CAPÍTULO 8
LA CINTA
Laura llamó a la policía. No porque estuviera segura de que alguien había entrado, sino porque no quería convertirse en la mujer de una película mala que descubre demasiado tarde que había ignorado una puerta abierta.
Dos agentes pasaron por la casa una hora después. Revisaron la cerradura, ventanas y terraza. No había marcas de fuerza.
—¿Puede haber quedado abierta? —preguntó uno.
—Puede.
—¿Falta algo?
—No que yo sepa.
No mencionó la caja. Ni la fotografía girada. Mientras lo decidía, recordó a Mireia: «Si encuentras algo que tenga el nombre de Clara, no se lo enseñes a nadie.» Aquella frase era una razón para enseñarlo. También una razón para no hacerlo.
Los agentes se marcharon dejando una recomendación razonable: cambiar la cerradura y llamar si detectaba algo más. Sergio fue menos razonable.
—Vuélvete a Barcelona.
—No.
—Alguien puede haber entrado en una casa donde estás con una niña de seis años.
—Y puede que haya dejado yo la puerta abierta.
—Tú no dejas puertas abiertas.
—Gracias por el diagnóstico.
—Laura.
Ella miró a Nora, que pintaba en el suelo del salón.
—Voy a cambiar la cerradura mañana.
—Voy a buscar a Nora.
Laura se molestó antes de entender que tenía razón.
—¿Hoy?
—Puedo ir después del trabajo. Se queda conmigo dos noches y tú resuelves lo que tengas que resolver sin estar mirando todo el rato si ella está bien.
Laura no contestó.
—No estoy intentando quitártela —dijo Sergio—. Estoy intentando ser su padre.
—Ya lo sé.
—Entonces déjame.
A las nueve y media, Sergio se llevó a Nora. La niña protestó porque quería dormir en su habitación nueva, pero la promesa de cenar pizza durante el trayecto resolvió el conflicto. Cuando el coche desapareció al final de la calle, la casa cambió.
No físicamente.
Dejó de ser una casa con una niña dentro. Laura entró y cerró con llave. Colocó una silla bajo el picaporte de la terraza, consciente de que era inútil y agradecida por la ilusión. Después puso las dos cintas sobre la mesa. No tenía reproductor.
Recordó la televisión antigua, el DVD, el aparador. Abajo, en uno de los armarios, encontró un radiocasete Panasonic cubierto de polvo. Lo llevó a la cocina, lo conectó y pulsó el botón de encendido.
Nada.
Golpeó el lateral. Una luz roja apareció.
—Claro —murmuró.
Insertó la primera cinta. Durante unos segundos solo hubo siseo. Después una voz de adolescente:
—Buenas noches, habitantes de Calella y señores turistas que vienen a poner las toallas a las ocho de la mañana.
Risas.
Laura se quedó inmóvil.
Era Clara.
La reconoció al instante. Otra voz protestó.
—No puedes decir eso, mi tía lo hace.
Mireia.
—Tu tía es el enemigo —dijo Clara.
Más risas.
Un chico anunció una música imaginaria. Àlex. Laura escuchó su propia voz al fondo.
—Dame eso.
El sonido de un forcejeo.
—Bienvenidos a Radio Casa Serra, emitiendo ilegalmente desde un lugar que no revelaremos porque mi madre nos mata.
Laura se llevó una mano a la boca. Su voz a los diecisiete años. Más aguda. Más rápida. Sin el cansancio que los años habían colocado entre las palabras.
Durante varios minutos no ocurrió nada importante. Bromas. Nombres de canciones. Una discusión sobre si ir a Llafranc andando de noche era buena idea. Clara haciendo imitaciones terribles.
Y Daniel.
Laura supo que era él antes de oír su nombre.
—Dani, di algo.
—No.
—Eres el invitado especial.
—Precisamente por eso.
Laura adolescente se rió. El sonido le hizo daño.
—Venga —insistió ella en la grabación—. Una frase para la posteridad.
Daniel dijo:
—Laura Serra es una dictadora.
—Eso queda grabado.
—Era la idea.
Hubo un beso. No se veía, pero el ruido era inconfundible. Después las protestas del resto. Laura pulsó pausa. La cocina quedó en silencio. Se apoyó en la mesa.
Un beso.
No podía recordar cómo besaba Daniel. Su cuerpo, en cambio, había reaccionado al sonido con una punzada física, casi una memoria sin imagen.
Reanudó.
Pasaron unos minutos. Alguien abrió una puerta.
Clara dijo:
—Eh, Laura. ¿Tu padre viene este fin de semana?
La respuesta llegó desde lejos.
—Creo que no.
—¿Seguro?
—¿Por?
Silencio.
—Por nada.
La cinta continuó con música grabada de una radio. Laura avanzó. Voces irreconocibles. Publicidad. Otra grabación más antigua de su madre dictando una lista de compras. La primera cinta terminó. Laura sacó la segunda. Tenía una pequeña etiqueta en la que alguien había escrito «31».
La introdujo.
Siseo.
Nada durante casi un minuto. Después una puerta.
Pasos.
La voz de Clara. Más baja que en la otra cinta.
—No, no la apagues. Quiero dejarlo grabado.
Otra voz, Mireia:
—Esto es una tontería.
—Precisamente. Las tonterías son pruebas cuando la gente se pone seria.
—Clara, para.
—No.
Un golpe.
La grabación se distorsionó. Clara volvió a hablar.
—Si mañana digo que me he inventado todo, recordad que hoy no estaba borracha.
El pulso le golpeó en el cuello. Mireia susurró algo imposible de entender.
Clara respondió:
—Porque se lo voy a decir a Laura.
—¿Y si no te cree?
Silencio.
—Entonces se lo diré a él delante de ella.
La cinta se detuvo de golpe. Laura miró el radiocasete. El botón de reproducción había saltado. Fin de cara. Le dio la vuelta con dedos torpes.
Pulsó play.
Siseo.
Una respiración.
Y una voz masculina que Laura no reconoció.
—¿Qué has encontrado?
Después, un chasquido. La cinta se quedó muda. Laura acercó el oído.
Nada.
Entonces, desde el pasillo de la casa, algo crujió. Laura se giró. La puerta de la cocina estaba abierta. Más allá solo había oscuridad.
—¿Hola?
Nadie respondió.
Se sintió ridícula en cuanto lo dijo. Cogió el móvil. Encendió la linterna.
Un paso.
Otro.
El pasillo estaba vacío. El salón también. Laura llegó a la puerta principal.
Seguía cerrada.
Se disponía a regresar cuando vio el felpudo. Debajo asomaba un papel blanco.
Lo sacó.
Una sola frase, impresa en mayúsculas.
VETE ANTES DE RECORDAR.