Capítulo 44 — El hombre de la biblioteca
Aquella tarde, después de salir de la iglesia con la carta de Sophie guardada dentro del bolso, Bárbara sintió que no podía regresar todavía al hotel. No quería ruido. Tampoco preguntas.
Isabelle se había despedido de ella unas calles antes, con la promesa de verla al día siguiente. Aun así, Bárbara necesitaba estar sola un rato, pero no quería encerrarse en la habitación del hotel. Echó a andar sin rumbo por el casco antiguo.
A aquella hora empezaban a encenderse las luces de los escaparates.
El aire olía a humedad y a pan recién hecho y a vino caliente.
Colmar seguía siendo hermosa de una forma casi irritante, como si se empeñara en recordarle que incluso los lugares que esconden el dolor más obstinado pueden parecer perfectos a simple vista.
Bárbara caminaba despacio, pensando en la carta. En su madre. En lo que significaría entregarle aquellas palabras ahora. No sabía cómo reaccionaría Moira. Probablemente lloraría. Quizá también se enfadase por no haber tenido aquella carta antes, aunque nadie hubiera sabido que existía.
A veces, las verdades tardías no curan del todo, pero al menos ordenan el dolor.
Doblando una calle estrecha, se encontró frente a un edificio que no recordaba haber visto antes.
Era una biblioteca pequeña, instalada en una antigua casa de piedra clara con ventanales altos y una puerta de madera oscura.
Encima del arco de entrada, una placa discreta decía: Bibliothèque Municipale – Fonds Historiques.
Bárbara se detuvo. Tal vez ya había pasado por allí en su primera estancia en Colmar, demasiado ocupada entonces en seguir pistas, huir, investigar, sobrevivir. Ahora, en cambio, el lugar parecía llamarla con una calma distinta.
Entró.
Siempre se había sentido muy cómoda con el silencio de archivos y libros. Dentro olía a papel viejo, cera para muebles y calefacción antigua. Era una biblioteca pequeña pero elegante, con techos altos, estanterías de madera oscura y lámparas verdes que proyectaban una luz suave sobre las mesas.
No había mucha gente. Dos estudiantes revisaban apuntes al fondo, una mujer mayor consultaba un libro de arte junto a la ventana, y detrás de un gran escritorio central un hombre ordenaba unas carpetas de archivo.
Bárbara avanzó despacio. Al verla acercarse, levantó la vista.
Tendría unos cuarenta y cinco años. Era alto y delgado, de cabello moreno salpicado de algunas canas.
Llevaba una chaqueta oscura y unas gafas que se quitó al verla.
Bárbara se fijó en sus ojos. Oscuros, tranquilos, atentos.
Había algo en su forma de mirar que hizo que sostuviera su mirada un instante más de lo habitual.
—Bonsoir —dijo él con voz tranquila.
—Bonsoir. No sé si la biblioteca sigue abierta al público.
El hombre miró el reloj.
—Todavía puede entrar.
—Prometo no entretenerle demasiado.
—Eso dicen todos antes de pedir una caja de documentos de hace cien años. —Bárbara sonrió.
—Entonces procuraré empezar por algo sencillo.
El hombre la observó un segundo más de lo habitual. No con indiscreción, sino con esa atención serena de quien intenta encajar un rostro en un recuerdo reciente.
—¿Es usted…? —empezó a decir, pero se detuvo.
Bárbara ya conocía ese instante del reconocimiento. De la duda educada. El gesto de quien no quiere resultar impertinente.
—Sí —dijo ella, ahorrándole el rodeo.
—Soy Bárbara MacLeod.
El hombre apoyó una mano en el escritorio y sonrió con una mezcla curiosa de cortesía y genuina sorpresa.
—Entonces tengo delante a la mujer que ha conseguido que media ciudad vuelva a consultar nuestros archivos locales.
Bárbara soltó una breve risa.
—No estoy segura de que los bibliotecarios me lo agradezcan.
—Depende del bibliotecario.
Hizo una pequeña inclinación de cabeza.
—Gabriele Rossi.
—Encantada.
—Igualmente, señora MacLeod.
—Bárbara, por favor.
Gabriele asintió.
Gabriele la condujo hasta una mesa junto a una ventana alta. Trajo dos carpetas, varios periódicos locales encuadernados y un índice manuscrito de registros ciudadanos.
