Capítulo 45 — Entre archivos y silencios
La biblioteca estaba casi vacía cuando Bárbara llegó. Acababan de abrir y apenas se oía nada más que el movimiento de algunas sillas y el roce de las páginas.
—Buenos días.
—Buenos días.
Durante un instante ninguno añadió nada. La cena de la noche anterior seguía demasiado cerca como para que aquel saludo resultara completamente inocente.
Gabriele dejó la lupa sobre la mesa.
—Has venido.
Bárbara sonrió.
—Dijiste que tenías algo que enseñarme.
—Es verdad.
—Aunque empiezo a sospechar que lo de los archivos era una excusa.
Gabriele sostuvo su mirada.
—Solo en parte.
Bárbara dejó el bolso en una silla y se acercó a la mesa.
—¿Siempre llegas antes que nadie?
Gabriele sonrió, una sonrisa que tenía algo genuinamente italiano en su manera de desplegarse, empezando por los ojos, esa mirada tan intensa a la luz del día.
—Hoy tenía un motivo.
—¿Los documentos?
Él tardó apenas un segundo en responder.
—Entre otras cosas.
—Los archivos tienen un carácter particular.
—¿Cuál?
—Si llegas tarde, parecen cerrarse.
—¿Y si llegas temprano? —preguntó Bárbara con un ligero coqueteo.
—A veces cuentan cosas.
Bárbara se acercó a la mesa y recorrió con la mirada los documentos.
—¿Todo esto es para mí?
—Para nosotros.
Gabriele abrió una de las carpetas.
—Estuve revisando material de prensa local de los años sesenta.
Era milanés de nacimiento, lo cual se notaba en cierta energía contenida que asomaba de vez en cuando bajo la calma estudiada del historiador, una impaciencia con las cosas que no tienen sentido que contrastaba con la paciencia infinita que mostraba ante las que sí lo tenían, aunque tardaran décadas en revelarlo.
Bárbara descubriría aquella mañana que Gabriele había leído«La última Navidad de Sophie» tres veces.
La primera con la voracidad de quien reconoce en una narración algo que le afecta directamente, la segunda con el distanciamiento profesional de quien busca en el texto las costuras entre lo documentado y lo interpretado, y la tercera simplemente porque quería, que era, según había dicho con una sencillez que a Bárbara le había resultado desarmante, la mejor razón para leer cualquier cosa.
Gabriele pasó los dedos entre los documentos con esa familiaridad de quien conoce un archivo no solo por su contenido, sino por su textura, por el peso específico de cada tipo de papel, por el olor distinto que tiene cada década cuando se preserva en determinadas condiciones.
Sacó con cuidado un recorte amarillento y lo dejó frente a ella.
Le Courrier d'Alsace. Diciembre de 1962. El titular informaba de un pequeño incendio en una casa de campo cercana a Colmar.
Bárbara frunció el ceño, acercándose para leer mejor.
Su cabello pelirrojo cayó ligeramente hacia delante con el movimiento y, cuando levantó la vista para mirar a Gabriele, se encontró con que él la estaba observando con una expresión que tardó un segundo en interpretar, esa expresión de alguien que está prestando atención no solo a lo que dice, sino a cómo lo dice, a los gestos, a cada detalle de ella.
—Esto no aparece en el cuaderno —dijo ella.
—No.
—¿Qué casa era?
Gabriele señaló la dirección en el recorte, y cuando sus dedos se acercaron a los de Bárbara sobre la mesa, ninguno de los dos los apartó de inmediato.
Bárbara sintió un pequeño escalofrío.
—La casa del viñedo.
—Exactamente.
—Pero el incendio no aparece en ninguna investigación.
—Porque fue pequeño.
—¿Y?
Gabriele apoyó el dedo sobre una línea del artículo, y Bárbara tuvo que inclinarse un poco más sobre la mesa para leer donde señalaba, lo suficiente para notar el olor leve a papel antiguo y algo más cálido, más difícil de identificar, que venía de él.
—Ocurrió dos días después de la desaparición de Sophie.
El silencio se hizo más denso, ese tipo de silencio que en una biblioteca tiene una calidad casi física.
—¿Qué se quemó? —preguntó Bárbara.
—Una habitación del piso superior.
—¿Casualidad?
Gabriele negó lentamente, y cuando lo hacía tenía esa manera de mover la cabeza que sugería que la respuesta negativa no era simplemente una opinión sino el resultado de trabajar con materiales que no admiten el azar como categoría explicativa.
