La última Navidad de Sophie Capítulo 51 —La ciudad de piedra
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Capítulo 51 —La ciudad de piedra

Edimburgo la recibió con viento. No lluvia, esta vez, sino un viento frío y constante que barría las calles con esa obstinación antigua de las ciudades del norte.

Tras veinticinco minutos de recorrido desde el aeropuerto, el taxi empezó a subir por las avenidas húmedas de la ciudad. Bárbara apoyó la cabeza contra la ventanilla y miró el paisaje con una atención casi nueva.

Llevaba años viviendo allí. Conocía aquellas calles de memoria.

Los edificios georgianos de piedra oscura, los parques abiertos como respiraciones entre las avenidas.

Las pendientes que parecían haber sido pensadas para obligar a cualquiera a recordar que Escocia nunca concede del todo la comodidad.

Y, sin embargo, aquella mañana todo tenía una cualidad distinta.

No era que la ciudad hubiese cambiado. Era ella.

Había regresado otras veces de viajes largos, de investigaciones en el extranjero, de congresos y entrevistas.

Siempre volvía con esa sensación familiar de alivio, de entrar de nuevo en su casa, su cama, su rutina.

Pero esta vez llevaba dentro algo más que cansancio o trabajo acumulado.

Llevaba una ausencia, y las ausencias, cuando se las trae de vuelta a casa, tienen una manera silenciosa de instalarse en el alma como la humedad en las paredes.

El taxi se detuvo frente a su casa en Morningside. La verja seguía igual. El pequeño jardín delantero, castigado por el otoño, tenía ese aspecto digno y un poco melancólico de las cosas que sobreviven sin hacer ruido.

La fachada de piedra gris parecía observadora, severa, casi escocesa en su compostura. Bárbara pagó al conductor, bajó la maleta y se quedó unos segundos de pie frente a la puerta. Aquella era su casa desde hacía años. Desde que se independizó y decidió seguir su camino sin el amparo de sus padres.

Su lugar, el espacio desde el que había escrito reportajes que derribaron carreras políticas, desde el que había contestado llamadas a horas imposibles, desde el que había construido una vida entera basada en la disciplina, la precisión y una cierta forma elegante de la soledad.

Ahora, sin embargo, la casa parecía esperar algo de ella. O quizá no la casa, quizá ella misma, aunque aún no sabía qué.

Abrió. Dentro la recibió el silencio y la reconfortante sensación de regresar a su amada rutina.

Dejó la maleta en el recibidor y caminó despacio por las habitaciones.

El salón estaba tal como lo había dejado. La chimenea, apagada. Los libros. La lámpara junto al sofá. La alfombra oscura. Todo impecablemente quieto, como si el tiempo en Edimburgo hubiera decidido no moverse con más cortesía que el resto del mundo.

Subió al despacho. Allí el contraste fue mayor.

Sobre la mesa seguían apilados varios ejemplares de «La última Navidad de Sophie», algunos periódicos abiertos por las páginas de cultura, una libreta con anotaciones sobre el diario de Sophie y dos cartas sin abrir que la asistente de la editorial había reenviado desde Londres.

Desde allí veía los tejados húmedos, las ramas agitadas por el viento y, a lo lejos, una franja de cielo gris que parecía suspendida sobre la ciudad como una memoria.

Pensó en Gabriele. No de manera deliberada. Simplemente apareció en su mente, casi sin poder evitarlo. El recuerdo de su voz tranquila, de su manera de escuchar, de esa cortesía sin afectación que le había resultado tan extrañamente reconfortante.

Bárbara cerró los ojos un segundo. Aquello era precisamente lo difícil.

No había habido promesas. Ni escenas desmesuradas. Ni una declaración precipitada que pudiera desacreditarse con el tiempo. Solo una cercanía verdadera, nacida cuando ninguno de los dos la esperaba y en el momento más improbable.

Y tal vez por eso mismo resultaba más difícil de dejar atrás.

Encendió la lámpara del escritorio, aunque aún no había anochecido del todo. La luz cálida recortó el borde de los libros y los papeles.

Sacó el teléfono del bolso y lo dejó sobre la mesa. No escribió a Gabriele. Tampoco había llegado ningún mensaje nuevo de él.

El silencio entre dos personas que empiezan a importar puede ser mucho más elocuente que cualquier conversación.

Una semana después de su regreso, Andrew la llamó. Fue el comienzo de un retorno brusco a la vida pública.

—Bienvenida otra vez al ruido —dijo sin preámbulos.

—Gracias por la delicadeza.

—No la mereces. ¿Has visto los correos?

—Todavía no.

—Pues deberías.

Bárbara se sentó en el borde del sofá del despacho.

—¿Algo urgente?

—Depende de tu definición de urgente. Si para ti no lo es que quieran entrevistarte en Nueva York, París y Dublín en la misma semana, entonces no, nada urgente.