—Esto es lo primero que suele pedir la gente desde que salió su libro.
—¿La gente viene a investigar a Sophie?
—Algunos buscan confirmar que existió. Otros esperan encontrar contradicciones para poder decir que todo es una invención.
Gabriele se sentó frente a ella, no como quien vigila a una visitante, sino como quien decide acompañar una conversación.
Bárbara lo miró con atención.
—Usted ha leído el libro.
—Sí. —Gabriele apoyó los codos sobre la mesa.
—Y no solo por curiosidad profesional.
—No —confirmó él.
—¿Le gustó?
Él tardó unos segundos en responder, como si no quisiera usar una frase automática.
—Me impresionó.
—Eso suena peligroso.
—Un poco.
Bárbara bajó la vista a las carpetas, ocultando una sonrisa breve.
—¿Qué fue lo que le impresionó?
Gabriele no apartó la mirada de ella.
—Que escribiera a Sophie sin convertirla en una santa.
La respuesta la tomó por sorpresa. Muchísima gente había alabado el libro. Los críticos, los lectores, los periodistas, todos parecían repetir versiones más o menos elegantes de lo mismo: atmósfera, tensión, humanidad, belleza, precisión. Pero nadie había dicho eso.
—Explíquese.
—La dejó ser brillante, pero también impaciente, irónica, a veces dura, incluso algo temeraria. La dejó ser una mujer real. Eso es más raro de lo que parece.
Bárbara sintió una punzada pequeña, íntima.
—No quería embellecerla.
—Lo sé. Y se nota.
Gabriele abrió uno de los volúmenes de periódico y pasó unas páginas.
Trabajaron juntos durante más de dos horas sin que Bárbara fuera demasiado consciente del tiempo. Gabriele conocía los archivos con una precisión casi afectuosa. No solo sabía dónde buscar, sino también qué detalles valía la pena mirar.
Le enseñó un registro de visitas municipales, un plano antiguo del barrio donde había estado la casa del viñedo y varios recortes sobre beneficencia, patrimonio y movimientos de ciertas familias locales en los años posteriores a la desaparición de Sophie.
Bárbara no encontró nada que cambiara lo que ya sabía sobre Sophie.
Gabriele no hizo ninguna pregunta sobre los aspectos más escabrosos de la historia.
Parecía interesarle mucho más cómo había llegado Bárbara hasta determinadas conclusiones y qué había encontrado en los archivos.
Poco a poco dejaron de hablar únicamente de Sophie.
La conversación pasó a la escritura, al periodismo, a los libros y terminó, casi sin que Bárbara supiera cómo, en Edimburgo.
—Solo he estado una vez en Edimburgo.
—¿Y sobrevivió?
—Apenas. Llovía horizontalmente.
Bárbara rio.
—Entonces tuvo una experiencia auténtica.
Gabriele apoyó la mano sobre un libro cerrado.
—Recuerdo una ciudad hermosa y severa.
—Es una buena definición.
—Aunque tengo que reconocer que me gustó.
—¿A pesar de la lluvia horizontal?
—Quizá por eso. Le daba carácter.
Bárbara sonrió.
—Definitivamente sobrevivió.
—Habla usted como un novelista.
Gabriele sonrió.
—No. Nunca tuve paciencia para escribirlos. Prefiero leerlos.
—Es menos peligroso.
—No esté tan segura.
A Bárbara le gustó mucho más de lo que habría admitido.
Cuando la biblioteca cerró, Gabriele la acompañó hasta la puerta.
Fuera había empezado a lloviznar de nuevo y la piedra de las calles brillaba bajo las luces de la tarde.
—Gracias por la ayuda.
—Ha sido un placer inusualmente literario para un miércoles de archivo.
—Eso suena a cumplido francés.
—Lo es.
Durante un segundo se quedaron de pie bajo el pequeño alero de entrada, sin moverse.
Bárbara se dio cuenta de que hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto de una conversación.
Sintió algo. No fue una sacudida ni una revelación deslumbrante.
Más bien una grieta leve en su armadura.
Sin vigilarse. Sin controlar el efecto de cada frase.
Sin estar en guardia. Gabriele pareció percibir que ella aún no quería marcharse.
—Hay una brasserie al otro lado de la plaza. Sirven una sopa de cebolla extraordinaria y un vino aceptable.
