CAPÍTULO 5
EL PERIÓDICO
Después de colgar con Mireia, Laura no pudo dejar la fotografía de Clara boca arriba.
La guardó en el sobre de plástico junto al resto y lo metió en el cajón más alto de la cocina. No porque creyera que allí estaría segura. Solo necesitaba dejar de verla durante unos minutos. Nora bajó con una corona torcida en la cabeza.
—Tengo hambre otra vez.
—Has merendado hace una hora.
—Eso fue antes.
Laura abrió la nevera. El interior era una demostración práctica de mala planificación: leche, queso, dos yogures, tomates y una botella de agua.
—Tostadas.
—Con chocolate.
—Con tomate.
—Eso no es merienda.
—En Catalunya sí.
—Estamos en Catalunya siempre.
Laura la miró.
—No uses la lógica contra mí.
Mientras tostaba pan, Nora dibujó en la mesa. Hizo la casa con una puerta enorme, el mar ocupando media hoja y dos figuras pequeñas. Una era ella. La otra, según explicó, Laura.
—Falta alguien —dijo Laura.
—Mariano no ha venido.
Laura tardó un instante en recordar que Mariano era el perro de un compañero de clase. Nora llevaba una semana insistiendo en que cualquier casa con jardín necesitaba un perro.
—No me refería a eso.
—Papá está en Barcelona.
—Eso sí.
Nora siguió pintando. Laura pensó en Clara. No aparecía en el dibujo. No podía aparecer. Para Nora era una mujer de una fotografía y un nombre pronunciado dos veces.
Después de acostarla, Laura buscó el archivo digital de prensa local. Encontró titulares que no había visto en años.
«Continúa la búsqueda de una joven desaparecida en Calella de Palafrugell.» «Sin rastro de Clara Mas cinco días después.» «La familia pide mantener activa la investigación.»
En las fotografías aparecían voluntarios, agentes, embarcaciones, perros. Gente mirando el agua desde lugares que Laura conocía. En una imagen estaba ella.
Diecisiete años, una venda pequeña junto a la sien, gafas de sol y la mano de su madre en el hombro. La fotografía se había tomado cuatro días después de la desaparición. Laura no recordaba ese momento. Amplió la imagen. Parecía presente y ausente a la vez.
Detrás, a unos metros, estaba Jordi hablando con un agente. El pie decía que la familia y amigos participaban activamente en las búsquedas. Una rabia fría le subió por el pecho. Su padre había recorrido playas y caminos sabiendo que había mentido sobre la noche.
Tal vez incluso sabiendo dónde estaba Clara. Abrió otra noticia. Mercè Mas, la madre de Clara, hablaba ante los periodistas.
«Mi hija no se ha ido por voluntad propia.»
La frase coincidía casi exactamente con la escrita por Clara detrás de la fotografía. Laura se acercó a la pantalla. ¿Mercè conocía esa frase? ¿Se la había oído decir a su hija?
Una noticia de 2012 mencionaba que Mercè seguía convencida de que «alguien sabía más de lo que había contado». Laura cerró el portátil. La cocina quedó reflejada en la pantalla negra. Por primera vez entendió que su regreso no solo removía su memoria.
Había una mujer que había pasado nueve años, hasta morir, esperando una respuesta sobre su hija. Y Laura había vivido casi todo ese tiempo sin hacer una sola pregunta. No por crueldad.
Por ignorancia.
Pero la ignorancia empezaba a parecerse demasiado a la comodidad. Fue al cajón y sacó la fotografía de Clara. Esta vez la dejó boca arriba.