La última Navidad de Sophie Capítulo 48 — Las cartas
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Capítulo 48 — Las cartas

Esa noche Bárbara casi no durmió. El descubrimiento en la casa del viñedo seguía dando vueltas en su mente. La fotografía de Sophie con Isabelle y las notas de vigilancia de Lucien habían cambiado la perspectiva de toda la historia.

Durante meses había pensado en Lucien como una figura ambigua. Un hombre que aparecía en el momento justo. Un aliado improbable. Un superviviente que intentaba de alguna manera sacar la verdad a la luz, sin que eso les costara la vida a Isabelle y a él mismo.

Luego descubrió que no era una figura secundaria. Estaba totalmente implicado en aquellos acontecimientos. Pero ahora empezaba a ver algo más.

Sabía que Lucien no había sido simplemente un testigo incómodo de la historia. Había formado parte de ella desde el principio, aunque todavía desconocía cuál era la verdadera relación que lo unía a Sophie. Esa relación nunca se había mencionado.

Renard había llegado a la casa poco después de la llamada. Tras revisar el hallazgo y fotografiar los documentos, acordaron examinarlos con más detenimiento antes de entregárselos para su custodia.

Ya de regreso en el hotel, Bárbara extendió los documentos sobre la mesa del pequeño escritorio de su habitación.

Gabriele se sentó frente a ella con una lámpara encendida entre ambos. La habitación estaba en silencio, salvo por el leve murmullo del canal que se filtraba a través de la ventana entreabierta.

—Mira esto.

Señaló una de las notas escritas a mano. La letra no era la de Sophie. Era diferente, más irregular, más rápida.

—Es de Lucien.

—Sí. ¿Qué pone?

Gabriele acercó la hoja a la luz.

—«La niña sigue en la casa. No la dejan salir. El hombre de París llegará antes de Navidad».

Bárbara frunció el ceño.

—¿El hombre de París?

—Eso parece.

—¿Quién era?

Gabriele pensó unos segundos.

—Quizá alguien de la familia.

Bárbara negó lentamente.

—No.

—¿Por qué?

—Porque Sophie no lo menciona en el cuaderno.

Gabriele levantó la mirada.

—Entonces Lucien estaba investigando cosas que Sophie no sabía.

Entre los papeles apareció algo inesperado. Un sobre antiguo sin abrir. Bárbara lo tomó con cuidado. El papel estaba amarillento, pero el nombre escrito en el frente seguía siendo perfectamente legible.

Sophie

Gabriele la observó.

—¿Estás segura de que quieres abrirlo?

Bárbara lo miró.

—Después de todo lo que hemos encontrado…

Hizo una pausa.

—No creo que tengamos opción.

Abrió el sobre. Dentro había una carta breve. La letra coincidía con la de las notas de Lucien.

Bárbara comenzó a leer:

Sophie:

No confíes en nadie dentro de la casa.

Te observan desde que llegaste.

La niña no está allí por accidente.

Es parte de algo mucho más grande.

Si decides seguir adelante, ten cuidado.

No todos los que dicen querer ayudarte están de tu lado.

L

El silencio llenó la habitación. Gabriele apoyó las manos sobre la mesa.

—Eso significa que Lucien sabía que Sophie estaba en peligro.

—Sí.

—Y aun así la ayudó.

Bárbara miró la carta otra vez.

—No solo la ayudó.

—¿Qué quieres decir?

Bárbara levantó la vista.

—Intentó advertirla.

Durante unos minutos ninguno habló. Bárbara pensaba en todo lo que había ocurrido. En los pequeños actos de valentía que nunca aparecen en los titulares.

—Creo que Lucien hizo algo muy difícil.

Gabriele la miró.

—¿Qué?

—Elegir.

—¿Entre qué?

Bárbara apoyó la carta sobre la mesa.

—Entre sobrevivir… y hacer lo correcto.

Más tarde, cuando guardaron los documentos, Gabriele se acercó a la ventana. La ciudad estaba tranquila. Las luces reflejadas en el canal daban a Colmar un aspecto casi irreal.

—Tu libro cambió esta ciudad.

Bárbara se apoyó en el marco de la ventana.

—No.

—¿No?

—Sophie la cambió.

Gabriele sonrió suavemente.

—Pero tú la hiciste visible.

Bárbara guardó silencio. No estaba acostumbrada a los elogios sinceros. Y mucho menos a los que venían sin ninguna intención oculta. Hubo una pausa.

Gabriele se giró hacia ella.

—¿Sabes algo curioso?

—¿Qué?

—Cuando leí tu libro pensé que eras una mujer muy peligrosa.

Bárbara arqueó una ceja.

—Eso suena halagador.

—Lo es.

—¿Y ahora qué piensas?

Gabriele dudó un segundo. Luego dijo algo inesperado.

—Ahora creo que eres valiente.

Bárbara lo miró en silencio. Había algo en su forma de decirlo que la desarmaba. No era admiración exagerada. Era simplemente reconocimiento sincero. Y ese tipo de reconocimiento era raro en el mundo en el que se movía habitualmente.