CAPÍTULO 6
LO QUE DIJO MIREIA
Mireia llamó a las siete y veintidós de la mañana. Laura estaba despierta desde las cinco.
Había intentado dormir con la fotografía de Clara dentro del cajón, como si la madera pudiera volverla menos real. No funcionó. A las seis se levantó, preparó café y buscó en internet la frase exacta escrita detrás de la foto. No apareció en ninguna noticia.
No había sido una cita. No era una letra de canción.
Era Clara.
El teléfono vibró sobre la mesa.
Mireia.
Laura contestó antes del segundo tono.
—Ayer colgaste.
—Lo sé.
La voz de Mireia sonaba cansada.
—No debería haberte llamado —dijo Laura—. Deberías haberme llamado tú hace diecisiete años.
—No sabes de qué estás hablando.
—Eso es exactamente lo que intentó arreglar.
Silencio.
—¿Dónde estás? —preguntó Mireia.
—En la casa.
—No te quedes ahí.
La cocina comenzaba a llenarse de una luz gris. Laura recorrió el espacio con la vista.
—¿Por qué?
—Porque no te va a hacer bien.
—Mi madre también usaba esa frase.
—Laura…
—He encontrado una foto de Clara. En la parte de atrás escribió: «Si alguna vez desaparezco, no dejes que digan que me fui».
Mireia inspiró de golpe.
—¿Dónde la has encontrado?
Otra vez la misma pregunta. No qué significaba. No si estaba segura.
Dónde.
—En una caja que estaba en la casa.
—¿Qué más hay?
Laura no respondió enseguida.
—Dos cintas de casete. Fotos. Unas llaves. Una pulsera.
—No pongas las cintas.
Aquello fue tan inmediato que se le enfriaron los brazos.
—¿Qué hay en ellas?
—No lo sé.
—Acabas de decirme que no las ponga.
—Porque remover esto no sirve para nada.
—Clara desapareció y yo no recuerdo qué pasó. Parece bastante útil removerlo.
Mireia bajó la voz.
—Escúchame. Si quieres verme, te veo. Pero no hagas nada sola.
—¿Estás amenazándome?
—No.
—Pues se parece.
—Te estoy pidiendo que no conviertas una noche terrible en algo peor.
Laura se quedó mirando la ventana.
—A las once en Palafrugell.
Mireia tardó unos segundos.
—Hay una cafetería frente al mercado. La que hace esquina.
—Sé cuál es.
No lo sabía, pero podría encontrarla.
—A las once.
Colgaron.
Nora apareció diez minutos después arrastrando el conejo por una oreja.
—¿Hoy puedo bañarme?
—Buenos días.
—Buenos días. ¿Hoy puedo bañarme?
—Negociadora profesional.
—¿Eso es que sí?
—Eso es que desayunes.
A las nueve y media, Laura dejó a Nora en una actividad infantil de una ludoteca de Palafrugell que había localizado la noche anterior. Dos horas. Pintura, manualidades y un grupo de seis niños que parecían conocerse desde siempre. Nora entró sin mirar atrás.
La atravesó una punzada absurda, a medio camino entre el orgullo y el abandono. Mireia ya estaba en la cafetería cuando Laura llegó. La reconoció por los ojos.
El resto había cambiado. Pelo corto, algunas pecas más marcadas, una delgadez que Laura no recordaba. Vestía pantalón negro y una camisa blanca sin ningún adorno. Sobre la mesa había un café intacto. Se levantaron al mismo tiempo. No se abrazaron.
—Hola —dijo Mireia.
—Hola.
Se sentaron.
Durante unos segundos hablaron del tiempo como dos antiguas compañeras de trabajo. Laura fue la primera en romperlo.
—¿Quién era Daniel para mí?
Mireia bajó la vista.
—Ya te lo ha dicho, supongo.
—Quiero oírtelo a ti.
—Estabais juntos.
—¿Cuánto?
—Poco. Dos semanas, más o menos.
—Doce días.
Mireia sonrió sin humor.
—Él siempre contaba las cosas.
La frase golpeó a Laura por la naturalidad.
—¿Lo conocías bien?
—Lo suficiente.
—¿Clara también?
Mireia jugó con la cucharilla.
—Sí.
—¿Le gustaba?
—A Clara le gustaba casi todo el mundo durante cinco minutos.
—No te he preguntado eso.
Mireia levantó la mirada.
—No. No estaba enamorada de Daniel, si es lo que quieres saber.
Laura pensó en la fotografía de los cinco.
—¿Por qué escribió esa frase detrás de su foto?
Mireia cerró los ojos un instante.
—Porque llevaba varios días diciendo cosas raras.
—¿Qué cosas?
—Que había descubierto un secreto. Que iba a cambiarlo todo. Que alguien llevaba años mintiéndole.
—¿Quién?
—No lo dijo.
Laura la observó. Mireia no había perdido la costumbre de mentir. Laura no recordaba haber sabido reconocerla, pero la reconoció igual. Apartaba la cucharilla exactamente un centímetro cada vez que evitaba una respuesta.
—Ayer dijiste que no pusiera las cintas.
La cucharilla se detuvo.
—Porque una noche grabamos tonterías. Habíamos encontrado un casete viejo de tu madre y nos dio por hacer una especie de programa de radio.
—¿Clara hablaba del secreto?
—No me acuerdo.
—Sí te acuerdas.
Mireia se inclinó hacia ella.
—Laura, acabaste en el hospital. Tenías la cabeza abierta. Preguntabas por Clara y cinco minutos después volvías a preguntar. Tu madre estaba aterrada. Todos estábamos aterrados.
—¿Y por eso decidisteis mentirme durante diecisiete años?
—No fue así.
—¿Cómo fue?
Mireia apretó los labios.
—La vida siguió.
Laura soltó una risa seca.
—Para Clara no.
El camarero dejó un vaso de agua. Mireia esperó a que se alejara.
—No sabes si Clara murió.
Laura la miró.
—¿Qué has dicho?
Mireia palideció.
—Quiero decir que nunca encontraron el cuerpo.
—No. Has dicho otra cosa.
—Laura.
—¿Tú crees que está viva?
—No.
—Entonces, ¿por qué lo has dicho así?
Mireia apartó la mirada hacia el mercado.
—Porque durante años me desperté pensando que a lo mejor aparecería. Todos lo hicimos.
—¿Daniel también?
—Pregúntaselo a Daniel.
—¿Y Àlex?
La reacción fue pequeña. Una tensión en la mandíbula.
—No hablo con Àlex.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace mucho.
—¿Por qué?
Mireia se levantó.
—Tengo que volver al trabajo.
—Todavía no hemos acabado.
—Sí. Por hoy, sí.
Laura también se levantó.
—Mireia.
Ella se detuvo.
—¿Mi padre estuvo en la cala aquella noche?
Mireia se quedó inmóvil. La pregunta había salido sin preparación. Laura ni siquiera sabía de dónde venía. Quizá de la pausa de la noche anterior al hablar del abuelo. Quizá de Daniel. Quizá de algo más profundo. Mireia se giró lentamente.
—No recuerdo haberlo visto.
No era lo mismo que no. Laura lo supo.
Mireia también.
Antes de marcharse, se inclinó una vez más hacia ella.
—Si encuentras algo que tenga el nombre de Clara, no se lo enseñes a nadie.
—¿Ni a ti?
Mireia tomó el bolso.
—Sobre todo no a mí.