CAPÍTULO 3
DOCE DÍAS
Laura no le preguntó qué decía la carta. Fue lo primero que quiso hacer y, por eso mismo, no lo hizo.
Cogió a Nora de la mano y caminaron hasta una cafetería cerca de Port Bo. Pidió un café que no necesitaba y un croissant que Nora desmontó en capas sin llegar a comérselo. Desde la mesa exterior podía ver un tramo de playa y, más allá, el punto donde había dejado a Daniel.
Ya no estaba.
—¿Era amigo tuyo? —preguntó Nora.
Laura levantó la vista.
—Hace mucho.
—Pues parecía que estabais enfadados.
—No estábamos enfadados.
—Tú sí.
Laura cogió la taza.
—Come.
Nora le puso una capa de croissant en el plato.
—Te doy esta.
—Gracias.
—Es la peor.
—Gracias otra vez.
Laura sacó el teléfono. Tenía un mensaje de un número desconocido.
«Soy Daniel. No voy a insistir. Si quieres la carta, es tuya.»
Debajo había una dirección de correo electrónico y nada más. Laura bloqueó la pantalla. Su madre le había escrito.
a él.
No a ella.
Durante los dos últimos meses de vida, Elena había adelgazado deprisa.
El cáncer había convertido las semanas en una serie de citas, pruebas y pequeñas renuncias.
Laura había estado allí todo lo que había podido.
Habían hablado de Nora, de Sergio, de la casa de Barcelona, de si Elena quería ser incinerada, de una receta de canelones que no encontraba.
No de Daniel. No de Calella. No de Clara. La camarera dejó la cuenta. Laura la miró como si fuera un documento que tuviera que descifrar.
—Mamá.
—¿Qué?
—¿Por qué estás triste?
Laura iba a negar que lo estuviera. No lo hizo.
—Porque he descubierto que la abuela me ocultó una cosa.
Nora lo consideró.
—A lo mejor era una sorpresa.
—No creo.
—Las sorpresas también pueden ser malas.
Laura sonrió sin ganas.
—Eso es verdad.
Volvieron a la casa por El Canadell. Nora se entretuvo mirando los porches y las puertas de colores bajo el paseo. Laura caminaba sin ver demasiado. A mitad de camino llamó a Sergio. Él contestó al tercer tono.
—¿Ha pasado algo?
—No.
—Entonces hola.
—Hola.
—¿Qué tal la casa?
—Rara.
—Eso es una descripción inmobiliaria muy precisa.
Laura apoyó una mano en la barandilla del paseo.
—He encontrado fotos de 2009.
Sergio no dijo nada durante un segundo. Él conocía lo suficiente de la historia. No todo, porque Laura tampoco conocía todo.
—¿De Clara?
—Sí. Y de un chico.
—¿Qué chico?
—Uno con el que, por lo visto, estuve saliendo.
Silencio.
—Eso es nuevo —dijo Sergio.
—Para mí también.
Laura le contó lo mínimo. La fotografía. El encuentro. Los doce días. La carta de Elena.
—¿Quieres que vaya? —preguntó él.
La pregunta la sorprendió.
—No.
—No lo digo por nosotros. Lo digo por si te has metido en una película de Antena 3.
Laura rió.
—Estoy bien.
—Vale. Pero si deja de parecer una película mala y empieza a parecer una mala idea, me llamas.
—Te llamo.
—Y Nora a las ocho.
—Sí.
Colgó.
Aquella era una de las cosas buenas de Sergio: no convertía una información incómoda en una pregunta sobre él mismo. En casa, Laura preparó pasta para comer y dejó a Nora viendo dibujos mientras subía a su dormitorio. La fotografía seguía en el cajón.
La colocó sobre la cama.
Doce días.
¿Qué podía caber en doce días? Una persona podía cruzar un país. Leer una novela. Enamorarse, supuso, si tenía diecisiete años y ninguna paciencia. Buscó en internet el nombre completo.
Daniel Rius.
Había demasiados.
Añadió Palafrugell.
El tercero era él. Una página profesional.
Daniel Rius Casademont, arquitecto técnico especializado en rehabilitación de vivienda tradicional.
Fotografías de fachadas, piedra, madera restaurada.
Una entrevista breve de hacia dos años. Vivía entre Girona y el Baix Empordà. Laura aumentó una imagen suya.
La cara actual no le producía ningún reconocimiento consciente. Y, aun así, cuando pensó en su voz diciendo «durante doce días creímos que doce días eran mucho tiempo», algo dentro de ella reaccionó con una familiaridad desagradable. Bajo los resultados profesionales apareció una noticia antigua.
31 de agosto de 2019.
«Diez años sin Clara Mas: una desaparición que sigue abierta.»
Laura no quería pulsar.
Pulsó.
El artículo resumía lo que recordaba: Clara Mas, diecisiete años, desaparecida la madrugada del 1 de septiembre de 2009 en Calella de Palafrugell.
La última vez que se la vio fue en compañía de amigos.
Se buscó por tierra y mar. No apareció cuerpo.
La principal hipótesis había sido una caída accidental al agua.
Había una fotografía de Clara. La misma sonrisa enorme. Laura bajó por la página.
«Una de las jóvenes que estaba con ella sufrió una caída y un traumatismo craneal esa misma noche, lo que limitó la reconstrucción de las últimas horas.»
No aparecía su nombre por ser menor entonces. Más abajo, una frase.
«La investigación descartó la participación de un joven de 20 años que fue interrogado durante varias horas.»
Laura dejó de mover el dedo. Joven de 20 años. Daniel había tenido veinte. Volvió al principio. Buscó otras noticias. En una de 2010 encontró una fotografía borrosa de varias personas saliendo de dependencias policiales. Un muchacho tapándose la cara con una mano.
Pelo oscuro, demasiado largo sobre la frente.
Daniel.
El pie de foto decía: «Uno de los jóvenes interrogados durante las primeras horas de la desaparición.» Laura notó que se le aceleraba el pulso. Su madre no solo conocía a Daniel. Sabía que la policía lo había interrogado.
Y diecisiete años después, pocas semanas antes de morir, había decidido escribirle. Laura abrió el mensaje de Daniel.
Tecleó:
«Quiero la carta.»
La respuesta llegó casi inmediatamente.
«Te la llevo cuando quieras.»
La puerta cerrada de la habitación atrajo su atención.
Después escribió:
«No. Déjame una copia en el buzón.»
Esta vez Daniel tardó un minuto.
«De acuerdo.»
Laura iba a guardar el teléfono cuando entró otro mensaje.
«Hay una cosa que debes saber antes de leerla.»
Esperó.
Los tres puntos aparecieron y desaparecieron dos veces.
Finalmente llegó:
«Tu madre me pidió que no te contara nada a menos que volvieras a la casa.»