Capítulo 49 — El puente de las luces
A finales de octubre, Colmar empezaba a entrar en ese periodo del año en que la luz desaparecía antes y las calles del casco antiguo adquirían una calma distinta. Los escaparates comenzaban a encenderse al caer la tarde y el frío se hacía cada vez más presente.
Había pasado tiempo desde el descubrimiento en la casa de los viñedos. La investigación seguía su curso, pero aquella noche Bárbara y Gabriele habían decidido dejarla a un lado durante unas horas.
Bárbara y Gabriele caminaron sin prisa junto al canal.
—¿Qué harás cuando todo esto termine?
—¿La investigación?
—La historia.
Bárbara pensó unos segundos.
—No lo sé.
—¿Volverás a Edimburgo?
—Sí.
Gabriele asintió.
Durante unos segundos permanecieron en silencio. Luego él dijo algo que parecía una reflexión más que una pregunta:
—Las ciudades cambian a las personas.
—¿Colmar te cambió a ti?
—Hace mucho tiempo.
—¿Cómo?
Gabriele miró el agua.
—Me enseñó que la memoria importa.
Bárbara lo observó.
—Eso suena a algo que diría Sophie.
Gabriele sonrió.
—Quizá por eso te entiendo.
Se detuvieron en el pequeño puente del canal. El mismo que había sido escenario de tantos momentos importantes desde que Bárbara había llegado a Colmar.
Bárbara apoyó las manos sobre la barandilla.
—A veces me pregunto qué habría pasado si Sophie hubiera sobrevivido.
Gabriele la miró.
—¿Qué crees?
—Creo que habría escrito un libro extraordinario.
—De alguna manera, ese libro terminó existiendo.
Bárbara negó suavemente.
—No. Yo solo conté su historia.
Gabriele dio un paso más cerca.
—A veces eso es lo más importante que alguien puede hacer.
Durante unos segundos se miraron en silencio.
Luego, casi sin darse cuenta, Bárbara sintió la mano de Gabriele rozar la suya. No fue un gesto brusco ni decidido. Fue algo suave. Casi una pregunta.
Bárbara no apartó la mano. Y en ese momento comprendió algo que no esperaba. Después de tantos años dedicados a investigar la vida de otras personas… tal vez había llegado el momento de empezar a vivir la suya.
Capítulo 50 — La despedida de Colmar
El frío del otoño empezaba a hacerse notar en Colmar. Las mañanas eran más frías, las calles más silenciosas, y el canal parecía moverse con una lentitud distinta, como si también él supiera que algunas historias estaban llegando a su final.
Bárbara caminaba despacio por el puente del molino. Había vuelto allí una última vez antes de marcharse. El lugar estaba lleno de flores otra vez. Algunas eran frescas, otras estaban secas y dobladas por el frío. Entre ellas había pequeñas notas escritas en varios idiomas:
«Gracias, Sophie». «Nunca olvidaremos». «La verdad importa».
Bárbara pasó los dedos suavemente por el borde de una de las tarjetas. Nunca había imaginado algo así. Había escrito aquel libro con la sensación de estar devolviendo una voz perdida, pero no esperaba que tanta gente respondiera de esa manera.
La historia ya no era solo suya. Ni siquiera de la familia. Era de todos los que la habían leído.
Gabriele la encontró allí, como tantas otras veces, y se acercó en silencio.
—Sabía que estarías aquí.
Bárbara no se giró inmediatamente, miraba el agua.
—Mañana sale mi tren.
—Lo sé.
Durante unos segundos ninguno habló.
El aire era frío. El cielo tenía ese gris plomizo propio de una tarde de finales de octubre. Las luces de la ciudad empezaban a encenderse.
—¿Estás segura de que quieres irte?
Bárbara soltó una risa suave.
—Edimburgo es mi casa.
—Lo sé.
—Mi vida está allí.
Gabriele apoyó los brazos en la barandilla del puente.
—Y tu nueva vida… quizá empezó aquí. Podemos iniciar nuestra propia historia juntos y averiguar adonde nos lleva.
Bárbara lo miró. Aquella frase era peligrosa porque tenía algo de verdad.
Caminaron juntos por el canal disfrutando de la extraña paz de ese día. La ciudad estaba tranquila. Las luces de los escaparates se reflejaban sobre las calles húmedas como pequeñas constelaciones.
—No quiero pedirte nada que no estés preparada para dar.
Bárbara lo miró con atención.
—Eso es una forma elegante de decir que no sabes qué hacer para convencerme.
Gabriele sonrió.
—Probablemente.
—Yo tampoco.
Se detuvieron frente a la biblioteca. El lugar donde todo había empezado entre ellos.
