La última noche de agosto CAPÍTULO 1
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La última noche de agosto

La última noche de agosto

Por Carlos Adrian Milan Morante

© inepub.com

CAPÍTULO 1

LA CASA

Laura olió el mar antes de verlo. Le llegó a través de la ventanilla entreabierta: sal, resina de pino y humedad. Un olor que no había recordado en diecisiete años y que, sin embargo, su cuerpo reconoció antes que ella.

—¿Ya hemos llegado?

Laura miró por el retrovisor. Nora llevaba una goma del pelo alrededor de una oreja de su conejo de peluche y la frente apoyada contra el cristal. Había preguntado lo mismo cuatro veces desde Palafrugell.

—Tres minutos.

—Antes eran cinco.

—Eso significa que nos estamos acercando.

Nora meditó la respuesta con la seriedad que reservaba para las cosas que podían ser una trampa.

—¿Tres de verdad o tres de mamá?

Laura sonrió.

—Tres del GPS.

—Vale. Esa señora no miente.

La señora del GPS eligió aquel momento para ordenarles que giraran a la derecha en la siguiente intersección.

Laura obedeció.

Entre dos casas apareció una franja de Mediterráneo, tan azul que por un instante pareció pintada sobre el final de la calle. Nora se incorporó todo lo que le permitía el cinturón.

—¡Mira!

—Lo veo.

—¿Podemos bañarnos?

—Estamos a finales de septiembre.

—Eso no es un no.

—Es un no con información adicional.

Nora volvió a dejarse caer contra el respaldo.

Laura siguió conduciendo. Las fachadas blancas, las tejas oscuras, las buganvillas que todavía conservaban color.

Pinos inclinados hacia el mar. Trozos de cielo entre las ramas.

Recordaba todo aquello y, al mismo tiempo, no recordaba nada de la forma correcta.

Durante diecisiete años había estado convencida de que aquella parte de su vida ya no le pertenecía. Su madre había vendido la casa después del verano de 2009. Eso le había dicho.

«No tenía sentido conservarla.»

Laura jamás había preguntado cuánto habían pagado por ella ni quién la había comprado.

A esa edad, las propiedades, las escrituras y los impuestos pertenecían al mismo territorio remoto que las revisiones del gas o los seguros de vida.

Después llegaron la universidad, los trabajos, Sergio, Nora.

La casa terminó convertida en una de esas cosas familiares que uno cree conocer porque las ha oído contar muchas veces.

Hasta que su madre murió. Tres meses después del entierro, un notario de Girona deslizó una carpeta azul sobre la mesa y pronunció una dirección de Calella de Palafrugell. Laura creyó que se había equivocado. No se había equivocado.

La casa seguía a nombre de su madre. Sin hipoteca. Los impuestos estaban al día. Aquello último fue lo que más le molestó.

Una mentira podía decirse una vez. Mantenerla durante diecisiete años, pagar el IBI, renovar seguros y fingir que la casa ya no existía exigía una constancia casi administrativa.

—¿Mamá?

—¿Qué?

—Te has pasado.

Laura frenó.

La voz del GPS anunció que estaba recalculando la ruta con una paciencia ofensiva.

—Muy bien —dijo Laura—. La señora tampoco es perfecta.

Nora soltó una carcajada. Tuvieron que dar la vuelta unos metros más adelante.

La casa apareció al final de una calle estrecha, algo apartada de las fachadas más juntas del centro. No daba directamente al mar. Nunca lo había hecho. Pero desde el pequeño desnivel del terreno, entre los pinos y los tejados, se distinguía una porción de agua.

Laura aparcó frente a la verja. No salió enseguida. La casa era más pequeña de lo que recordaba.

Dos plantas. Paredes encaladas. Contraventanas verdes que pedían pintura. Una buganvilla había trepado por la esquina de la terraza y se extendía hacia el balcón como si llevara años intentando entrar por una ventana.

