CAPÍTULO 4
CLARA
La carta no apareció aquella tarde. Laura compró comida en Palafrugell, pasó por una ferretería por bombillas y un destornillador que luego no necesitó, y recogió dos bolsas de ropa que había dejado en el coche. Cada vez que abría la verja miraba el buzón.
Vacío.
A las ocho, Nora habló con Sergio por videollamada y le enseñó su habitación, el jardín, la piedra con forma de corazón y una lagartija que había visto sobre un muro. Laura aprovechó para sacar la basura. Al volver, encontró un sobre blanco dentro del buzón.
No había oído llegar ningún coche. En el frente solo ponía LAURA. La letra no era la de su madre. Se quedó bajo la luz exterior con el sobre en la mano. No lo abrió.
Entró en casa, cerró con llave y comprobó dos veces la puerta del jardín. Nora seguía arriba hablando con su padre. Laura se sentó a la mesa de la cocina. Dentro del sobre había otro sobre, más pequeño, amarillento, con su nombre escrito por Elena.
Esta vez sí reconoció la letra.
Laura:
Si estás leyendo esto, has vuelto a la casa. O Daniel ha decidido desobedecerme, cosa que también sería comprensible. Laura dejó de leer. Su madre estaba muerta. Era una obviedad, pero verla hablar en presente dentro de una frase volvió a convertirlo en una noticia.
Siguió.
No sé cómo explicarte lo que hice sin parecer cobarde. Supongo que no se puede. Durante muchos años me dije que callar era protegerte. Luego comprendí que una cosa no convierte automáticamente a la otra en verdad.
Hay partes de aquella noche que no recuerdas. Yo ayudé a que siguiera siendo así. Laura apartó la hoja. El ruido del frigorífico lleno la cocina. Volvió a cogerla.
No porque quisiera que olvidaras. Eso nunca estuvo en mi mano. Lo que hice fue apartar de ti todo lo que pudiera obligarte a mirar antes de que estuvieras preparada. Fotografías. Llamadas. Personas. La casa. Daniel fue una de esas personas. No te hizo daño.
Quiero que sepas eso antes que nada. Laura leyó la frase dos veces. No te hizo daño. Debajo, la letra de Elena parecía temblar ligeramente.
No puedo contarte toda la verdad en una carta porque parte de ella no me pertenece y porque otra parte solo la conozco por lo que me dijeron. Pero hay algo que sí sé: la versión que aceptamos en 2009 no fue toda la verdad.
Perdóname.
Mamá.
Eso era todo. Laura giró la hoja.
Nada detrás.
La rabia llegó antes que el miedo. Diecisiete años de silencio reducidos a «perdóname». Llamó a Daniel. Él contestó enseguida.
—¿La has leído?
—¿Qué significa que ayudó a que no recordara?
—Lo que pone.
—No me respondas así.
—No sé cómo responderte sin entrar en cosas que deberías hablar con calma.
Laura se levantó.
—Mi madre está muerta. La calma no va a darle una segunda oportunidad para explicarse.
Daniel guardó silencio.
—¿Qué hizo?
—Cuando saliste del hospital, tu madre pidió a todos que no te habláramos de los días anteriores a la caída. Dijo que los médicos habían recomendado no presionarte.
—¿A todos quienes?
—A mí. A Mireia. A Àlex. A gente que habías conocido ese verano.
—¿Y todos obedecisteis?
—No al principio.
Laura se quedó quieta.
—¿Tú no?
—Fui a verte.
La voz de Daniel había cambiado. Más baja.
—Dos veces. La primera tu padre no me dejó entrar. La segunda salió tu madre.
—¿Y?
—Me dijo que cuando te hablaban de Clara te daban ataques de ansiedad, que no dormías, que tu memoria mezclaba cosas. Me pidió tiempo.
—Diecisiete años no es tiempo.
—No.
—¿Por qué no volviste después?
Daniel respiró al otro lado.
—Porque también me pidieron que me mantuviera lejos de ti por otra razón.
—¿Quién?
—Tu padre.
Laura cerró los ojos. La respuesta le dio menos sorpresa de la que debería.
—¿Qué razón?
—No por teléfono.
—Todo es no por teléfono contigo.
—Porque Nora está contigo y porque esto no es una conversación de cinco minutos.
Alzó la vista hacia el techo. La voz de su hija llegaba desde arriba.
—Mañana —dijo—. A las diez. En Port Bo.
—De acuerdo.
—Y si vuelves a ocultarme algo, se terminó.
Daniel tardó en responder.
—No sé si puedo prometerte eso.
Laura colgó.
Se quedó con el teléfono en la mano. No sé si puedo prometerte eso. Quiso llamar de nuevo y gritarle. En lugar de hacerlo, buscó otro número.
Mireia Costa.
No sabía si seguiría siendo el mismo. Lo tenía guardado en una copia antigua de contactos que había sobrevivido a cuatro teléfonos y a varias mudanzas.
Pulsó llamar.
Un tono.
Dos.
Tres.
—¿Sí?
La voz era de mujer. Laura no supo qué decir.
—¿Mireia?
—Sí.
—Soy Laura.
Hubo un silencio tan completo que Laura oyó el zumbido de una lámpara.
—Laura Serra.
Mireia seguía sin hablar.
—He vuelto a Calella.
La respiración al otro lado cambió.
—¿Por qué?
No «cómo estás». No «cuánto tiempo».
¿Por qué?
—La casa era de mi madre. La he heredado.
—Pensaba que la había vendido.
—Yo también.
Otro silencio.
—He encontrado una foto del treinta y uno de agosto.
Mireia cortó la llamada. Laura se quedó mirando la pantalla. Volvió a llamar.
No respondió.
A la tercera llamada saltó el buzón de voz. Laura dejó el móvil sobre la mesa. Fue entonces cuando vio algo que no había visto antes. La caja de zapatos seguía abierta junto al fregadero. Las fotografías estaban donde las había dejado. Las dos cintas de casete también.
Pero debajo de una de ellas asomaba una esquina de papel. Laura la sacó. Era una fotografía más pequeña, recortada. Clara estaba sola en la playa de El Canadell, mirando a la cámara con el pelo mojado. Detrás había una frase escrita con su letra adolescente.
«Si alguna vez desaparezco, no dejes que digan que me fui.»