Bárbara suspiró.

—Andrew.

—Sí.

—Estoy cansada.

Hubo un breve silencio. Cuando habló de nuevo, el tono de su editor era menos teatral.

—Lo sé.

—No quiero hacer una gira interminable otra vez.

—No hace falta. Podemos reducirlo.

—Quiero tiempo.

—También eso podemos hacerlo.

Bárbara miró por la ventana.

—¿Y el Booker?

—Eso no podemos reducirlo.

A ella se le escapó una media sonrisa.

—Imaginaba algo así.

—La ceremonia es en tres semanas. Y, aunque odie ser pragmático cuando te pones existencial, convendría que aparecieras.

—Qué persuasivo eres.

—Años de profesión.

Colgó con una lista de compromisos reducida, una agenda menos asfixiante y la sensación clara de que el mundo seguía avanzando, aunque una parte de ella hubiera quedado detenida en un puente sobre un canal francés.

Bárbara volvió a hacer lo que siempre hacía cuando necesitaba ordenar la cabeza. Caminar. Edimburgo era una ciudad en la que daba tiempo a pensar andando.

Había en su geografía una especie de colaboración silenciosa con el ánimo. La ciudad estaba construida sobre antiguas colinas volcánicas con desniveles naturales muy marcados, escaleras entre calles y zonas con diferentes alturas conectadas.

Las subidas imponían esfuerzo, las bajadas parecían abrir un respiro. Las piedras viejas daban a cada pensamiento una gravedad especial, como si el mero hecho de recorrerlas obligara a distinguir lo importante de lo accesorio.

Salió una tarde hacia The Meadows. El césped estaba húmedo y oscuro, cruzado por senderos embarrados donde estudiantes, corredores y paseadores de perros parecían moverse con una resignación eficiente al clima.

Más allá, la ciudad se levantaba en planos sucesivos de piedra, humo y ramas desnudas. El aire le enfriaba las mejillas, pero la caminata la despejaba.

Pensó en Sophie. En cómo había aprendido a convivir con ella de una manera nueva.

Ya no como un fantasma familiar ni como una figura literaria, sino como una presencia compleja y viva.

Una mujer brillante, irónica, valiente, a veces impaciente, capaz de amar y de fallar.

La clase de mujer que, en otras circunstancias, le habría gustado conocer.

Pensó también en el diario. En la carta para Moira. Y en la extraña paz que le había dado encontrarla. Había pasado media vida enfrentándose a secretos ajenos. Sin embargo, la verdad que más peso había tenido en su vida era una verdad familiar, íntima, nacida de una profunda herida emocional.

Y ahora que por fin había salido a la luz, lo que quedaba por resolver no era ya el pasado. Era el futuro. Esa idea le resultó más inquietante que cualquier misterio.

Gabriele escribió unos días después de la llamada de Andrew. No demasiado tarde. Solo lo suficiente para que la ausencia hubiera adquirido forma.

El mensaje era breve:

He encontrado en la hemeroteca una referencia menor a Henriette Renaud, la mujer que habló con Sophie. Puede que no cambie nada y, sin embargo, me ha hecho pensar en ti toda la mañana. Espero que Edimburgo no te esté tratando con demasiada severidad.

Bárbara leyó el mensaje dos veces. Luego una tercera. Podría haber respondido con algo funcional, casi profesional. Un agradecimiento. Una pregunta sobre el archivo. Una alusión neutral al clima. En cambio, escribió:

Edimburgo siempre ha sido severa. Esa es una de sus formas de ser hermosa.

Yo también he pensado en ti.

Se quedó mirando la pantalla unos segundos antes de enviarlo. Luego lo hizo. La respuesta tardó cinco minutos:

Entonces quizá todavía estemos en la misma historia.

Bárbara apoyó el teléfono sobre la mesa. Esa frase la acompañó todo el resto del día.

Su madre llegó un domingo por la tarde. Habían hablado por teléfono, sí, pero Bárbara no quería enseñarle la carta de Sophie de otra forma. Algunas cosas exigen estar frente a frente, la posibilidad de callar juntas, el derecho a romperse por dentro.

Moira entró en la casa con un pañuelo gris y un gesto contenido que solo su hija sabía interpretar. No era frialdad. Nunca lo había sido del todo. Era la forma que tenía de sostener la emoción sin dejar que se la llevara por delante.

Se sentaron en el salón, junto al fuego. Bárbara no dio rodeos. Le entregó el sobre. Moira lo miró durante un momento que pareció demasiado largo. Luego lo abrió y leyó la carta en silencio. Bárbara no apartó la vista de su madre.

Observó el temblor leve de una mano, la respiración detenida, la forma en que los ojos se detuvieron más tiempo en ciertas líneas.