En su memoria, la casa había sido enorme. Había habitaciones de sobra, un jardín que parecía prolongarse detrás de cada seto y una escalera que crujía aunque nadie subiera por ella. Ahora cabía entera dentro del parabrisas.

—¿Es esta? —preguntó Nora.

—Sí.

—Pues es muy bonita.

Laura miró las manchas de humedad bajo una ventana.

—Eso es porque todavía no sabes lo que cuesta arreglar una casa.

—Tengo seis años.

—Exacto. Aprovecha.

Nora abrió la puerta del coche.

—Espera.

Demasiado tarde.

Laura salió detrás de ella y abrió el maletero.

Habían traído dos maletas, una bolsa con comida para el primer día y una caja con cosas que Nora había declarado imprescindibles para sobrevivir: pinturas, tres cuentos, un dinosaurio de plástico, el conejo y una corona de princesa que ya había perdido dos piedras de colores.

—Primero entramos —dijo Laura—. Luego descargamos.

Sacó el manojo de llaves que le había entregado la agencia. Cuatro llaves antiguas y una nueva, todas unidas por una etiqueta blanca con la dirección escrita a mano. La verja se resistió un poco antes de abrirse. El chirrido del metal le recorrió la espalda.

Laura se quedó inmóvil. No recordó una imagen. Fue algo menos limpio que eso. Pies descalzos golpeando las losas del jardín. Una toalla roja desapareciendo detrás de la esquina. Una muchacha riéndose. Y una voz, muy cerca de su oído:

Laura, corre.

Después nada.

El jardín volvió a estar vacío. Nora estaba junto a la puerta de entrada, mirándola.

—¿Vienes?

Laura apretó las llaves en la mano.

—Sí.

—Parecía que te habías quedado congelada.

—Estoy oxidada. Es distinto.

—Eso les pasa a las bicis.

—Y a las madres.

Nora aceptó la explicación.

La mujer de la inmobiliaria había pasado dos días antes para abrir ventanas, comprobar el agua y conectar de nuevo la electricidad. Aun así, al empujar la puerta principal, el aire de la casa salió a recibirlas con una mezcla de madera vieja, polvo y humedad.

Nora arrugó la nariz.

—Huele raro.

Laura entró.

—Las casas cerradas huelen así.

Dio dos pasos y se detuvo. Debajo de la humedad había otro olor. Jabón de lavanda, quizá. O alcanfor. Algo seco y dulzón que su madre utilizaba en los armarios. Nora también lo encontró.

—Huele un poco a la abuela.

Laura no contestó. No porque la frase le diera pena. La pena era una cosa conocida, casi cómoda a aquellas alturas. Lo que la incomodó fue la precisión. Su madre no había vivido allí desde 2009. Al menos eso era lo que Laura creía. Abrió una contraventana.

La luz de la tarde entró de golpe y convirtió el polvo suspendido en miles de puntos blancos. El salón seguía casi igual.

El sofá beige bajo una sábana. El aparador de madera oscura.

Una televisión gruesa, de las que ocupaban medio mueble, junto a un reproductor de DVD.

En una estantería permanecían varias novelas de bolsillo deformadas por la humedad y una guía de carreteras de Cataluña que debía de llevar años sin ser útil para nadie.

Nora recorrió la habitación despacio.

—¿Vivías aquí cuando eras pequeña?

—Solo en verano.

—¿Con la abuela?

—Sí.

—¿Y el abuelo?

Laura tardó una fracción de segundo más de lo necesario en responder.

—A veces.

Nora levantó una esquina de la sábana del sofá.

—Qué feo.

—En 2009 no era tan feo.

—Sí que lo era. Lo que pasa es que antes no lo sabíais.

Laura soltó una risa breve. Agradeció el sonido. Sobre el aparador había una marca semicircular en la madera. La vio antes de recordar de dónde venía.

Una botella.

Una noche.

Música demasiado alta. Alguien diciendo que bajaran el volumen porque su madre iba a despertarse. Laura pasó el pulgar sobre la marca. Durante un instante tuvo la sensación absurda de que, si cerraba los ojos, la música regresaría. No los cerró. Su teléfono vibró dentro del bolso.