—¿Está invitándome a cenar, Gabriele Rossi?
—Estoy proponiendo prolongar una conversación que no me gustaría terminar todavía.
La honestidad del tono la desarmó más que cualquier encanto ensayado. No hubo titubeo dramático, jueguitos ni esa clase de coquetería cansada que a su edad le parecía un error casi juvenil. Solo una invitación limpia.
Bárbara sintió una especie de alivio íntimo.
—Entonces sería una tontería decir que no.
La brasserie era pequeña, cálida y ruidosa en el mejor sentido posible. Mesas de madera oscura, espejos antiguos, lámparas amarillas, olor a mantequilla, vino y pan recién horneado.
Les dieron una mesa en un rincón, algo apartada del resto. Gabriele le recomendó un par de platos y Bárbara eligió uno de ellos.
Sin los archivos sobre la mesa, la conversación terminó alejándose de Sophie.
Hablaron de sus trabajos, de los lugares en los que habían vivido y de las decisiones que los habían llevado hasta allí.
Bárbara le contó algunas anécdotas de sus primeros años como periodista y Gabriele quiso saber cómo había terminado escribiendo una novela después de tantos años dedicada al periodismo.
—Entonces, ¿eres de Colmar? —preguntó Bárbara.
—No. De Milán.
—No habría acertado.
—Eso espero. Llevo demasiados años fuera como para seguir pareciendo milanés.
—¿Y cómo terminaste aquí?
—Es una historia bastante menos interesante que las tuyas. Estudié Historia en Florencia, trabajé durante años en archivos y acabé viniendo a Colmar cuando mi padre enfermó, él estaba viviendo aquí por temas de trabajo.
—¿Pensabas quedarte?
—No. Al principio iba a ser algo temporal.
—Y aquí sigues.
Gabriele sonrió.
—Aquí sigo.
—¿Nunca pensaste en volver a Italia?
Gabriele se tomó unos segundos antes de responder.
—Sí. Varias veces. Pero cuando murió mi padre ya había construido una vida aquí.
—¿Familia? —quiso saber Bárbara.
—Estuve casado.
Bárbara levantó ligeramente la mirada.
—¿Estuviste?
—Hace tiempo. Terminó bien, dentro de lo bien que puede terminar un matrimonio.
—Eso suena bastante diplomático —dijo Bárbara.
—He trabajado mucho entre documentos oficiales.
Bárbara rio.
—¿Y no te arrepientes?
Gabriele giró la copa entre los dedos.
—A veces.
—Eso no parece una respuesta de archivo.
—No. Pero es la más honesta.
Ella soltó una risa breve. Se sentía bien. Sorprendentemente bien.
Y eso la puso en alerta unos segundos. Porque Bárbara MacLeod no era una mujer ingenua. Sabía quién era. Sabía lo que había vivido.
Sabía también que el dolor tiende a crear espejismos de cercanía en momentos de vulnerabilidad.
Pero aquello no tenía la textura del espejismo.
No era intensidad precipitada ni necesidad disfrazada de destino.
Era otra cosa. Era algo pausado y adulto, con espacio para respirar.
Eso la tranquilizó. Y quizá por eso mismo la conmovió.
Salieron del restaurante cuando la ciudad estaba casi vacía.
La lluvia había cesado y en el canal las luces parecían más nítidas. Caminaron despacio, sin prisa por despedirse. Colmar tenía esa belleza nocturna que vuelve íntimas incluso las calles públicas.
Al llegar al puente más pequeño, Gabriele se detuvo.
—Mañana puedo enseñarte unos registros privados de la hemeroteca. Hay material de prensa local que no suele consultarse.
Bárbara lo miró. Había empezado a tutearla en algún momento de la cena y la naturalidad con la que había ocurrido le resultó extrañamente agradable.
—¿Eso es una propuesta de trabajo o una excusa?
—Las dos cosas, espero.
Ella sonrió. Durante un segundo ninguno dijo nada más. Gabriele levantó ligeramente la mano, como si fuera a tocarle el brazo, pero finalmente la dejó caer.
—Buenas noches, Bárbara.
—Buenas noches, Gabriele.
Él se alejó por la calle adoquinada y ella se quedó un momento en el puente, observando el agua. Después echó a andar hacia el hotel. Habían quedado en verse al día siguiente.
Y se descubrió sonriendo al pensarlo.