—Mi vida siempre ha estado en movimiento. Reportajes, viajes, historias, nunca he sido muy buena quedándome en un solo lugar.
—Lo sé.
—Y tú perteneces a esta ciudad.
Gabriele miró las ventanas de la biblioteca.
—Durante unos años pensé que sí.
—¿Y ahora?
Gabriele tardó unos segundos en responder.
—Ahora no estoy tan seguro. Solo tengo claro que quiero empezar esto que está naciendo entre nosotros.
Aquella noche cenaron en la misma brasserie donde habían compartido su primera cena. Hablaron poco. No porque no tuvieran cosas que decir, sino porque algunas conversaciones importantes necesitan silencio para existir.
Cuando salieron, el frío era más intenso. Cruzaron el puente lentamente y Bárbara se detuvo.
—No quiero que esto termine aquí, sin haberle dado siquiera la oportunidad de comenzar.
Gabriele la miró.
—Tampoco yo.
—Pero tampoco quiero promesas que no podamos cumplir.
—Entonces hagamos algo más difícil.
—¿Qué?
—Dejemos que el tiempo decida.
Bárbara respiró profundamente.
—Eso suena muy poco romántico.
—Quizá. Pero es honesto, y ahora mismo no podemos prometer nada más.
Durante unos segundos permanecieron en silencio.
Luego Bárbara dio un paso adelante y lo abrazó. No fue un gesto dramático sino algo más simple, más verdadero.
—Debo irme.
—Lo sé.
—Pero esto no es un adiós.
A la mañana siguiente la estación de Colmar estaba envuelta en una niebla ligera que difuminaba los contornos de los edificios y hacía que las pocas personas en el andén parecieran figuras a medio definir, presencias más que personas concretas.
Bárbara miró a Gabriele. Él la miraba también, con esa atención completa y sin disculpas que había caracterizado cada conversación entre ellos desde el primer día en la biblioteca, esa manera de mirar que no pedía permiso, pero tampoco imponía nada, que simplemente estaba, como él mismo, sin artificio y sin distancia fingida.
Bárbara se acercó y lo abrazó. No fue un gesto dramático, no hubo en él la carga exagerada de las despedidas que intentan condensar demasiado en un solo movimiento.
Fue algo más simple, más verdadero: los brazos de ella rodeando el cuerpo de él.
Bárbara apoyó la cabeza en su pecho, sintiendo el calor que el frío de la mañana no había conseguido borrar del todo.
Las manos de Gabriele cerrándose despacio sobre su espalda, sosteniéndola con esa firmeza tranquila que lo caracterizaba. Bárbara había comprendido, en algún momento de las últimas semanas, que no quería perderlo.
Permanecieron así unos instantes, sin hablar, escuchando el murmullo lejano de la estación y el sonido amortiguado de los pasos sobre el andén.
Luego Bárbara se separó ligeramente, lo suficiente para mirarlo, y encontró que Gabriele la miraba con una expresión que no había visto antes, o que quizás sí había visto pero que ahora, a esa distancia mínima, resultaba imposible de ignorar o de traducir en algo más cómodo que lo que realmente era.
—Gracias de nuevo, por todo.
Gabriele no respondió de inmediato. Sus manos seguían sobre los brazos de Bárbara, sin soltarla del todo, como si tampoco él estuviera dispuesto a terminar aquello demasiado deprisa.
—No es un adiós —dijo finalmente.
—No.
Pero ambos sabían que tampoco tenían claro qué era exactamente, y esa ambigüedad, en lugar de incomodarlos, parecía ser el territorio exacto donde los dos se movían con más honestidad.
Gabriele levantó una mano y apartó con un gesto lento un mechón de cabello pelirrojo que el viento había dejado sobre la mejilla de Bárbara, y el contacto breve de sus dedos en aquella zona de piel hizo que ella contuviera la respiración un instante, un instante en que ninguno de los dos se movió, calibrando sin palabras lo que estaba a punto de ocurrir.
Fue Gabriele quien se acercó primero. Bárbara no retrocedió.
El beso fue breve pero muy intenso, como si ambos hubieran decidido, sin hablarlo, que aquel único instante merecía ser vivido completamente, sin que ninguno de los dos lo precipitara o lo prolongara más allá de lo que era.
Sus labios tenían el sabor del café de la mañana, del frío y de algo más difícil de identificar, algo que Bárbara guardó en algún lugar específico de la memoria con la certeza de que no lo olvidaría fácilmente.
Cuando se separaron, los ojos oscuros de Gabriele encontraron los de ella, y en ellos no había ninguna de las preguntas que a veces siguen a un primer beso, ninguna ansiedad sobre lo que acababa de ocurrir o sobre lo que significaba.
Solo aquella calma particular suya, pero más cálida ahora, más deliberada.