Sergio.

«Avísame cuando lleguéis. Y que Nora me llame antes de cenar.»

Laura escribió «Ya estamos» y añadió una foto de Nora inspeccionando la televisión como si fuera una pieza arqueológica. Sergio respondió con una cara riéndose. Eso era todo.

Sin reproches. Sin preguntas. Sin aquella clase de mensajes que obligaban a releer tres veces una frase buscando la pelea escondida. La separación había resultado más sencilla que los meses anteriores a la separación. Quizá por eso dolía de una manera tan extraña.

—¿Puedo elegir habitación? —preguntó Nora.

—Puedes mirar las habitaciones.

—Eso es casi lo mismo.

—No.

Nora ya estaba en la escalera.

—¡Sin correr!

Los pasos no disminuyeron ni un poco. Laura negó con la cabeza. Se quedó sola en el salón. Entonces la oyó. Tres golpes secos.

Arriba.

Laura alzó la vista.

—¿Nora?

Silencio.

—¿Nora?

—¡¿Qué?!

La voz llegó desde el piso superior, viva y perfectamente aburrida.

—¿Has hecho ruido?

—Estoy abriendo un armario.

Laura soltó el aire.

Claro.

Una casa vieja. Madera. Puertas. Tuberías. El tipo de sonidos que una casa hacía cuando llevaba demasiado tiempo sin niños. Fue hacia la cocina.

Allí sí había cambios. La agencia había dejado una botella de agua, un rollo de papel de cocina y un paquete de bolsas de basura sobre la encimera. La nevera estaba encendida y vacía. Una nota amarilla pegada en la puerta decía: «Agua y luz OK. Caldera pendiente de revisión. Marta.»

En el centro de la mesa había una caja de zapatos. Laura la miró un momento. Encima tenía otra nota de la misma mujer.

«Encontrado en armario del pasillo.»

Un alivio ridículo le aflojó los hombros. La caja ya tenía una explicación. Levantó la tapa. Había llaves sin etiqueta, dos cintas de casete, varias conchas, un mechero metálico, una pulsera de hilo descolorida y un montón de fotografías sujetas con una goma elástica reseca.

Laura tocó la pulsera. Azul y blanca. Sintió un pequeño tirón en algún lugar detrás del esternón.

La conocía.

No sabía de qué. La dejó donde estaba. Cogió las fotografías.

Las primeras no tenían nada especial. Su madre en la terraza. Una comida familiar. Laura con catorce o quince años haciendo una mueca a la cámara. Un grupo de adultos alrededor de una mesa llena de platos. Una foto mal enfocada del mar.

Pasó otra.

Y se detuvo. Cinco jóvenes posaban en la terraza de la casa. La fotografía estaba algo descolorida y tenía una esquina doblada. Debía de haberse hecho al atardecer; detrás de ellos el cielo era claro todavía, pero las caras recibían la luz amarillenta de la lámpara exterior.

Laura reconoció a Clara inmediatamente. Estaba sentada sobre la barandilla, descalza, con una sonrisa enorme y el pelo recogido de cualquier manera. A su lado estaba Àlex, más delgado de lo que Laura lo recordaba, haciendo con dos dedos unos cuernos detrás de la cabeza de alguien.

Mireia aparecía medio escondida junto a la puerta, sujetando un vaso de plástico. Y delante de todos estaba Laura.

Diecisiete años.

Pelo largo y oscuro. Una camisa roja anudada a la cintura.

Bronceada.

Feliz.

Laura acercó la fotografía. La chica de diecisiete años tenía una expresión que le resultaba extrañamente ajena. No era solo juventud. Era confianza. La clase de certeza absurda de quien todavía no sabe cuántas cosas pueden terminar sin avisar. Había un quinto joven detrás de ella.

Un muchacho que aparentaba veinte o veintiún años. Delgado. Pelo oscuro, demasiado largo sobre la frente. Llevaba una camiseta gris y una pulsera negra en la muñeca derecha. Laura no lo reconoció.