Cuando terminó, Moira dobló la carta con un cuidado casi doloroso y la sostuvo entre las manos.

No lloró de inmediato. Eso vino después.

Primero bajó la cabeza. Luego se llevó una mano a la boca.

Y finalmente el llanto llegó, no estruendoso ni teatral, sino profundo, antiguo, como si hubiera estado esperando décadas un permiso para existir.

Bárbara se acercó al sofá y la abrazó. No dijeron nada. Cuando por fin Moira habló, su voz era apenas un hilo:

—Siempre pensé que no se había despedido de mí porque no quiso.

Bárbara cerró los ojos.

—Lo intentó.

Moira asintió contra su hombro.

—Ahora lo sé.

Aquel momento, más que cualquier crítica, premio o cifra de ventas, le hizo comprender a Bárbara que había hecho bien en escribir el libro. La literatura no había devuelto la vida a Sophie. Pero había reparado algo muy importante.

Los días avanzaron. Edimburgo se volvió más fría. Las primeras luces navideñas comenzaron a aparecer en las calles principales y las vitrinas del centro se llenaron de terciopelos, dorados y árboles demasiado perfectos.

El Booker se acercaba como se acercan ciertas fechas que no parecen del todo reales hasta que están encima. Bárbara atendió entrevistas seleccionadas, rechazó tres invitaciones a cenas literarias y aceptó solo las imprescindibles.

Andrew comprendió por fin que no era cansancio superficial, sino una necesidad más honda de recogimiento.

—Te has vuelto rara —le dijo Andrew durante una comida rápida en Londres, adonde Bárbara había viajado para atender uno de los pocos compromisos que había aceptado.

—Siempre fui rara. Te está costando mucho darte cuenta.

—Antes eras feroz de una forma más entretenida.

Bárbara sonrió apenas.

—Ahora estoy cansada de hacer de mí misma en público.

Andrew la observó con atención.

—Te ha cambiado todo esto.

—Sí.

—¿El éxito?

Ella negó.

—La historia.

No añadió nada más. No necesitaba hacerlo.

Una noche, una semana antes de la ceremonia, salió a caminar sola por Princes Street.

El castillo se alzaba oscuro y contundente sobre la roca, iluminado con esa mezcla de teatralidad y piedra auténtica que solo Edimburgo sabe sostener sin perder su belleza.

El viento soplaba fuerte y la ciudad entera parecía hecha de sombra, oro y humedad.

Bárbara se sentó en un banco frío. Pensó en Gabriele.

Habían seguido escribiéndose. Mensajes largos algunos días.

Breves otros. Una llamada que se alargó más de una hora sin que ninguno quisiera ser el primero en despedirse.

Habían hablado de los archivos, de la carta de Moira, de Colmar, de la biblioteca, incluso de tonterías domésticas que, en otro contexto, habrían parecido insignificantes y que ahora le resultaban extrañamente valiosas. Pero seguían separados.

Y la separación tenía su propia lógica cruel: cuanto más real se vuelve un vínculo, menos soportable parece dejarlo suspendido.

Bárbara se hizo por fin la pregunta que había evitado desde que subió a aquel tren en Colmar. ¿Qué quería?

No qué era lo más razonable. No qué era elegante. No qué podía sostener sin alterar demasiado una vida ya construida. Sino qué quería de verdad.

La respuesta llegó sin duda. Quería verlo, estar a su lado, escuchar su voz pausada y envolvente.

Quería saber si aquello tenía futuro o si la distancia lo convertiría en una de esas historias bellas que sobreviven precisamente porque no se arriesgan a la realidad. Y esa duda, descubrió, era casi peor que la certeza de perderlo.

Esa misma noche, ya en casa, encontró un mensaje suyo:

He pensado muchas veces en ir a Edimburgo.

Bárbara lo leyó despacio. Luego escribió:

¿Y por qué no lo has hecho?

Tardó unos minutos en responder.

Porque no sabía si debía seguirte o respetar la forma en que te marchaste.

Bárbara se quedó mirando la frase. Era exactamente el centro de todo. No se habían separado por falta de afecto, sino por exceso de prudencia. Y comprendió que la prudencia puede parecer sensata mientras en realidad te aleja de lo único que importa. Respondió:

No sé qué es lo correcto, Gabriele. Solo sé que te echo de menos.

La respuesta llegó casi de inmediato:

Yo también.

Bárbara dejó el teléfono sobre el escritorio y apoyó las manos en la madera.

El despacho estaba en silencio. En la repisa, entre algunos reconocimientos de su carrera periodística, libros y fotografías antiguas, descansaba una imagen reciente de Colmar junto al canal.

Por primera vez en semanas, Bárbara tuvo la sensación clara de que la decisión correcta con respecto a Gabriele no tardaría mucho más en llegar.