La última noche de agosto CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

EL HOMbrE DE LA FOTO

Laura durmió mal.

No porque la casa hiciera ruidos, aunque los hacía. La madera se quejaba con cada cambio de temperatura y, de vez en cuando, una tubería golpeaba dentro de la pared con una insistencia que parecía deliberada. Tampoco por la cama, que era más dura de lo que recordaba.

Durmió mal porque cada vez que cerraba los ojos veía la mano del desconocido sobre su cintura.

A las tres y doce de la madrugada encendió el móvil y amplió la fotografía que había hecho con la cámara del teléfono antes de guardar la original en el cajón de la mesita. La imagen perdía calidad al acercarla, pero no cambiaba lo esencial: ella estaba mirándolo.

No recordaba su cara. No recordaba su nombre. Sí recordaba, en cambio, que Clara desapareció aquella noche. Eso era lo absurdo.

La desaparición de Clara no estaba borrada de su vida.

Había titulares, interrogatorios, semanas de llamadas, su madre apagando la televisión cuando aparecía la noticia.

Laura recordaba haber despertado en un hospital de Palamós con seis puntos cerca de la sien y a su madre sentada junto a la cama.

Recordaba que le dijeron que Clara no había vuelto a casa.

Lo que no recordaba eran las horas anteriores al golpe. Ni, ahora lo sabía, algunos días. Los médicos habían usado una expresión que su madre repitió durante años como si fuera una respuesta suficiente: amnesia retrógrada.

«Puede recuperar cosas. O no. No conviene forzar.»

Laura había dejado de forzar. A los diecisiete, olvidar podía confundirse con seguir adelante. A los treinta y cuatro, tumbada en una cama de Calella de Palafrugell, la diferencia le pareció menos clara. A las siete, Nora saltó sobre el colchón.

—Tengo hambre.

Laura abrió un ojo.

—Buenos días para ti también.

—Buenos días. Tengo hambre.

Desayunaron galletas, leche tibia y un café soluble que Laura prometió no volver a comprar. Después bajaron andando hacia el centro.

La mañana tenía una luz limpia. Septiembre se resistía a marcharse. El aire era fresco a la sombra, pero al sol todavía quedaba calor suficiente para que Nora preguntara dos veces si la prohibición de bañarse seguía vigente.

Pasaron junto a casas con persianas cerradas, pequeños jardines y terrazas que parecían esperar a gente que ya había vuelto a Barcelona, Girona o Francia. Cuando llegaron a Port Bo, Laura redujo el paso. Las arcadas blancas estaban allí. Las barcas en la arena.

El mar extendido frente a las casas bajas. Durante un segundo sintió que el tiempo no había avanzado de forma lineal, sino que se había doblado y aquel lugar era el pliegue.

—¿Aquí venías con la abuela? —preguntó Nora.

—Sí.

—¿Y con Clara?

Laura la miró.

—También.

—La de la foto.

—La de la foto.

Nora corrió hacia la arena antes de que Laura pudiera decirle que no se alejara. Se detuvo donde empezaba el agua y levantó los brazos cuando una ola pequeña le mojó las zapatillas.

—¡Nora!

—¡No me estoy bañando!

Técnicamente tenía razón. Laura se acercó, resignada. Fue entonces cuando vio al hombre.

Estaba junto a una de las barcas, hablando con otro hombre mayor. Camisa azul arremangada, vaqueros, una carpeta negra bajo el brazo. Tenía el pelo más corto que en la fotografía y algunas canas cerca de las sienes. La mandíbula era más marcada. Los años habían cambiado cosas.

No todas.

Laura se quedó quieta. El desconocido de la fotografía levantó la cabeza. Sus miradas se encontraron. El cambio en su cara duró menos de un segundo.

Lo suficiente.

La conversación con el hombre mayor se interrumpió. El desconocido dijo algo que Laura no oyó y comenzó a caminar hacia ella. Nora, ajena, había encontrado una piedra con forma de corazón. Laura pensó en marcharse. No lo hizo. El hombre se detuvo a dos metros.

De cerca era imposible no verlo. No porque se pareciera mucho al joven de 2009. Se parecía lo justo. Los ojos eran los mismos. Oscuros, con una pequeña asimetría en el párpado izquierdo. En la fotografía, Laura no había reparado en eso.

Ahora sí.

—Laura.

No fue una pregunta. El estómago se le cerró.

—Sabes quién soy.

El hombre bajó la vista un instante, como si hubiera cometido un error al pronunciar su nombre.

—Sí.

Nora apareció junto a ellos.

—Mamá, mira.

Le enseñó la piedra. Laura la cogió sin apartar los ojos del hombre.

—Es bonita.

—Tiene forma de corazón.

—Guárdala.

Nora miró al desconocido.

—Hola.

—Hola —dijo él.

Sonrió, pero la sonrisa no llegó a los ojos. Nora decidió que la presentación había terminado y volvió a la orilla. Laura esperó hasta que estuvo a distancia de oírla si llamaba.

—¿Cómo me conoces?

El hombre miró hacia el mar.

—No es una conversación para tener aquí.

—Pues empieza por tu nombre.

La vio prepararse para la respuesta antes de darla.

—Daniel.

Algo se movió en la memoria de Laura. No una imagen.

Una sensación.

La voz de alguien diciendo ese nombre desde otra habitación. Dani, trae hielo.

Desapareció.

Laura notó que había apretado tanto la piedra de Nora que le dolían los dedos.

—Daniel que.

—Rius.

—¿Estabas en mi casa en 2009?

Él miró hacia Nora. Después volvió a Laura.

—Sí.

—¿El treinta y uno de agosto?

Esta vez tardó.

—Sí.

Laura sacó el móvil. Buscó la foto y se la mostró. Daniel no necesitó acercarse. Su expresión cambió. No sorpresa. Algo más cansado.

—¿Dónde la has encontrado?

—Eso no importa.

—Importa.

—¿Quién eras para mí?

Daniel cerró los labios. Alrededor de ellos, una pareja arrastraba una tabla de paddle surf por la arena. Una mujer reía debajo de las arcadas. El mundo mantenía una normalidad casi ofensiva.

—¿Quién eras para mí? —repitió Laura.

Daniel la miró de una forma que la fotografía, de pronto, hizo comprensible.

—Alguien a quien conociste durante doce días.

Laura esperó.

—Eso no explica la foto.

—No.

—Entonces explícala.

Daniel se pasó una mano por la nuca.

—Nos conocimos el diecinueve de agosto.

—¿Y?

—Y durante doce días creímos que doce días eran mucho tiempo.

Lo primero fue rechazo. Después llegó la vergüenza por haberlo sentido.

—¿Fuimos pareja?

—No sé si a los veinte y diecisiete años usaríamos esa palabra.

—Yo tengo treinta y cuatro ahora. Úsala.

Daniel asintió una sola vez.

—Sí.

El ruido del mar pareció hacerse más fuerte. En la pantalla seguían su propia cara y su propia mano: una intimidad que otro hombre recordaba y ella no.

—¿Y después Clara desapareció?

Daniel no respondió. Aquello fue una respuesta. Laura guardó el teléfono.

—No te acerques a mi hija.

—No pensaba hacerlo.

—Ni a mí.

Daniel bajó la mirada.

—Laura, yo no sabía que ibas a volver.

Ella empezó a alejarse.

—Eso no es verdad.

Daniel la llamó. Laura se giró. Él tenía la carpeta apretada contra el costado.

—Tu madre me escribió poco antes de morir.

Laura dejó de respirar.

—Mi madre murió hace tres.

—Lo sé.

Daniel tragó saliva.

—Me escribió antes de morir.