CAPÍTULO 9
DANIEL
Daniel llegó nueve minutos después de que Laura lo llamara. No le gustó que fuera tan rápido. Tampoco le gustó el alivio que sintió al verlo cruzar la verja. Le enseñó el papel sin dejarlo entrar.
—¿Lo has puesto tú?
Daniel lo leyó.
—No.
—Piénsatelo antes de responder.
—No necesito pensarlo.
—Sabías que estaba aquí. Sabías que había encontrado cosas. Mi madre te escribió.
Daniel levantó la mirada.
—Y si quisiera asustarte, no habría venido corriendo cuando me llamaste.
—Eso también podría formar parte de asustarme.
—Podría. Pero entonces sería un plan bastante idiota.
Laura abrió la puerta.
—Entra.
Daniel pasó.
Se detuvo en el recibidor. Laura notó el modo en que miraba la casa. No como quien entra por primera vez.
—¿Cuánto hace que no estabas aquí?
—Diecisiete años.
—¿Desde esa noche?
—Desde el uno de septiembre por la mañana.
La respuesta fue demasiado precisa.
Laura cerró.
Daniel vio el radiocasete en la cocina.
—Has encontrado las cintas.
—Mireia sabía que existían.
—Todos sabíamos.
—¿Qué había en ellas?
—Tonterías, casi todo.
—Y Clara diciendo que había encontrado algo.
Daniel se quedó quieto. Laura pulsó play y reprodujo el fragmento. Cuando terminó, Daniel tenía la cara tensa.
—Nunca oí esto.
—¿La voz del final es tuya?
—No.
—¿De Àlex?
—No creo.
—¿De mi padre?
Daniel la miró.
—No sé.
Laura se apoyó en la encimera.
—Todo el mundo sabe cosas que yo no. Es agotador.
Daniel tomó el papel de la amenaza y lo examinó bajo la luz.
—Esto lo ha impreso alguien con una impresora normal. No hay mucho que sacar.
—Gracias, CSI.
Él sonrió apenas. Laura se odió un poco por notar que la sonrisa le resultaba familiar.
—¿Llamaste a la policía?
—Esta tarde. Antes de esto. No encontraron nada.
—¿Por qué antes?
Laura le contó lo de la puerta y el marco girado. Daniel dejó el papel en la mesa.
—No te quedes sola esta noche.
—Nora está con Sergio.
—Precisamente.
—No voy a huir de mi propia casa por una nota.
—No es tu propia casa. Llevas aquí dos días y alguien sabe que has encontrado cosas de 2009.
—Tú también.
Daniel encajó el golpe sin defenderse.
—Sí.
—¿Qué te dijo mi padre?
La pregunta quedó entre ellos. Daniel se sentó por primera vez.
—Después de que Clara desapareciera, me interrogaron durante casi nueve horas entre una cosa y otra. Yo era el mayor del grupo, no era de allí y tú habías acabado en el hospital. Era lógico.
—¿Te sospechaban?
—Durante unas horas, sí.
—¿Por qué?
—Porque había discutido con Clara esa tarde.
Laura notó un tirón en el estómago.
—Mireia dijo que Clara no estaba enamorada de ti.
—No lo estaba.
—¿Entonces?
Daniel se frotó las manos.
—Clara llevaba días nerviosa. Había encontrado unas cartas. No me dijo exactamente que contenían. Me pidió que la llevara en coche a Girona al día siguiente.
—¿Para qué?
—dijo que necesitaba hablar con alguien.
—¿Quién?
—No lo sé.
—¿Y discutisteis porque no quisiste?
—Discutimos porque quería irse sin decírtelo.
Laura frunció el ceño.
—¿Por qué tenía que decírmelo?
Daniel la miró.
—Porque erais inseparables.
La palabra abrió algo. Clara tumbada boca abajo en una toalla. Dos helados derritiéndose. Una pulsera azul y blanca pasando de unas manos a otras. Laura se llevó los dedos a la sien.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Has recordado algo.
—No me digas lo que me pasa.
Daniel se calló.
Laura respiró.
—Continúa.
—Clara se enfadó conmigo. Dijo que yo no entendía nada, que era fácil hablar cuando uno podía marcharse y volver a su vida. Horas después desapareció.
—¿Y mi padre?
Daniel tardó.
—Vino a buscarme a la salida de comisaría al día siguiente.
—¿A ti?
—Me dijo que te había visto. Que estabas confusa. Que no me recordabas.
Se le helaron las manos.
—¿Eso era verdad?
—Sí.
—¿Me viste?
—Desde la puerta de la habitación. Tu madre me dejó entrar un minuto. Te dije mi nombre y me miraste como si fuera un enfermero.
Laura apartó la vista. Daniel continuó con dificultad.
—Tu padre me encontró después. Me dijo que, si de verdad me importabas, me mantendría lejos. Que los médicos habían dicho que cualquier presión podía hacerte peor. Y luego añadió otra cosa.
—¿Qué?
—Que la policía todavía no tenía claro qué había pasado con Clara y que yo haría bien en volver a Girona y dejar de meterme en problemas.
—Te amenazó.
—A los veinte años me pareció bastante claro.
El pasillo oscuro parecía más largo desde la cocina.
—¿Y obedeciste?
—Durante tres semanas llamé a tu madre casi todos los días. Luego cada semana. Luego cada mes. Ella siempre decía lo mismo: que estabas mejor, que habías empezado la universidad, que no querías hablar de Calella. Una vez me dijo directamente que habías preguntado que dejara de llamar.
—Yo no sabía quién eras.
—Ahora lo sé.
La frase dolió más de lo que Laura esperaba.
—¿Y después?
—Después tuve veintidós años. Luego veintitrés. La gente no vive diecisiete años esperando una explicación.
—Pero has vuelto.
—Nunca me fui del todo de aquí. Mi familia es de Girona. Trabajo mucho por la zona.
—Sabes a que me refiero.
Daniel miró la caja.
—Tu madre me escribió porque estaba enferma. Me dijo que, si tú volvías a la casa, probablemente sería porque ella ya no estaba. Me pidió que te diera la carta y que no hiciera nada más a menos que tú quisieras.
—¿Por qué tú?
—No lo sé.
Laura lo observó.
—Mientes fatal.
Daniel sonrió sin alegría.
—Eso me decías.
La frase llegó antes de que pudiera detenerla. Laura lo miró. Daniel bajó la vista. Durante unos segundos ninguno habló.
—¿Qué más te dio mi madre? —preguntó Laura.
Daniel se quedó inmóvil. Y esa fue la respuesta.