Capítulo 52 — El silencio entre dos ciudades
La semana del Booker llegó sin que Bárbara se sintiera preparada. Durante años había convivido con la presión pública. Premios, conferencias, entrevistas, viajes.
El reconocimiento formaba parte inevitable de su carrera como periodista, y había aprendido a moverse dentro de ese mundo con una mezcla de ironía y disciplina que le permitía estar presente sin perderse demasiado en ello. Pero aquello era distinto. Porque el libro no era solo una obra literaria.
Era una historia personal, con nombres y muertos reales y una familia que había cargado con un silencio durante más de sesenta años, no porque lo hubiera elegido, sino porque nadie le había dado otra opción.
Y cada vez que un crítico analizaba la estructura narrativa de «La última Navidad de Sophie», o un lector describía en una carta lo mucho que le había conmovido la historia de Isabelle, Bárbara sentía que una parte íntima de su propia sangre quedaba expuesta al mundo de una manera que ningún artículo periodístico, por duro que hubiera sido, le había producido nunca.
La casa de Morningside estaba en silencio aquella mañana. El cielo sobre Edimburgo tenía ese color gris metálico de noviembre que no es exactamente nublado ni despejado, sino algo intermedio y persistente, como si la propia atmósfera no hubiera terminado de decidir qué quería ser aquel día.
Bárbara estaba sentada en el despacho, con una taza de café frío y el teléfono sobre la mesa, mirando la pantalla con esa atención involuntaria que se tiene hacia los objetos que podrían traer noticias y que no las traen.
Gabriele no había escrito desde hacía dos días.
No habían discutido. No había habido reproches ni promesas rotas.
Solo la distancia, ese espacio geográfico entre Edimburgo y Colmar que en teoría no era enorme y que, en la práctica, cuando dos personas todavía no saben exactamente qué son la una para la otra, puede expandirse hasta convertirse en algo mucho más complicado que los kilómetros que lo componen.
Bárbara conocía bien los mecanismos del deseo y del miedo en ese estadio tan particular en que una historia entre dos personas todavía no ha encontrado su forma definitiva, cuando cualquier silencio puede interpretarse de demasiadas maneras distintas y ninguna de ellas tranquiliza del todo.
Caminó hasta la ventana. Desde allí veía el jardín pequeño cubierto de hojas húmedas y las casas vecinas con sus chimeneas encendidas, el humo subiendo en líneas grises hacia el cielo del mismo color.
El viento movía las ramas desnudas de los árboles y el sonido seco contra el cristal le recordó de repente el otoño en Colmar, las ramas de los árboles del canal agitándose mientras ella corría por las calles con el bolso apretado contra el pecho.
Pero lo que su mente buscaba en aquel recuerdo no era la tensión del molino ni el frío del puente. Era la biblioteca a media mañana y los ojos oscuros de Gabriele alzándose de los documentos cuando ella entraba, con esa mirada de quien ya estaba pensando en algo y no se molestaba en fingir que no.
El recuerdo era tan nítido que casi parecía físico. Se preguntó si él estaría pensando lo mismo, si en algún momento de aquellos dos días de silencio habría levantado también los ojos de algún archivo y pensado en ella con aquella misma mezcla incómoda de certeza y duda.
El teléfono sonó a media mañana. Andrew.
—Dime que no estás escondida debajo de una manta —dijo sin saludo.
—Todavía no.
—Bien. Porque dentro de dos días vas a estar rodeada de fotógrafos y necesito que parezcas una persona que ha dormido.
Bárbara suspiró.
—¿Cuánta gente va?
—Demasiada. Lo cual es exactamente lo que necesita el libro, aunque ahora mismo a ti no te entusiasme.
—Eso no me tranquiliza.
—Debería. Significa que tu libro importa.
Bárbara se dejó caer en la silla, mirando la fotografía de Sophie que había enmarcado y colocado sobre la estantería del despacho, la misma que había encontrado en la librería de Matthieu.
En ella, Sophie, con abrigo oscuro y el pelo recogido, miraba hacia el objetivo con una expresión que Bárbara ya no interpretaba como desafío, sino como algo más cercano a la determinación tranquila de quien ha tomado una decisión y ya no necesita que nadie se la valide.
—Andrew…
—Sí.
—¿Y si no gano?
Hubo un breve silencio, del tipo que Andrew usaba cuando estaba eligiendo ser honesto en lugar de estratégico.
—Entonces habrás escrito un libro que ha llegado mucho más lejos de lo que imaginábamos, que ya es bastante más de lo que la mayoría de los escritores consigue.
—Eso suena a consuelo editorial.
—Lo es. Pero también es verdad, y las dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.
Bárbara sonrió sin querer.
—Escucha —dijo Andrew, bajando un poco la voz—. No escribiste ese libro para ganar premios.
