Capítulo 46 — La casa de los viñedos
La carretera que salía de Colmar hacia los viñedos estaba casi vacía aquella mañana.
El cielo era de un azul pálido, limpio después de varios días de lluvia, y el aire tenía esa claridad que hacía que todo pareciera más nítido, como si el mundo hubiera decidido mostrarse sin filtros, sin la suavidad que la humedad presta habitualmente a los contornos de las cosas.
Gabriele conducía despacio, con una calma que contrastaba con la inquietud que Bárbara sentía en el pecho, ese estado de alerta interno que no era exactamente miedo sino algo más parecido a la anticipación de alguien que sabe que está a punto de cruzar de nuevo un umbral que ya cruzó una vez, y que sabe también que esta vez lo verá todo de manera diferente.
La última vez que había estado allí todo había sido urgencia y oscuridad, la persecución por las calles nevadas, el miedo concreto de los hombres de Laurent Delacroix, la revelación de los huesos bajo la piedra del molino.
Ahora regresaba con el libro publicado, con la ciudad hablando de Sophie, con una fotografía de fecha incierta y un historiador milanés de ojos oscuros que conducía con las manos relajadas sobre el volante y que de vez en cuando miraba la carretera y de vez en cuando la miraba a ella, como si ambas cosas fueran parte del mismo paisaje que merecía atención.
—¿Cuántas veces has vuelto a esta casa desde entonces? —preguntó Gabriele, sin apartar los ojos de la carretera.
—Ninguna. Esta es la primera.
Él asintió, sin añadir nada más, y Bárbara apreció ese gesto de no rellenar el silencio con palabras innecesarias, esa capacidad que tenía de entender cuándo algo dicho era suficiente y cuándo era mejor dejarlo respirar.
Gabriele giró hacia un camino estrecho flanqueado por hileras de viñedos todavía verdes, extendiéndose ordenadamente a ambos lados de la carretera.
—Estamos cerca.
Bárbara reconoció el paisaje antes de ver la casa, la pequeña colina, la curva del camino, la manera en que los viñedos se abrían repentinamente en un espacio más amplio donde la tierra parecía hacer una pausa antes de empezar de nuevo.
Y finalmente, la silueta de la casa.
El inspector Renard había autorizado que accedieran a la propiedad después de que Bárbara le explicara lo que habían encontrado en la hemeroteca.
La investigación principal había terminado hacía tiempo, aunque la situación legal de la casa seguía sin resolverse.
Las ventanas estaban cerradas con contraventanas que el viento había golpeado hasta descascarillarlas.
El jardín crecía salvaje, la hierba alta y húmeda aplanada por la lluvia reciente, los arbustos extendiendo sus ramas sin que nadie los cortara. Pero la estructura seguía en pie, con esa solidez de las construcciones alsacianas antiguas que parecen resistir por pura convicción.
Bárbara bajó del coche y respiró profundamente. El aire olía a tierra húmeda después de las lluvias de los últimos días.
Durante unos segundos permaneció inmóvil observando la fachada, sintiendo cómo el recuerdo de la última visita se superponía sobre lo que veía ahora con la misma perturbadora precisión con que se superponen dos fotografías tomadas desde el mismo ángulo, pero en momentos distintos.
—Nunca imaginé volver.
Gabriele se colocó a su lado, sus manos metidas en los bolsillos de la chaqueta, mirando también los viñedos, las largas hileras de cepas proyectando sombras sobre la tierra.
—Los lugares donde ocurren cosas importantes tienden a reclamarnos.
Bárbara sonrió ligeramente.
—Eso suena a frase de historiador.
—Es una forma elegante de decir que la memoria es testaruda.
Caminaron hasta la puerta. No estaba cerrada con llave, solo encajada, retenida por la madera hinchada por la humedad de los últimos meses.
Gabriele la empujó suavemente, aplicando la presión justa, con esa paciencia de quien sabe que forzar algo frágil solo consigue romperlo.
La madera crujió. La puerta cedió.
El interior estaba cubierto de polvo. Los muebles que habían quedado después de la investigación policial estaban dispersos y cubiertos con telas viejas, convertidos en formas fantasmales creadas por la luz escasa del mediodía que atravesaba con dificultad las contraventanas cerradas.
El olor era una mezcla de humedad, madera y tiempo detenido, ese olor particular que tienen los lugares que han dejado de ser habitados, pero no han terminado todavía de convertirse en otra cosa.
Bárbara caminó lentamente por el salón, sus pasos dejando marcas en el polvo del suelo, y Gabriele la siguió a una distancia prudencial, dejándole el espacio que necesitaba para reorientar sus propios recuerdos en aquel lugar.
