Capítulo 53 — La noche de los Booker
Old Billingsgate, a orillas del Támesis, estaba iluminado para una de las grandes noches de la literatura británica.
La imponente fachada de Old Billingsgate brillaba bajo los focos instalados para la ceremonia.
Sus grandes ventanales y su arquitectura italianizante se recortaban junto al Támesis, mientras las luces de Londres se reflejaban sobre el agua.
Con el paso de las décadas, el Booker se había convertido en algo más que un premio literario: era una consagración internacional capaz de transformar la trayectoria de un escritor.
Autores poco conocidos podían alcanzar de pronto una proyección mundial, y novelas que ya habían despertado interés multiplicaban su alcance entre lectores y críticos.
Ganarlo significaba entrar en una tradición literaria que incluía algunos de los nombres más influyentes de la literatura contemporánea.
Para muchos escritores, ganar el Booker representaba una de las mayores consagraciones a las que podía aspirar una carrera literaria.
Y aquella noche, entre los finalistas, estaba Bárbara MacLeod.
Bárbara había salido de Edimburgo aquella misma mañana. A primera hora de la tarde ya estaba en Londres. Apenas tuvo tiempo de pasar por el hotel, cambiarse y prepararse antes de que el coche enviado por la organización fuera a recogerla.
El coche negro se detuvo frente al edificio. Durante unos segundos, Bárbara permaneció sentada sin moverse. El ruido de las cámaras y las voces de los periodistas llegaban desde fuera como un murmullo distante. Andrew, sentado a su lado, la miró.
—Respira.
Bárbara sonrió levemente.
—Eso intento.
El asistente abrió la puerta y una ráfaga de aire frío entró de golpe en el coche. Cuando Bárbara bajó del coche, los flashes comenzaron a dispararse.
—¡Bárbara!
—¡Por aquí!
—¡Una foto!
La alfombra roja se extendía hasta la entrada del edificio.
Bárbara avanzó despacio. Estaba nerviosa, sí, pero también sostenida por la serenidad que había aprendido después de enfrentarse como periodista a situaciones mucho más tensas.
Pero aquella noche era diferente. No estaba allí como investigadora.
Ni como reportera. Estaba allí como escritora.
Había elegido un vestido sencillo de color negro, elegante, de líneas limpias y sin excesos. El tipo de vestido que no intentaba llamar la atención, pero que tenía una presencia silenciosa y segura.
Moira lo había visto antes de salir.
—Es perfecto.
—¿No es demasiado sobrio?
Moira había sonreído.
—No necesitas competir con el vestido.
En una de las mesas próximas al escenario estaba su familia. Su madre. Sus primos. Incluso algunos familiares que apenas veía desde hacía tiempo habían viajado para estar allí. Todos sabían lo que significaba aquella noche. No solo el premio. Sino la historia.
Durante décadas la figura de Sophie MacLeod había sido una sombra en la familia. Un silencio incómodo. Una ausencia sin explicación.
Y ahora, gracias al libro, aquella verdad había salido definitivamente a la luz. No era un escándalo familiar. Era una historia de valentía. Una historia que merecía ser contada. Y Bárbara la había contado.
El interior de Old Billingsgate estaba lleno. Mesas redondas cubiertas con manteles blancos. Copas de cristal que reflejaban la luz de las lámparas. Autores, editores, periodistas y representantes del mundo literario llenaban la sala.
Toda la élite del mundo literario británico estaba allí. Bárbara tomó asiento junto a Andrew.
—Recuerda. Incluso si no ganas, ya has ganado.
Bárbara levantó una ceja.
—Eso vuelve a ser un discurso de editor.
Andrew rio.
—Lo es.
Cuando comenzó la ceremonia, uno de los actores invitados subió al escenario para leer un fragmento de cada una de las novelas finalistas.
Cuando llegó el turno de «La última Navidad de Sophie», la sala se quedó en silencio. La voz del actor resonó con claridad. Era el pasaje del cuaderno de Sophie: «No me mueve el heroísmo. Me mueve la imposibilidad de mirar hacia otro lado.»
Un silencio profundo llenó la sala. Bárbara sintió un nudo en la garganta. No por el premio. Sino por la mujer que había escrito esas palabras.
El presidente del jurado subió al escenario. En su mano llevaba el sobre con el nombre del ganador.
—El Premio Booker de este año es para…
La pausa fue interminable.
La sala entera contenía la respiración.
—Bárbara MacLeod, por «La última Navidad de Sophie».
El aplauso fue inmediato. Fuerte. Sostenido.
—¡Lo sabía! —Andrew golpeó la mesa con entusiasmo.
Bárbara tardó un segundo en levantarse. Sentía el corazón acelerado, las piernas ligeramente débiles. Aun así, caminó hacia el escenario con calma.
El trofeo era más pesado de lo que imaginaba. Cuando lo sostuvo entre las manos, sintió una emoción inesperada. No era orgullo. Era algo más profundo. Gratitud.
Se acercó al micrófono. La sala estaba completamente en silencio.
—Gracias. —Su voz tembló apenas. Respiró—. Este libro nació de una pregunta. Una pregunta que llevaba demasiado tiempo sin respuesta. Durante décadas la historia de Sophie MacLeod estuvo enterrada bajo el silencio. Pero Sophie no fue solo una periodista extraordinaria.
Bárbara hizo una pausa. Los ojos le brillaban.
—Sophie MacLeod era mi abuela. Muchos me habéis preguntado por la coincidencia del apellido; otros, cómo podía conocer con tanto detalle lo que ocurrió. La respuesta es sencilla: escribí esta historia desde dentro. Mucho más de lo que había imaginado cuando empecé a investigarla.
Un murmullo recorrió la sala. Todas las cámaras se centraron aún más en ella. Los periodistas no perdían detalle de lo que tenía que contar.
—Su historia permaneció oculta. No por falta de importancia. Sino por miedo. Por vergüenza. Por las decisiones equivocadas de personas que creían que la verdad podía esconderse para siempre.
Bárbara respiró profundamente mientras las lágrimas empezaban a aparecer en sus ojos.
—Yo solo hice lo que creo que ella habría hecho. Contar la historia. Porque hay momentos en los que mirar hacia otro lado deja de ser una opción. —Miró la sala—. Este premio no es mío. Es de Sophie.
El aplauso fue inmediato. Más fuerte que antes. Más largo.
Bárbara levantó ligeramente el trofeo. Y por primera vez en toda la noche permitió que la emoción la alcanzara de verdad.
Cuando bajó del escenario, Bárbara miró hacia el fondo de la sala. Y entonces lo vio. Gabriele estaba de pie, observándola. Traje oscuro, la mirada fija en ella y, pensó Bárbara con una sacudida en el pecho, más guapo y sexy que nunca.
¡Había venido! Bárbara no sabía en qué momento había entrado. Quizá cuando la ceremonia ya había comenzado. Solo sabía que estaba allí. Sus miradas se encontraron.
Y en ese momento Bárbara comprendió algo con absoluta claridad: algunas historias no terminan cuando creemos. Solo están esperando su siguiente capítulo