CAPÍTULO 11
LA LLAVE PEQUEÑA
Daniel sacó del bolsillo una llave. Era pequeña, plateada, demasiado nueva para pertenecer a la caja de zapatos.
—Tu madre me la envió con la carta.
Laura no la cogió.
—¿De qué es?
—No lo sé.
—Claro.
—Laura, si lo supiera te lo diría.
—Hace diez minutos has reconocido las cintas sin que yo te explicara nada.
—Porque las grabamos juntos.
—Y ahora aparece una llave que mi madre te mandó antes de morir. ¿Esperas que crea que no sabes que abre?
Daniel dejó la llave sobre la mesa.
—El sobre llevaba una nota: «Solo si Laura vuelve». Eso era todo.
Laura la miró. No tenía marca. Un número diminuto, 27, grabado cerca del borde. Recordó las llaves antiguas de la caja. Las sacó y las puso junto a la nueva. Ninguna se parecía.
—¿Por qué no me la diste con la carta?
—Porque tu madre me pidió que no hiciera nada más a menos que tú quisieras.
—Yo quería la carta.
—La llave no era la carta.
Laura soltó una risa incrédula.
—Eres insoportable.
—Eso también me lo decías.
—Deja de hacer eso.
—¿Qué?
—Hablarme como si me conocieras.
Daniel bajó la mirada.
—Te conocí.
El verbo en pasado hizo que la rabia perdiera fuerza. Laura se sentó.
—¿Qué recuerdas de mí?
Daniel no pareció preparado para la pregunta.
—Muchas cosas.
—Dime una.
—No te gustaba el melón.
Laura parpadeó.
—Sigue sin gustarme.
—Te ponías crema solar en la cara y olvidabas los hombros. Siempre llevabas un libro en el bolso y casi nunca lo abrías. Cuando te enfadabas de verdad, dejabas de decir tacos. Y te daba miedo nadar donde no veías el fondo.
La incomodidad fue casi física, como si aquel hombre hubiera abierto cajones de una casa que seguía siendo suya.
—Eso último también sigue igual.
—Lo sé.
—¿Cómo lo sabes?
Daniel sonrió apenas.
—Porque no parece una cosa que se cure sola.
Laura tocó la llave.
—¿Y yo qué sabía de ti?
—Que estudiaba arquitectura técnica. Que mi madre vivía en Girona. Que tenía un Seat Ibiza que sonaba como si llevara cubiertos en el motor. Que me rompí el brazo con doce años. Cosas así.
—¿Estábamos enamorados?
Daniel tardó tanto que Laura se arrepintió de preguntar.
—Teníamos diecisiete y veinte años y llevábamos doce días — dijo al fin—. No sé cómo se llama eso cuando lo miras desde aquí.
—¿Y desde allí?
Daniel la miró.
—Desde allí, sí.
La cocina se quedó demasiado pequeña. Laura tomó la llave y se levantó.
—Quiero probarla.
Recorrieron la casa. Cajones, cerraduras, un baúl en el dormitorio de Elena, un armario empotrado cuyo pestillo estaba oxidado. Nada.
En la caja había otras cuatro llaves sin etiqueta. Dos abrieron muebles. Una no abrió nada. La última era de un viejo candado que encontraron en el cobertizo del jardín. Dentro del cobertizo había herramientas, macetas rotas, una sombrilla de playa y una bicicleta sin rueda delantera.
Daniel sonrió al verla.
—Esa era tuya.
—¿La bici?
—Te empeñaste en bajar con ella hasta Llafranc y volviste andando porque pinchaste.
—Qué decepción. Esperaba una historia más oscura.
—No todo fue oscuro.
Laura se giró. Daniel estaba junto a la puerta, con el sol de la tarde detrás.
—A veces parece que eso es lo que más te molesta —añadió.
—No sé qué quieres decir.
—Que los días que has perdido no fueron solo la noche de Clara. Hubo playa. Cenas. Risas. Nosotros. Si solo buscas lo terrible, vas a reconstruir una mentira distinta.
Laura se quedó callada. Era la primera cosa que Daniel decía que no sonaba a pista. Sino a duelo.
Se agachó junto a una caja de herramientas. En el fondo encontró una etiqueta de plástico con un número: 27.
La sostuvo.
Daniel sacó la llave nueva.
Mismo número.
La etiqueta llevaba también dos letras casi borradas.
CP.
Laura pensó en parking, consigna, trastero. Daniel la miró.
—¿Consigna pública?
—No sé.
—¿Tu madre usaba una caja de seguridad en algún banco?
—No que yo sepa.
Laura giró la etiqueta. En la cara posterior había una pegatina vieja.
ESTACIÓ D’AUTOBUSOS - PALAFRUGELL.
Daniel se puso serio.
—Antes había consignas.
—¿Siguen existiendo?
—No lo sé.
Laura cerró la mano alrededor de la llave.
—Mañana lo averiguaremos.
Cuando regresaron a la cocina, la puerta principal estaba entreabierta. Los dos se detuvieron. Laura estaba segura de haberla cerrado. Esta vez sí. Daniel levantó una mano para que no avanzara.
—Quédate aquí.
—Ni hablar.
Entraron juntos.
No faltaba nada evidente. Hasta que Laura miró la mesa. La fotografía de Clara con la frase escrita detrás había desaparecido.