La última noche de agosto CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

EL PADRE

Jordi Serra llamó a Laura cuando ella salía de recoger a Nora. No hablaban desde el funeral.

Durante la enfermedad de Elena, su padre había aparecido en dos ocasiones, siempre con un ramo de flores demasiado grande y la incomodidad de un invitado que conoce la casa pero ya no sabe dónde están los vasos. Llevaban separados más de quince años. Nunca se habían divorciado.

Laura rechazó la llamada. El teléfono volvió a sonar un minuto después. Nora leía en voz alta un cartel desde el asiento trasero.

—Pa-la-fru-gell.

—Muy bien.

—¿Quién llama?

—El abuelo.

—¿No contestas?

La pantalla seguía encendida frente a ella.

—Ahora sí.

Aceptó y puso el manos libres.

—Hola.

—Laura.

La voz de Jordi seguía teniendo esa calidez grave que conseguía que cualquier reproche pareciera exagerado antes de formularlo.

—Me han dicho que estás en Calella.

Volvió la atención a la carretera.

—Qué rapidez.

—Marta me ha llamado. Quería saber si autorizabas una revisión de la caldera y me ha comentado que ya habías llegado.

—Podía preguntármelo a mí.

—Podía. Pero me conoce desde hace años.

Laura apretó el volante. Desde hace años. Otra pequeña puerta que se abría hacia una parte de la vida de su madre que ella no conocía.

—¿Tú sabías que mamá conservaba la casa?

Jordi tardó demasiado poco.

—Sí.

—¿Y nunca pensaste en decírmelo?

—Era cosa de tu madre.

—También era mi infancia.

—Laura, no llames para pelearte conmigo por decisiones que tomó Elena hace diecisiete años.

—Has llamado tú.

Silencio.

—¿Está Nora contigo? —preguntó.

—Sí.

—Hola, princesa.

Nora se inclinó hacia delante.

—Hola, abuelo.

—¿Te gusta el mar?

—Sí. Mamá no me deja bañarme.

—Tu madre siempre ha sido demasiado prudente.

Laura sintió una punzada.

—No siempre —dijo.

Jordi no respondió.

—Papá, ¿conocías a Daniel Rius?

Esta vez el silencio fue distinto. Nora había vuelto a mirar por la ventana.

—¿De dónde has sacado ese nombre?

—Lo he visto.

—¿A Daniel?

—Sí.

—Laura, escúchame. No quiero hablar de esto con la niña delante.

—Perfecto. Dime solo si lo conocías.

—Lo conocí entonces.

—¿Por qué le dijiste que se mantuviera lejos de mí?

Jordi soltó el aire.

—Porque habías sufrido un accidente y el chico estaba obsesionado con hacerte recordar una noche que los médicos nos dijeron que no debíamos forzar.

—Mamá dice en una carta que la versión de 2009 no fue toda la verdad.

Laura oyó un golpe seco al otro lado, como si Jordi hubiera dejado algo sobre una mesa.

—¿Qué carta?

—Una que me dejó.

—¿Dónde?

Misma pregunta.

Dónde.

Se le tensó la nuca.

—Eso da igual.

—No da igual. Tu madre estaba muy medicada al final. Escribía cosas que luego ni recordaba.

—Estaba perfectamente lúcida cuando organizó su herencia.

—No he dicho que no lo estuviera.

—Acabas de insinuarlo.

Jordi bajó la voz.

—Vende la casa.

Laura sintió un escalofrío.

—¿Perdona?

—No necesitas estar ahí. Te trae malos recuerdos, te aleja de tu trabajo, complica la rutina de Nora. El mercado está bien. Puedo ponerte en contacto con alguien.

Laura recordó la fotografía de Clara.

«No dejes que digan que me fui.»

—No voy a venderla.

—No seas impulsiva.

—No lo soy.

—Entonces piénsalo.

—Ya lo he pensado.

Jordi guardó silencio.

—¿Estuviste en Calella la noche en que desapareció Clara?

El coche de delante frenó. Laura tuvo que pisar el pedal con más fuerza de la necesaria.

—¿Quién te está llenando la cabeza de mierda?

La palabra hizo que Nora se girara. Laura quitó el manos libres y se llevó el teléfono al oído.

—No me hables así.

—Tu madre se pasó años intentando que salieras de aquello. Si Daniel ha vuelto a aparecer para removerlo…

—No he dicho que Daniel me lo haya dicho.

Otra pausa.

—Estuviste allí —dijo Laura.

—Estuve en la casa aquel fin de semana. Eso lo sabes.

No. No lo sabía. O no lo recordaba.

—¿En la cala?

—No.

La respuesta llegó esta vez demasiado deprisa. En el retrovisor, Nora la estaba observando.

—Tengo que colgar.

—Laura.

—Adiós, papá.

—No pongas a Nora en medio de esto.

Laura cortó.

Durante unos segundos solo se oyó el motor.

—El abuelo se ha enfadado —dijo Nora.

—Un poco.

—Has dicho que no ibas a vender la casa.

—Eso he dicho.

Nora se encogió de hombros.

—Bien.

—¿Bien?

—Mi habitación ya tiene mis cosas.

Laura sonrió.

—Argumento jurídico impecable.

Aquella tarde, al entrar en casa, encontró la puerta de la terraza abierta. Estaba segura de haberla cerrado. No del todo segura. Eso era lo peor. Recorrió el salón. Nada parecía cambiado. Subió. Las ventanas cerradas. Las maletas en su sitio. El conejo de Nora sobre la cama.

Bajó otra vez. La caja de zapatos estaba sobre la mesa. Laura se acercó. Las fotografías seguían allí.

Las llaves.

La pulsera.

Las cintas.

Las contó.

Dos.

Se dijo que era una estupidez. Entonces vio el marco de una vieja fotografía familiar sobre el aparador. Alguien lo había girado boca abajo.