—En historia, las casualidades suelen ser decisiones mal escondidas.
Pasaron la siguiente hora revisando documentos, sus cabezas inclinadas sobre la misma mesa, a veces tan cerca que Bárbara era consciente, de manera intermitente y casi involuntaria, de la presencia física de Gabriele con una nitidez que le resultaba difícil de ignorar.
No era algo que buscara, no era el momento ni el contexto, pero estaba ahí con la insistencia sencilla de las cosas que son reales.
El incendio había sido oficialmente catalogado como accidental. Un cortocircuito. Pero el informe era sorprendentemente breve, demasiado breve, con la escasez de detalle que tienen los documentos escritos para cerrar una investigación antes de que nadie haga demasiadas preguntas.
—Esto parece escrito para cerrar el caso rápido.
Gabriele asintió.
—Y funcionó.
—¿Qué había en esa habitación?
—Eso es lo interesante.
Sacó otro documento, un plano antiguo de la casa del viñedo que había encontrado en el catastro municipal, con las habitaciones numeradas y anotadas con una caligrafía tan pequeña que requería cierta concentración para leerla sin error.
Marcó con el lápiz una habitación pequeña en la esquina superior del edificio con un gesto preciso y sin titubear, como quien señala algo que ha estudiado previamente hasta conocerlo de memoria.
—Aquí.
Bárbara se inclinó sobre el papel, y esta vez sí que sus cabellos rozaron el hombro de Gabriele, un contacto breve e involuntario que no pasó desapercibido para él.
—¿Qué era?
Gabriele respondió con calma.
—Un despacho.
Bárbara sintió cómo la pieza encajaba lentamente, con esa satisfacción particular de los rompecabezas que revelan su imagen no de golpe sino en sucesivas capas, cada una más nítida que la anterior.
—¿El despacho de Armand Delacroix?
—Sí.
—Entonces quemaron algo.
Gabriele levantó la vista hacia ella, sus ojos oscuros encontrando los de Bárbara con una intensidad que a ella le costó no sostener durante más tiempo del necesario.
—Probablemente.
—¿Documentos?
—Tal vez.
Bárbara pensó en el cuaderno de Sophie, en las notas, en las páginas arrancadas y en qué podían contener para que alguien hubiera querido hacerlas desaparecer.
—O pruebas.
Después de horas de lectura, con la luz de la biblioteca cambiando sutilmente a medida que el día avanzaba fuera de los ventanales, Gabriele cerró las carpetas con ese mismo cuidado con que las había abierto.
—Creo que necesitamos café.
—Eso suena razonable.
Salieron de la biblioteca y caminaron hasta una pequeña cafetería al final de la calle, uno de esos lugares que existen en todas las ciudades europeas y que parecen inmunes al paso del tiempo: grandes ventanales, mesas de madera clara y el sonido de una cafetera que trabajaba con un ritmo constante y reconfortante.
Se sentaron frente a frente, y durante unos segundos ninguno habló.
No era un silencio incómodo. Era uno de esos silencios raros que aparecen cuando dos personas empiezan a sentirse cómodas entre sí, cuando la conversación puede pausarse sin que ninguna de las dos partes sienta la necesidad de llenarlo artificialmente.
Bárbara observó a Gabriele mientras esperaban el café.
Era el tipo de persona que ocupa el espacio con una presencia tranquila que no reclama atención pero que tampoco pasa desapercibida, con esa confianza particular que tienen los hombres que han aprendido a saber quiénes son sin necesidad de demostrárselo a nadie.
Sus manos sobre la mesa eran las manos de alguien que trabaja con documentos, con páginas, con la materia frágil e indispensable de la memoria escrita.
Gabriele apoyó la taza sobre la mesa cuando el café llegó.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Claro.
—¿Por qué volviste realmente a Colmar?
Bárbara sostuvo su mirada, los ojos color miel encontrando los ojos oscuros de él con una franqueza que cualquiera que la conociera habría reconocido como su manera particular de decidir cuánto estaba dispuesta a compartir.
—Podría decir que por el cuaderno.
—Pero no sería toda la verdad —dijo él.
Ella sonrió levemente, y la sonrisa le cambió la expresión de una manera que Gabriele observó sin disimular demasiado que lo hacía.
—No.
—¿Entonces?
Bárbara tardó unos segundos en responder, mirando el café, la luz entrando por la ventana, luego de nuevo a él.