Eso, por sí solo, no debería haber significado nada. Habían pasado diecisiete años. Aquel verano conocieron gente. Amigos de amigos. Chicos que aparecían una noche y al día siguiente ya estaban en otro pueblo, en otra playa, en otra historia.

Pero el desconocido tenía el brazo alrededor de su cintura. Y la mano izquierda de Laura descansaba encima de la de él. No como quien tolera una fotografía. Como quien está acostumbrada a encontrar esa mano allí. Laura notó que se le secaba la boca.

Le dio la vuelta a la foto. Había una fecha escrita con bolígrafo azul. 31 de agosto de 2009. Debajo, dos palabras.

«Última noche.»

Laura volvió a mirar las cinco caras.

Clara.

Àlex.

Mireia.

Ella.

El muchacho.

Contó otra vez, sin saber por qué.

Cinco.

Una presión sorda comenzó a formarse detrás de sus ojos. El 31 de agosto.

Sabía que habían pasado aquella última semana en Calella. Sabía que había discutido con su madre. Sabía que Àlex había roto una silla de plástico al sentarse de golpe y que todos se habían reído durante horas.

Recordaba a Clara cantando una habanera inventándose la mitad de la letra. Recordaba incluso el vestido amarillo de Mireia una tarde en Port Bo. Pero de aquella noche solo encontraba imágenes separadas, sin orden. Una botella rodando por el suelo. Piedras húmedas bajo los pies.

Una luz moviéndose sobre el agua.

Y frío.

Mucho frío.

Laura dejó la fotografía sobre la mesa. La cocina parecía haberse quedado demasiado silenciosa. Desde fuera llegaba el sonido lejano de una moto y, más abajo, el rumor del mar contra la costa. Nada más. Se obligó a respirar despacio.

Un recuerdo no era una grabación. Lo sabía. La gente olvidaba caras, conversaciones, semanas enteras. Había compañeros de universidad cuyo nombre ya no podía recuperar y vecinos del primer piso de Barcelona que se habían borrado por completo de su cabeza.

No había nada imposible en no reconocer a un chico de hacía diecisiete años.

Nada.

Cogió de nuevo la foto. La acercó a la luz de la ventana. El muchacho miraba a la cámara.

Laura no.

Laura lo estaba mirando a él.

Y sonreía.

No con la sonrisa grande que ofrecía en las fotos familiares. Era una sonrisa pequeña, casi privada. Una que no parecía destinada a quien sostenía la cámara. Algo se movió en la escalera. Laura giró la cabeza. Nora apareció en la puerta de la cocina.

—He elegido habitación.

—Te he dicho que solo miraras.

—He mirado mucho y luego he elegido.

Laura dejó escapar una risa que no llegó a convertirse en risa. Nora se acercó a la mesa.

—¿Eres tú?

—Sí.

—Qué pelo.

—Gracias.

—No era un cumplido.

Nora cogió la esquina de la fotografía con cuidado.

—¿Quién es esta?

—Clara.

—¿Y este?

—Àlex.

—¿Y ella?

—Mireia.

El dedo de Nora se desplazó hasta el muchacho de la camiseta gris.

—¿Y este que te abraza?

Laura tardó un poco en responder.

—No lo sé.

Nora levantó la vista.

—¿No sabes cómo se llama?

—No.

La niña volvió a mirar la foto. Frunció el ceño con aquella concentración absoluta que utilizaba para los puzles.

—Pues tú sí.

Un escalofrío leve le recorrió los brazos.

—¿Qué?

Nora señaló a la muchacha de diecisiete años.

—Esa tú. Ella sí sabe quién es.

Laura no respondió. No hacía falta. La Laura de la fotografía tenía la mano sobre la de aquel hombre y lo miraba como si en ese momento no hubiera nadie más en la terraza. El problema no era que Laura no recordara su nombre.

Era que no recordaba haberlo mirado así.