—Lo sé.
—Lo escribiste porque Sophie MacLeod se lo merecía. Y su historia ya está contada. El premio es otra cosa.
Bárbara miró la fotografía.
—Sí.
—Entonces ya ganaste. Todo lo demás es ceremonial.
Después de colgar, la casa volvió a su silencio. Bárbara estuvo a punto de salir a caminar. Tenía ya el abrigo en la mano cuando el teléfono vibró sobre la mesa con una insistencia que la hizo detenerse antes de llegar a la puerta.
Gabriele.
El mensaje era corto, con esa economía de palabras que era su estilo natural y que Bárbara había aprendido a leer no como distancia sino como lo contrario, la forma que tienen ciertas personas de decir solo lo que de verdad quieren decir.
Hoy he pasado por el puente del molino.
Bárbara se quedó inmóvil con el abrigo todavía en la mano, sintiendo algo moverse en el pecho. No supo si llamarlo alivio, anticipación o simplemente el reconocimiento de que aquel hombre ocupaba ya un espacio en su mente que no iba a reducirse fácilmente con el tiempo ni con la distancia.
Escribió:
¿Y?
La respuesta tardó unos minutos, lo justo para que Bárbara dejara el abrigo en el respaldo de la silla y se sentara en el borde del escritorio.
Las flores siguen allí.
Bárbara cerró los ojos un segundo. Alguien en Colmar seguía dejando flores junto al molino, un gesto anónimo que había empezado poco después de que la historia saliera a la luz y que el inspector Renard le había mencionado de pasada en uno de sus correos, sin darle demasiada importancia, como si fuera la cosa más natural del mundo que una ciudad decidiera así, sin organizarlo nadie, honrar a los muertos que había ignorado durante demasiado tiempo. Escribió:
Colmar no ha olvidado a Sophie.
El siguiente mensaje llegó casi de inmediato, y Bárbara lo leyó dos veces antes de apartar el teléfono de la pantalla, no porque no lo entendiera sino exactamente porque lo entendía demasiado bien.
Yo tampoco te he olvidado a ti.
Aquella frase era peligrosa. Contenía demasiadas cosas que ninguno de los dos había dicho directamente todavía, sentimientos que no podían expresarse bien a través de una pantalla y que, sin embargo, ya existían con toda la claridad incómoda de las verdades que uno intenta ignorar y permanecen ahí, esperando, con la paciencia de las cosas que son reales.
Durante varios minutos Bárbara no respondió, mirando el mensaje con una mezcla de valentía y cobardía que reconoció como su estado habitual ante cualquier cosa que le importara de verdad. Finalmente escribió:
La ceremonia es pasado mañana.
No era una respuesta a lo que él había dicho. Era otra cosa, una forma de decirle algo sin decirlo, de abrir una puerta sin atreverse a señalarla.
El silencio duró más tiempo esta vez, lo suficiente para que Bárbara pensara que quizás había elegido mal las palabras, que la ambigüedad podía leerse también como distancia.
Luego apareció el mensaje.
Lo sé.
Solo eso. Dos palabras que cabían en cualquier interpretación y que, sin embargo, viniendo de Gabriele, sonaron a algo mucho más específico que una simple confirmación. Él nunca decía más de lo necesario, pero decía exactamente lo que pensaba.
La víspera del Booker llegó envuelta en lluvia, ese tipo de lluvia de Edimburgo que no es violenta sino simplemente insistente, que lo cubre todo con una capa húmeda y uniforme que oscurece los colores y hace que los adoquines del centro brillen con un tono casi negro.
Bárbara pasó la tarde con su madre.
Moira MacLeod se movía por la casa con esa tranquilidad particular suya que no era indiferencia, sino la forma que había elegido, desde siempre, de demostrar que estaba presente. Mientras ella mantuviera la calma, parecía decir, no había motivo para que nadie más la perdiera.
Preparó té sin que nadie se lo pidiera. Planchó el vestido negro de la ceremonia con una concentración desproporcionada para la tarea.
Cuando finalmente se sentó frente a Bárbara en la mesa de la cocina con las dos tazas entre ellas, la miró con esa mirada de las madres que han aprendido a leer a sus hijas en el silencio.
—El vestido está listo.
—Gracias.
—¿Estás nerviosa?
Bárbara dudó.
—Un poco.
Moira la observó durante un momento.
—No por el premio.
No era una pregunta.
—No.
La madre sonrió suavemente, una sonrisa que tenía dentro algo cálido y algo levemente triste a la vez, como las sonrisas de quien reconoce en otro el mismo tipo de felicidad y el mismo miedo que ha sentido alguna vez.
—¿Por el hombre italiano?
Bárbara levantó la vista.
—¿Se nota tanto?
—Soy tu madre —dijo Moira simplemente—. Y llevas tres días mirando el teléfono cada cuarto de hora pensando que nadie lo nota.