—El tren sale a las nueve.
—Lo sé.
—Te llevo la maleta al tren.
No era una pregunta.
Bárbara subió al tren con una maleta pequeña, el bolso con los documentos de Lucien y el cuaderno de Sophie guardado en el bolsillo interior del abrigo, contra el pecho, como tantas veces desde que lo encontró, como si necesitara sentirlo ahí para recordarse a sí misma que todo aquello había sido real.
Gabriele estaba en el andén.
No habían hablado mucho mientras esperaban, y no porque hubiera incomodidad entre ellos, sino precisamente, por lo contrario: porque ya se habían dicho las cosas importantes la noche anterior, sentados frente a la chimenea del pequeño restaurante donde habían cenado, con una botella de Riesling alsaciano y la fotografía de Sophie sobre la mesa entre ellos, y porque ninguno de los dos era del tipo de persona que repite lo que ya ha dicho solo para llenar el silencio.
Gabriele la miraba con esa atención que Bárbara ya conocía, pero aquella mañana había en su mirada algo ligeramente diferente, algo más cercano a la vulnerabilidad que él nunca mostraba del todo, como si la niebla del andén hubiera disuelto también parte de la distancia que los dos mantenían por costumbre entre lo que sentían y lo que mostraban.
—Llámame cuando llegues.
—Lo haré.
—Y cuando hable con Renard sobre los documentos.
—También.
Hubo una pausa en que ambos miraron el tren. Faltaban apenas unos minutos para la salida y los últimos pasajeros terminaban de subir.
Bárbara se giró hacia Gabriele. Él la miró, y en aquella mirada estaba todo lo que ninguno de los dos iba a decir, porque decirlo habría sido convertirlo en algo que todavía no era, y los dos eran suficientemente honestos para respetar eso.
Se bajó de un salto, se acercó a él y lo besó. Esta vez fue ella quien tomaba la iniciativa, brevemente, pero sin vacilación, con esa firmeza que Gabriele le había visto en todo lo demás que hacía y que ahora reconoció aplicada a algo completamente diferente.
Cuando se separó, él tenía los ojos oscuros más brillantes de lo habitual. Quizás era la luz de la mañana filtrada a través de la niebla, o quizás era que Bárbara estaba mirándolo con más atención que nunca.
—Vuelve pronto —dijo él, en voz baja, casi para sí mismo.
—Los archivos me esperan.
Una sonrisa cruzó el rostro de Gabriele, rápida y genuina.
—Eso es lo más romántico que me han dicho nunca.
Bárbara rio, un sonido breve y real que salió sin permiso, y subió al tren antes de que la risa se convirtiera en algo más difícil de manejar en un andén de estación con niebla y poco tiempo.
El tren empezó a moverse lentamente. Bárbara apoyó la mano en el cristal.
Gabriele estaba en el andén, con las manos en los bolsillos del abrigo y la niebla a su alrededor, y cuando la vio levantar la mano levantó también la suya en un gesto de despedida que no era solo un gesto sino todo lo que no había dicho y que sin embargo estaba perfectamente claro entre los dos.
El tren salió de la estación. Y Colmar desapareció poco a poco detrás de la neblina, las fachadas de colores diluyéndose primero en formas borrosas, luego en sombras, luego en nada.
Bárbara se recostó en el asiento.
Miró los viñedos que desfilaban al otro lado del cristal, los mismos que había contemplado desde la casa años atrás, aunque ahora mostraban ya los signos del final de la temporada y se extendían en una quietud completamente distinta.
Pensó en Gabriele en el andén, en la manera en que había dicho vuelve pronto sin añadir ninguna condición, ninguna promesa que no pudiera cumplirse, ninguna expectativa que pudiera convertirse en presión.
Solo aquellas dos palabras, sencillas y directas como todo lo que decía, dejando el resto en manos de ella.
Sacó el teléfono del bolsillo y miró la pantalla.
Ningún mensaje todavía, pero sí una señal.
Gabriele había enviado algo y lo había borrado casi inmediatamente.
En la conversación quedaba el rastro de aquel mensaje eliminado, que sin embargo Bárbara supo leer con la misma claridad con que leía los documentos que guardaban más en sus márgenes que en su texto.
Sonrió y guardó el teléfono. Por primera vez en mucho tiempo no sabía exactamente qué iba a pasar después, pero esta vez se permitió disfrutar de la incertidumbre, porque venía acompañada de una nueva ilusión.
Era algo tranquilo y al mismo tiempo vivo: la incertidumbre específica de quien está ante algo que todavía no ha empezado del todo. Una historia que aún no tenía título. Y que, pensó Bárbara mirando los viñedos desaparecer a su espalda, tampoco tenía ninguna prisa en tenerlo.