La última noche de agosto CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

UNA CASA CON DOS PASADOS

Daniel se quedó hasta casi las dos. No porque Laura se lo pidiera. Tampoco porque él insistiera. Simplemente ninguno encontró el momento exacto en que una visita se convierte en alguien que ya debería haberse marchado.

Revisaron puertas, ventanas y el jardín. Daniel arregló provisionalmente el pestillo de la terraza con un tornillo demasiado largo.

—Esto es una chapuza —dijo.

—Me tranquiliza que lo admita el profesional.

—Es una chapuza segura.

—Eso debería ir en tu tarjeta.

Daniel sonrió.

Laura preparó café. Mala idea a medianoche. Lo tomaron de todos modos.

—¿Cómo conociste a Clara? —preguntó ella.

—Por ti.

—Eso es imposible si te conocí después.

—La conocí el mismo día que a ti. Estabais en Port Pelegrí discutiendo por una sombrilla.

Laura intentó imaginarlo.

—¿Quién ganaba?

—Clara. Tú gritabas más, pero ella tenía razón.

—No me gusta esta versión del pasado.

—Era una sombrilla rota. Ninguna de las dos quedaba bien.

Daniel se rió. Laura lo observó. Había una intimidad injusta en saber que ese hombre recordaba conversaciones en las que ella había participado y que para ella no existían.

—¿Clara era feliz? —preguntó.

Daniel dejó la taza.

—A ratos.

—Eso es una respuesta de adulto.

—Porque ahora soy adulto. A los veinte habría dicho que sí. Era divertida, impulsiva, de esas personas que hacen que un grupo entero cambie de plan. Pero también podía desaparecer media hora y volver como si nada. Se enfadaba muy deprisa. Y se le pasaba igual.

—¿Se parecía a mí?

—No mucho.

—Éramos como hermanas.

—Entonces erais inseparables —dijo Daniel.

Laura lo miró.

—Eso parece.

Daniel se levantó para llevar las tazas al fregadero. Conocía la cocina. Sabía dónde estaba el cubo de basura sin preguntar. Laura lo notó.

—Eso lo recuerdas.

—¿El cubo?

—Sí.

—Estaba en el mismo sitio.

—Diecisiete años y recuerdas dónde tirábamos el café.

Daniel apoyó las manos en la encimera.

—Hay recuerdos absurdos que se quedan cuando otros importantes desaparecen.

Laura pensó en la marca de una botella en el aparador.

—Quizá eso es lo que me está pasando.

—Quizá.

Arriba crujió la madera. Los dos levantaron la cabeza. Esta vez Nora no estaba. La casa estaba vacía salvo por ellos.

Otro crujido.

Laura notó que Daniel sonreía.

—No tiene gracia.

—Es la madera.

—Hace seis horas me dijiste que no me quedara sola.

—Y no lo estás.

La frase quedó suspendida. Laura apartó la mirada. Daniel recogió la chaqueta.

—Dormiré en el sofá si quieres.

—No.

—Vale.

La rapidez con la que aceptó la hizo sentir segura.

—Pero escríbeme cuando llegues.

Daniel arqueó una ceja.

—Eso también me lo decías.

Laura señaló la puerta.

—Fuera.

Él se rió. Cuando se marchó, Laura cerró con llave. La casa volvió a quedarse sola. Pero durante un rato no pareció una casa donde había desaparecido una chica. Pareció una casa donde dos jóvenes se habían reído alguna vez. Y aquella diferencia, pensó Laura, podía ser importante.