Dígame una.
Carme miró el jardín.
—El horario.
Daniel bajó la vista. Laura se inclinó hacia delante.
—¿Qué horario?
—La primera llamada avisando de la desaparición se hizo demasiado tarde.
—¿Cuánto?
—Varias horas después de que, según los testimonios, Clara cayera o se separara del grupo.
—¿Quién llamó?
—Tu padre.
Laura se quedó inmóvil.
—Me dijo que no estaba en la cala.
Carme la miró directamente.
—Eso también nos dijo a nosotros.
—Entonces, ¿cómo supo que había desaparecido?
—Dijo que los jóvenes regresaron a la casa, que le contaron que Clara se había marchado enfadada y que, al ver que no volvía, empezó a buscarla.
—¿Y usted le creyó?
Carme tomó café.
—Yo no estaba allí para creer. Estaba para comprobar.
—¿Comprobaron?
—Había cinco versiones y una de ellas era la tuya, que cambiaba cada media hora por la lesión. Daniel situaba a Clara cerca de una cala. Mireia decía que se había separado antes. Àlex no recordaba nada útil. Tu padre aseguraba que no había bajado a la costa. Tu madre había llegado más tarde.
—¿Y Clara?
—Clara no estaba.
El silencio pesó.
—¿Qué piensa que pasó? —preguntó Laura.
Carme la observó mucho tiempo.
—Creo que en 2009 hubo gente muy asustada que decidió que una versión incompleta era más fácil de soportar que la verdad.
—¿Quién?
—Eso es lo que no pude demostrar.
Daniel sacó el papel de la amenaza y se lo enseñó. Carme lo leyó sin cambiar de expresión.
—¿Hay más?
Laura le contó la puerta, el marco, la foto robada. Carme dejó el papel.
—Entonces alguien cree que todavía puede perder algo.
—¿Quién?
Carme se levantó y entró en casa. Volvió con una libreta vieja. Arrancó una hoja y escribió un nombre.
Àlex ROVIRA.
—Empezaría por ahí.