—Porque algunas historias no terminan cuando creemos. Y porque me di cuenta, en Edimburgo, de que todavía no había terminado con esta.
Gabriele asintió.
—Lo entiendo.
—¿De verdad?
—Sí. A veces uno necesita volver a un lugar para saber si realmente ha terminado con él.
Bárbara lo miró con curiosidad.
—Eso ha sonado bastante personal.
Gabriele sonrió.
—Puede que lo sea.
Gabriele se recostó ligeramente en la silla, y la luz del ventanal le iluminó el perfil con esa calidad dorada y difusa de la tarde, que hacía que todo pareciera levemente irreal, como si la conversación ocurriera dentro de una fotografía que todavía no se había revelado del todo.
—Las historias enterradas siempre encuentran la forma de volver. Yo llevo cuatro años trabajando con documentos de esta ciudad y he llegado a pensar que los archivos tienen algo parecido a la voluntad. No descansan hasta que alguien los lee correctamente.
—¿Y cómo se lee algo correctamente?
Gabriele la miró directamente.
—Prestando atención no solo a lo que dice, sino a lo que elige no decir.
Bárbara sintió que aquella frase la describía a ella también, no solo a los documentos, y tuvo la impresión de que Gabriele lo sabía, de que lo había dicho exactamente con esa intención doble y calibrada.
Sonrió con una sonrisa sexy que Bárbara no pudo obviar.
Había algo en la forma en que Gabriele hablaba que Bárbara encontraba difícil de ignorar, esa combinación de precisión intelectual y calidez directa que no intentaba impresionar, sino simplemente comunicar, como si cada frase fuera el resultado de haberla pensado realmente antes de pronunciarla, sin el relleno verbal que la mayoría de las personas usan para ganar tiempo.
Después del café caminaron de nuevo hacia el canal.
El sol comenzaba a caer lentamente sobre Colmar, pintando las fachadas de tonos dorados que transformaban el entramado oscuro de las casas medievales en algo que parecía sacado de un grabado antiguo, esa luz particular de las tardes de septiembre en Alsacia que Bárbara había intentado describir en el libro sin estar nunca del todo satisfecha con el resultado.
Se detuvieron en el mismo puente donde se habían despedido la noche anterior y ambos apoyaron los brazos en la barandilla de piedra con la sincronía inconsciente de dos personas que ya han empezado a moverse de manera parecida sin haberse dado cuenta todavía.
El agua del canal reflejaba el cielo dorado en fragmentos irregulares, moviéndose lentamente bajo el puente.
—¿Sabes algo curioso?
—¿Qué?
—Cuando leí tu libro pensé que la historia más interesante era Sophie.
—¿Y ahora?
Gabriele la miró, sus ojos oscuros sosteniéndole la mirada con una calma que no era indiferencia sino exactamente lo contrario, una atención tan completa que resultaba casi incómoda en su intensidad.
—Ahora creo que la historia más interesante es la tuya.
Bárbara soltó una pequeña risa, el tipo de risa que escapa sin permiso cuando algo nos sorprende más de lo que esperábamos.
—Eso suena peligroso para una periodista.
—Tal vez.
Hubo un pequeño silencio, con el agua moviéndose debajo de ellos y la luz dorada desapareciendo poco a poco de las fachadas mientras la tarde cedía. Luego Gabriele dijo algo inesperado, con esa sencillez directa que era su manera de decir las cosas importantes.
—Me alegra que hayas vuelto y también haberte conocido.
Bárbara no respondió inmediatamente.
Miró el agua del canal, los últimos reflejos dorados disolviéndose en el azul oscuro que empezaba a tomar el cielo, y sintió algo que no había sentido en mucho tiempo, algo que no tenía que ver con Sophie ni con los Delacroix ni con ninguna historia que necesitara ser contada.
Algo que tenía que ver únicamente con aquel puente, con aquella luz y con la presencia tranquila de un hombre de ojos oscuros que leía los archivos como si fueran personas y que la miraba como si ella fuera, de algún modo, el documento más interesante que había encontrado en cuatro años en aquella ciudad.
Luego levantó la vista hacia él.
—A mí también.
Y por primera vez desde que comenzó aquella historia, sintió que
el pasado y el futuro podían existir en el mismo lugar sin destruirse.
—Creo que deberíamos ir a la casa de los viñedos y ver cómo está el despacho quemado. ¿Te animas a acompañarme como historiador?
—Será un placer Sta Mcleod, pero yo conduzco
—Muy bien Sr. Rossi, el volante será solo suyo.