—El despacho estaba arriba.
Gabriele asintió.
Subieron la escalera, los peldaños crujiendo bajo sus pies con un ritmo irregular que parecía anunciar su avance a cada paso.
La habitación del despacho estaba tal como aparecía en los planos que habían revisado juntos en la biblioteca: una sala rectangular con una ventana que daba a los viñedos y las paredes todavía mostrando marcas oscuras donde el incendio de diciembre de 1962 había alcanzado la madera, dejando una aureola ennegrecida que el tiempo no había conseguido borrar del todo.
Bárbara recorrió la habitación con la mirada.
Si aquel incendio no había sido accidental, alguien podía haber utilizado el fuego para destruir documentos sin arrasar la casa entera.
—Si querían borrar algo, fue aquí.
Gabriele se acercó a una de las paredes ennegrecidas, pasando la mano sobre la madera carbonizada con un gesto profesional que buscaba información táctil que los ojos no podían proporcionar.
—El fuego fue contenido.
—Pero suficiente para destruir papeles.
—O eso creyeron.
Mientras examinaban la habitación, Gabriele se detuvo de repente frente a una sección del suelo junto a la pared opuesta a la ventana. Una de las tablas tenía un tono ligeramente diferente y los clavos tampoco parecían tan antiguos como los del resto.
—Ven aquí un momento.
Bárbara se acercó.
—¿Qué pasa?
Gabriele golpeó suavemente una de las tablas con el pie.
El sonido fue diferente, no el golpe sordo de la madera sobre tierra sino algo más ligero, más resonante.
—Eso no suena como el resto.
Se arrodilló sin vacilar, sacando del bolsillo interior de la chaqueta una pequeña herramienta multiusos que Bárbara le había visto usar en la biblioteca para abrir cajones atascados de archivadores viejos, y que llevaba consigo con la naturalidad de quien ha aprendido, a lo largo de años de trabajo con materiales históricos, que los lugares guardan sus secretos en espacios que requieren paciencia y el instrumento adecuado para abrirse.
Con movimientos cuidadosos, probando la presión en distintos puntos del borde de la tabla, logró levantarla ligeramente.
Debajo había un pequeño espacio oculto, no más de veinte centímetros de profundidad, con el fondo cubierto de polvo que el tiempo había depositado allí igual que en todas partes, pero que no había llegado a penetrar del todo porque algo lo tapaba.
Bárbara sintió cómo el pulso se le aceleraba, ese reconocimiento físico e inmediato de estar ante algo que importa antes incluso de saber qué es exactamente.
—¿Qué hay?
Gabriele introdujo la mano con cuidado y sacó algo envuelto en tela, un trozo de lana oscura atado con una cuerda fina que la humedad había vuelto rígida y frágil.
Lo colocó sobre el suelo entre los dos, y ambos se quedaron arrodillados frente a él durante un instante, sin tocarlo todavía, con esa cautela instintiva que se tiene ante las cosas que llevan mucho tiempo esperando ser encontradas.
Bárbara desató la cuerda con cuidado, sus dedos trabajando despacio sobre los nudos endurecidos, consciente de que Gabriele la observaba con una atención que no era solo profesional.
La tela envolvía a su vez un paquete protegido con papel encerado. Dentro había varios documentos doblados, amarillentos, pero sorprendentemente bien conservados.
Y encima de todos ellos, una fotografía. Bárbara la levantó. Era Sophie. Pero no como la había visto en los archivos, ni en el retrato de la librería de Matthieu, ni en la fotografía que había encontrado dentro del libro de tapas azules.
Era una imagen completamente distinta en su tono, Sophie sentada en un banco frente al canal de Colmar, con la misma manera de llevar el abrigo oscuro que Bárbara ya reconocía, pero con una expresión que no había visto en ninguna otra imagen suya, una sonrisa leve, casi privada, dirigida hacia alguien que quedaba fuera del encuadre.
Y detrás de ella, apenas visible en el ángulo de la composición, una niña.
Isabelle. Tenía los ojos serios y la postura rígida de la fotografía que Bárbara ya conocía, pero había algo diferente en su expresión.
Miraba en la misma dirección que Sophie, hacia quien sostenía la cámara, como si las tres personas estuvieran compartiendo algo que el objetivo no había llegado a capturar del todo.
Bárbara miró la fecha escrita en el borde, con la misma letra inclinada que ya había aprendido a reconocer como parte del paisaje de aquella historia:
Diciembre de 1962.