Hubo un breve silencio entre las dos, cómodo y honesto.
—No sé si vendrá —dijo finalmente Bárbara.
Y en esas cuatro palabras estaba todo: la esperanza que no había querido llamar así, el miedo a creer en algo que todavía no tenía nombre y la distancia entre Edimburgo y Colmar, que a veces parecía manejable y otras, un obstáculo difícil de superar.
Moira apoyó una mano sobre la mesa, cerca de la de Bárbara sin llegar a cubrirla, ese gesto de los padres que quieren tocar, pero respetan el espacio.
—Las personas que importan de verdad siempre encuentran la forma de aparecer.
Bárbara no respondió. No porque no creyera a su madre, sino porque temía creer demasiado y que aquella creencia resultara ser solo lo que quería escuchar en lugar de lo que era verdad.
Aquella noche durmió poco. A las tres de la madrugada bajó al despacho, encendió la lámpara y se sentó frente al ejemplar de La última Navidad de Sophie que guardaba sobre la mesa desde el día en que Andrew le había entregado los primeros ejemplares de imprenta.
Lo abrió por la primera página y leyó despacio, sin prisa, como si necesitara recorrer aquella historia una vez más para recordar exactamente por qué la había escrito, qué había querido decir con ella más allá de los titulares y los premios y las listas de más vendidos.
Cada capítulo le devolvía algo: el olor de la librería de Matthieu, el frío del banco junto al canal, el sonido del disparo en el molino resonando contra las paredes de madera, la voz de Claire cuando dijo: «Yo soy Isabelle», con esa firmeza de quien había esperado décadas para pronunciar aquellas palabras.
Y entre esos recuerdos, entretejido sin que ella lo hubiera planeado, estaba Gabriele.
La biblioteca a primera hora de la mañana. El café en la cafetería con las ventanas empañadas. Sus manos sobre los documentos. La manera en que la había mirado en el viñedo, con el sol cayendo sobre las cepas todavía verdes y la fotografía de Sophie entre los dedos de ella.
Bárbara cerró el libro. Y comprendió, en el silencio de su propio despacho a las tres de la madrugada, algo que Sophie le había enseñado sin proponérselo: que las historias que merecen ser vividas exigen exactamente el mismo tipo de valentía que las que merecen ser contadas.
Que elegir la verdad, cualquier clase de verdad, siempre tiene un precio, pero también, si uno es suficientemente terco para llegar hasta el final, algo que se parece mucho a una recompensa.
La mañana de la ceremonia amaneció clara.
Por primera vez en semanas, el cielo sobre Edimburgo tenía un azul tenue y limpio que hacía que las fachadas de piedra oscura parecieran casi luminosas, como si la ciudad hubiera decidido hacer un esfuerzo extraordinario precisamente aquella mañana.
Bárbara salió temprano a caminar, antes de que el teléfono empezara a llenarse de mensajes de periodistas y la agenda del día se desplegara en su pantalla con esa tiranía amable de los días importantes.
Caminó hasta Princes Street Gardens, con las manos en los bolsillos del abrigo y el aire frío limpiándole la cabeza de todo el ruido acumulado.
Sacó el teléfono. No había mensajes nuevos.
Miró el castillo, sus torres contra el azul pálido del cielo de noviembre, su solidez de siglos indiferente a todo lo que ocurría a sus pies, y respiró profundamente.
Y aceptó, por fin, algo que llevaba días evitando pensar con claridad: que, independientemente de lo que ocurriera aquella noche, de si Gabriele aparecía o no, de si el premio llegaba o no, había algo que ya no podría quitarle nadie.
Había ido a Colmar buscando una historia que escribir.
Había encontrado a su abuela, a una heredera sin nombre, a un padre que llegó tarde, pero llegó a tiempo, exactamente cuando importaba, y a un historiador milanés de ojos oscuros que leía los archivos como si fueran personas y que la miraba a ella como si fuera el documento más interesante que había encontrado en toda su carrera.
El teléfono vibró. Bárbara lo miró. Un mensaje de Gabriele. Sin texto. Solo una fotografía.
El andén de una estación. Una maleta pequeña. Y en el reflejo del cristal de la ventanilla del tren, inconfundible, la silueta de un hombre de abrigo oscuro con el cabello ligeramente revuelto por el viento del andén. Bárbara miró la imagen durante un momento largo.
¿Adónde vuelas?
A Londres.
¿Cuándo llegas?
La respuesta llegó antes de que hubiera terminado de guardar el teléfono en el bolsillo.
Esta tarde.
Bárbara levantó la vista hacia el castillo, hacia el cielo azul sobre Edimburgo, hacia las ramas desnudas de los árboles del parque moviéndose con el viento de la mañana.
Y sonrió.