—Esta foto nunca apareció en ningún archivo.
Gabriele examinaba los documentos con sus dedos cuidadosos, desdoblando cada hoja con la paciencia de quien sabe que el papel antiguo no perdona las prisas.
—Porque alguien la escondió aquí deliberadamente.
—¿Sophie?
Gabriele levantó uno de los documentos hacia la escasa luz que entraba por la ventana, estudiando la escritura con una concentración que por un momento hizo que Bárbara olvidara la fotografía y lo observara a él, la manera en que fruncía levemente el ceño cuando algo le pedía más atención, la forma en que movía los labios imperceptiblemente mientras leía, como si necesitara darle voz interior a las palabras para que le revelaran su significado completo.
Gabriele pasó a la última hoja. En la parte inferior aparecía un nombre escrito con la misma caligrafía.
Lucien.
Gabriele la miró, con esa expresión que Bárbara ya había aprendido a leer como la de alguien que ha llegado a una conclusión y está calibrando cómo presentarla.
Los documentos eran notas breves, escritas con una caligrafía diferente a la de Sophie, más angulosa, más comprimida, la escritura de alguien acostumbrado a tomar notas rápidas en condiciones que no siempre favorecían la comodidad.
Nombres, fechas, rutas. Observaciones sobre horarios y movimientos.
Bárbara reconoció inmediatamente el tipo de anotaciones. Eran notas de vigilancia, del tipo que se toman cuando se sigue a alguien durante un período prolongado, registrando patrones, identificando rutinas, construyendo poco a poco un mapa del comportamiento de un objetivo.
Lucien había estado siguiendo a la familia Delacroix. Y las fechas de los documentos indicaban que lo había hecho durante meses, mucho antes de que Sophie llegara a Colmar.
—Esto cambia las cosas —dijo Bárbara.
—Sí.
—Lucien no apareció en la historia por casualidad. Estaba ya dentro de ella cuando Sophie llegó.
Gabriele observó la fotografía que Bárbara sostenía todavía en la mano.
—O estaba intentando redimirse de algo anterior.
Hubo un silencio entre ellos, denso, pero no incómodo, el tipo de silencio que se produce cuando dos personas están procesando la misma información desde ángulos distintos y ninguna tiene prisa por imponer su interpretación sobre la otra.
Bárbara miró de nuevo la imagen de Sophie sonriendo hacia alguien fuera del encuadre.
—¿Crees que Sophie sabía que Lucien la vigilaba?
—No lo sé. Pero si Lucien tomó esta fotografía, Sophie sabía que estaba allí. Está mirando hacia quien sostiene la cámara.
Bárbara volvió a observar la imagen.
—Entonces confiaba en él.
Gabriele señaló a la niña.
—Y hay otra pregunta. ¿Cómo consiguió Isabelle estar con Sophie en ese momento?
Cuando salieron de la casa, el sol estaba empezando a descender sobre los viñedos, pintando las hileras de vides con esa luz dorada y horizontal que hace que todo parezca simultáneamente frágil y eterno.
—A veces pienso que Sophie sabía que no saldría de aquí.
—Y aun así vino.
—Sí.
Hubo un pequeño silencio. La fotografía seguía en las manos de Bárbara, y en ella Sophie seguía sonriendo hacia alguien fuera del encuadre, ajena a todo lo que vendría dos días después, presente en aquel único instante con la totalidad de quien todavía no sabe lo que está a punto de perder.
Luego Gabriele dijo algo en voz baja, sin apartar los ojos del horizonte de viñedos.
—¿Sabes cómo llamaría yo a personas como Sophie?
Bárbara lo miró.
—¿Personas valientes?
Gabriele negó con suavidad.
—Personas que eligen la verdad cuando podrían haber elegido quedarse en silencio.
Bárbara sostuvo su mirada durante un momento, sintiendo el peso de aquella frase no solo como un comentario sobre Sophie sino como algo que los incluía a ambos de una manera que ninguno de los dos habría sabido articular todavía, pero que estaba ahí con la sencillez inevitable de las cosas que son verdad.
—Tenemos que llamar a Renard.
—Sí.
—Tiene que ver esto.
—Lo llamamos ahora.
Bárbara volvió a envolver cuidadosamente los documentos y dejó el paquete donde lo habían encontrado.
Después sacó el teléfono. Mientras hablaba con Renard, Gabriele permaneció junto a la ventana, observando los viñedos bajo la luz de la tarde.
Aquella casa llevaba más de seis décadas guardando secretos.
Y acababan de encontrar uno más.